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Descalzo camina sin rumbo.   Pasan las horas, los días, los meses sin saber el por qué de su existencia.   Nació hace 11 años y hace 5 que vive en la calle.   Se llama Pedro, pero le daría lo mismo llamarse Juan o José.   Prefirió vivir en la calle que vivir en aquel lugar donde vivían los que decían ser su mamá y su papá.

Los recuerdos de ese lugar son imborrables y a veces le asaltan por la noche en forma de pesadillas.   El que decía ser su papá era un alcohólico que se pasaba más tiempo en la cantina que con él.  Para él mejor porque siempre que llegaba a casa lo primero que hacia era pegarle.  A veces le dejaba densas marcas en su cuerpo frágil que le duraban días.  Apenas se recuperaba de una paliza cuando ya venía una segunda y más marcas en el cuerpo y en el alma.

Su madre era un ángel y un diablo a la vez.  Habían días que lo quería y le daba abrazos y besos.  Otros que no lo quería y le pegaba y gritaba tanto como papá.

El día que decidió marcharse fue porque casi pierde la vida.   Papá y mamá habían tenido una pelea y papá le había – como siempre lo hacía- pedido a mamá perdón y prometido no volverlo a hacer.  Para demostrarle lo arrepentido que estaba la invitó a salir.  Dejaron a Pedro solo  y encerrado en su casa de una habitación sin más juguetes que los muebles.   No tenían televisor y el radio estaba fuera del alcance para sus pequeñas manos.  Así que se acompañó de su soledad y de los pedazos de papel o vasos plásticos que le servían para jugar.

Pasaron las horas y Pedro estaba hambriento sin nada para comer.  El retrete quedaba afuera de la habitación así que tuvo que utilizar una de las ollas de la cocina para poder descargar sus necesidades.  Al cabo de 24 horas empezó a pedir ayuda para ver si algún vecino se apiadaba y lo sacaba de su encierro pero nadie lo hizo.   La casa era de lámina y madera, hacía calor y sin agua para beber empezó a deshidratarse.

Cuando papá y mamá llegaron dos días después venían los dos alcoholizados y al verlo que había descargado sus necesidades en una olla le pegaron entre los dos.   Quedó inconciente y mal herido.  Cuando mamá despertó de dormir horas después se encontró a Pedro moribundo.   Por piedad lo llevó al hospital nacional.  Pasó tres semanas recuperándose.   Ni la que se llamaba mamá ni papá llegaron a verlo una sola vez.

Al escuchar a los doctores decir que tenían que hablar con las autoridades para que se lo llevaran a un orfanatorio, él sin saber qué significaba eso, decidió escaparse.  Creía que si lo llevaban al orfanatorio había otra razón para que mamá y papá le pegaran. No quería que ellos le pegaran más.  No quería tener que pasar hambre y sed en una habitación encerrado otra vez.

Salió del hospital sin ver para atrás.  Aprendió a pedir limosna en menos de lo que canta un gallo gracias al innato instinto de sobrevivencia.   Encontró debajo de los puentes y cornisas otros niños solitarios como él y la desgracia y desdicha de vivir de esa manera los hizo unirse para sobrellevar las penas del alma.

Después de 5 años de vivir en la calle le daba igual si era de día o de noche.   La lluvia ya no le molestaba, ni el frío, ni el constante rugir de su estómago.   Aprendió a ser una sombra, un parásito, alguien invisible para todos los seres que estaban mejores vestidos, limpios y que a veces le tiraban monedas por lástima o para quitárselo de encima.

Su mejor colchón era la acera.  Buscaba esperanzas entre la basura que los hombres bien vestidos desechaban.  Se estaba mejor así que con papá y sin mamá.  Algunos de sus amigos han cambiado el pegamento por el alcohol y a él ya no le importa.  Pero que no se metan con él porque entonces no responde.  Saca al demonio que lleva adentro.  Saca sus frustraciones y sus desdichas y sus anhelos y sus ganas de tener una vida normal.

Aprendió las alimañas de robar con tanta exactitud como se aprende la labor de la carpintería.  Aprendió a no pensar, a viajar para no sentir el dolor con un pegamento para zapatos que podía comprar por muy pocas monedas  fácilmente en cualquier lugar.

Y con los ojos rojos,  su mente en otro mundo,  vestido con harapos, sucio, maloliente, con sus compañeros de desgracia, descalzo,  con hambre, sin destino, rumbo o final, sigue  en esos rincones de la calle ajeno del mundo y el mundo ajeno de él.  Parece una aparición fantasmal a la que nadie puede ver.   Un error de Dios en la creación de la humanidad.

Silvia Titus
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