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Ni pesimismo ni voluntarismo (I)

Edgar Celada Q.
eceladaq@gmail.com

En el campo de las corrientes social y políticamente progresistas de Guatemala, la interpretación de la victoria electoral del ahora presidente electo, Jimmy Morales, seguramente dará lugar a expresiones que irán, me atrevo a pronosticar, desde el pesimismo fatalista hasta el voluntarismo radical.

Inevitablemente, la referencia de este tipo de expresiones la encontramos ahora en las redes sociales. Allí he visto escritas ideas casi de autoflagelación como “no aprendimos la historia, … seguimos votando por quienes niegan la historia y están condenados a repetir este tipo de asesinatos en masa…”, pero también otra como ésta: “La plaza nos espera Guatemala todos los sábados a partir del 16 enero del 16 a las 16. #EstoApenasEmpieza”. Y así…

El pesimismo y el voluntarismo son como hermanos siameses, nacidos más de la emoción que de la reflexión. Pero ahora, para las corrientes democráticas y progresistas guatemaltecas, llegó la hora del balance de lo ocurrido a lo largo de 2015, la hora de la autocrítica y, como suele repetir Mario Roberto Morales, de “el análisis concreto de la situación concreta”.

A ese respecto, viene total y justificadamente al caso una extensa cita de Antonio Gramsci, quien en marzo de 1924 llamaba a sus correligionarios

“a un examen de conciencia y a un examen de lo poquísimo que hemos hecho y del inmenso trabajo que aún debemos desarrollar, contribuyendo de esta forma a clarificar nuestra situación, contribuyendo, especialmente, a desvanecer esta oscura y pesada nube de pesimismo que oprime a los militantes más calificados y responsables y que representa un gran peligro, tal vez el mayor de la hora actual, por su secuelas de pasividad política, de pereza intelectual y de escepticismo sobre el porvenir” ( A. Gramsci. Contra el pesimismo, previsión y perspectiva. Ediciones Roca, México, 1973).

Me parece extraviado el análisis que privilegia la idea de que, entre abril y agosto últimos, la sociedad guatemalteca fue objeto de una manipulación descomunal, puesta a caminar precisamente desde las redes sociales, y apuntalada por los medios masivos de comunicación social, especialmente la TV por cable y algunas emisoras de radio, además de algunos diarios de circulación metropolitana.

Sin duda, los medios (redes sociales en primer lugar) jugaron un papel, potenciaron y amplificaron la protesta, pero siguieron siendo lo que son: medios. ¿Por qué una convocatoria nacida de personas de las capas medias, descontentas y afrentadas por el descaro de la corrupción del gobierno de Pérez Molina-Baldetti, creció y creció hasta convertirse en esa ola de indignación, de cientos de miles de personas movilizadas por las demandas de renuncia y justicia?

La respuesta obvia, a veces pasada por alto, es que esos cientos de miles de personas nos sentimos, por igual, burlados y llevados a los límites de la exasperación. Eso no fue una mera creación mediática.

Las y los “indignados” fuimos interpelados, no por los medios, sino por una situación real base de una intersubjetividad capaz de provocar acciones comunes. Y allí donde estaba la fuerza del movimiento, residía también su debilidad mayor: tenía grandes disparidades en la profundidad de la crítica al “enemigo” objetivado (“la corrupción”) y personificado en la pareja gubernamental, ahora en prisión. Diversidad de visiones que no era otra cosa que la expresión de la naturaleza policlasista del movimiento.

Por eso fue posible que “finos” y “shumos” nos juntáramos en calles y plazas, pero de un modo se ve la corrupción en La Cañada, y de otro se muere de ella en El Cambray II.

Entre esos polos estamos millones, desde profesionales de “medio pelo” hasta trabajadoras y trabajadores de maquilas, víctimas de los “salarios diferenciados”, pasando por comunidades indígenas agredidas por la exclusión, el despojo, los megaproyectos y el extractivismo, y movimientos campesinos, forzados a arriar la bandera de la reforma agraria y suplantarla por el edulcorado desarrollo rural.

Esa diversidad social se unió en un movimiento policlasista (como lo fueron la insurrección anticabrerista de 1920 y el movimiento cívico-militar antiubiquista de junio-octubre de 1944, para citar los dos antecedentes más claros) que tuvo su cúspide en el paro nacional del 27 de agosto.

Pero hasta allí llegó todo. Lo que parecía el inicio de una crisis de hegemonía (por fuerza vuelvo a Gramsci), el establisment logró revertirlo manejando los tiempos de la crisis, incluyendo la “emergencia” de un relevo ad hoc, Jimmy Morales, quien al subirse a la ola del castigo a la “clase política” (Sandra Torres incluida, y antes que ella Manuel Baldizón), de paso saca las castañas del fuego al sistema con un gatopardismo casi perfecto: cambiar para que todo siga igual.

Bueno, ese es su cálculo básico. Pero no todo está dicho, ni el asunto terminó el domingo 25 de octubre, ni terminará el 14 de enero de 2016. Al contrario, esto apenas empieza, aunque no en el sentido del voluntarismo radical, sobre lo que espero reflexionar la próxima semana.

Edgar Celada Q.
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