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Transiciones

Edgar Celada Q.
eceladaq@gmail.com
La palabra que define el momento político de Guatemala es: transición.

“Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”, dice en mi auxilio la Enciclopedia Salvat, a la que acudo huérfano del diccionario de la Academia Española de la Lengua, pues, al momento de redactar, el servicio de la Internet hizo una de sus caprichosas interrupciones.

A golpe de primera imagen encuentro totalmente comprensible que, hablando de transición y política, se piense en ese proceso bastante borroso por el cual suponemos que el gobierno provisional prepara y entrega información de cómo están los asuntos públicos, para uso del “equipo de transición” del que será el gobierno constitucional, a partir del 14 de enero de 2016.

Pues sí, esa es una transición, en la que deberíamos poner atención quienes nos dedicamos al oficio de tomarle el pulso a la vida política nacional.

El problema es que, si nos quedamos en ese proceso de entrega de un gobierno transitorio a otro nacido de las urnas, corremos el riesgo de no captar el fondo del asunto o, peor todavía, reducirlo a la entrega de la banda presidencial de un gobernante que no tiene el aval de los votos ciudadanos, a otro que sí los obtuvo de manera mayoritaria, aunque sea porque “no había de otra”.

Y en cuanto pasamos al intento de romper con el lastre del cortísimo plazo, nos encontramos con que la famosa transición, a la guatemalteca, es como esos suvenires rusos, las matrioshkas, de los que van saliendo unas figuras adentro de otras, desde las más grandes hasta las más pequeñas.

Así, resulta que en Guatemala hemos vivido y vivimos varias transiciones, de cuyos orígenes podemos hablar con relativa certidumbre (aunque utilicemos un imaginario sistema de carbono 14 sociopolítico), pero de cuya estación terminal no tengamos acuerdo o claridad.

Tal vez sería un abuso decir que Guatemala es el país de la eterna transición, pero no hay duda que aquí las transiciones se prolongan, se eternizan, se congelan, y nos hacen vivir la ficción de que vamos caminando hacia un futuro de promisión, al que nunca llegamos, pero en cuyo transcurso hay ganadores netos que alimentan el espejismo para seguir, se dice, “mamando y bebiendo leche”.

Tuvimos una transición de “la guerra a la paz”, pero resulta que durante el postconflicto ha habido más violencia, más inseguridad y más muertes que en los peores años de la guerra.

No necesito ser prolijo para identificar a los negociantes de la inseguridad y a los privatizadores de la seguridad, a los portadores de la cultura escuadronera y beneficiarios de la impunidad, como los grandes ganadores de esa “transición” inacabada y que, en realidad, es la traición a la oferta de convivencia civilizada contenida en los Acuerdos de Paz 1996. Ya son casi dos décadas de esta ficción.

Más entrada en años es la llamada “transición democrática”. Dependiendo a quién le pregunte, le dirán que empezó en marzo de 1982, con el golpe de Estado que derrocó a Romeo Lucas García; otros dicen que la fecha de nacimiento es mayo de 1985, con la promulgación de la actual Constitución Política de la República, en virtud de la cual y después del consabido proceso electoral, Vinicio Cerezo Arévalo se convirtió en el “primer presidente de la era democrática”.

Pero, en su momento, este jovial gobernante no tuvo dificultad para admitir que solamente disponía de algo así como un tercio del poder y, así, entre regateos, toma y daca de cuotas de poder entre cúpulas militares, cúpulas económicas, cúpulas partidiarias o cúpulas mafiosas, prosiguió durante años y años esa transición que nunca llegó al puerto de la democracia.

Con la política sucedió lo mismo que con la paz: en la ficción del caminar hacia la tierra de promisión democrática hubo ganadores, quienes ordeñaron la res pública hasta los límites de la desvergüenza. Pero la ciudadanía se hartó del cinismo y salió a las calles, como nunca antes. Y ya sabemos cómo terminó esa historia.

Y así, ahora, estamos a las puertas de una nueva transición que, ya dijimos, no es el cambio de la banda presidencial. Es, o debería ser, la transición del remedo cleptocrático de democracia a un nuevo intento de primavera democrática.

Es, o debería, una transición que no dependa de un presidente. Que podría hacerse con el presidente, pero también a pesar del presidente. Una transición que, por fin, dependerá de la sociedad que ya saboreó la miel de su soberanía.

Tal vez sería un abuso decir que Guatemala es el país de la eterna transición, pero no hay duda que aquí las transiciones se prolongan, se eternizan, se congelan, y nos hacen vivir la ficción de que vamos caminando hacia un futuro de promisión, al que nunca llegamos, pero en cuyo transcurso hay ganadores netos que alimentan el espejismo para seguir, se dice, “mamando y bebiendo leche”.

Edgar Celada Q.
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