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Ella se mecía al ritmo de la marea de aguas cristalinas que tenía a la vista.  Sus pies mojados jugaban distraídos.  El olor a mar vivo se impregnaba en el ambiente.  Al horizonte se veía al sol escondiéndose sigiloso. Miles de gaviotas chillaban y bailaban al compás de las olas.  A pesar de que todo el paisaje compartía calma y serenidad el corazón de Milena estaba en desasosiego.

Hacía muchos años que había cruzado en avión este mismo mar en busca un futuro mejor.   Guatemala la cobijó y le vio crecer pero nunca pudo darle una estabilidad financiera ni laboral.  Los padres de Milena hicieron lo que pudieron por sacarla adelante.  Se enamoró muy joven de un hombre casado que le prometió el cielo y la tierra y lo único que atinó fue engendrarle un hijo.  Así que con veinte años ella se encontraba sola y con un niño al que criar.  Al momento de que la criatura nació, ella se llenó de ese amor incondicional que trae el lazo natural de una madre con su hijo. Ella quería lo mejor para él y no sabía como proporcionárselo. Carecía de dinero, trabajo y apoyo de una mano derecha que la cuidara a ella y al bebé.  Así que en un momento de desesperación decidió emigrar hacia el Norte soñando con un futuro mejor.

Tuvo suerte y consiguió la visa americana en un abrir y cerrar de ojos.  Prestó dinero acá y allá y decidió partir dejando lo que más quería en manos de sus padres.  Cuando se despidió, abrazó a su hijo de tal manera que parecería que nunca lo iba a volver a ver.  Su mayor anhelo era trabajar duro y al cabo de un par de años lograr llevárselo a él también.

Desde la ventana del avión divisó el mismo mar de ahora.  Al percatarse de su inmensidad le pidió un único deseo:  Reencontrarse con su hijo lo más pronto posible.

Encontró trabajo rápido y envió el dinero prometido puntual a sus padres.  Llamaba por teléfono cada vez que podía y escuchaba como su hijo crecía en conocimiento y aptitudes.  Escribió mil cartas y envió millares de regalos. Trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer seis días a la semana sin cansancio. Con todo el esfuerzo, no logró cambiar su estatus ilegal en ese país. Por lo mismo no podía traer a su hijo consigo. Y mientras tanto ya había pasado una década desde la última vez que había visto a su hijo.

Incansable le reclamaba al mar.  Cada vez que podía se acercaba a él para reprocharle el no poder tener a su hijo con ella.  Quería nadar hacía el infinito para estar con su hijo.  Tenía la incertidumbre de cómo seguir su vida.  Si se quedaba podía seguir pagando para la educación y comodidades de su hijo.  Si se iba de regreso lo tenía a él pero no podía brindarle lo que a él le hacia falta.  Y así pasaba los días suspirando en agonía sin saber que hacer.

Sufría de ataques de ansiedad y pánico. Tenía insomnio y lloraba sin parar. No se consolaba en vivir sin él. Se mortificaba pensando en todos los años que perdía abrigando esperanzas y cuántos más tenía que seguir así.  Había intentado por todos los medios traerlo consigo pero no lo había logrado.  La disyuntiva de tener que vivir sin él para proveerle una mejor vida o estar con él y vivir pobre era la que la hacia perder la cabeza y pensar en cosas inimaginables.  Así que para recobrar la cordura recorría al mar y le culpaba de todas sus desdichas.

Ese día en particular había llamado a su hijo. Lo notó tan indiferente y distante que le entró un gran temor: de que él se estaba olvidando de quién en realidad era su madre. Al terminar la conversación lo había escuchado llamar a su abuela mamá  y eso le hizo un nudo en la garganta.  El corazón de Milena se había contraído y se hallaba dañado.  Se daba cuenta que el tiempo no perdonaba y había logrado hacer que su hijo se empezara a olvidar de ella.  Ese día no tenía reclamos al mar.  Ese día se daba cuenta que el sacrificio de darle lo mejor a su hijo tenía precio.  Ella sabía que madre es quien cría y no quien engendra.  Así que con el pecho compungido y entre lágrimas y lamentos tomó la decisión más difícil de su vida que compartió con su viejo amigo el mar: seguir proveyendo y aceptar la distancia entre ella y su hijo.   En alguna otra vida su esfuerzo se compensaría.

Silvia Titus

Escritora por aficción, amante de la literatura, viajera empedernida, amiga entrañable y alguien quien ama profundamente a Guatemala aunque viva a miles de kilómetros de distancia.

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