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Anahí Barrett

Se recreó la reacción que hacía meses había dejado de experimentar con él. Se humedeció. Sus manos moderadamente grandes, de dedos largos y curiosamente arqueados le recorrieron lentamente la cintura, la espalda, los glúteos. Sintió su respiración no agitada, serena, detrás de su oreja. Percibió sus labios recorrerle el cuello y sin pensarlo un segundo, se encontró a si misma buscándole la boca. Lo transitó por todo el rostro humectándole con sus besos. Sumisamente obedeció a su mano guiándola hacia el centro de su entrepierna. Y se sintió complacida de constatar que aún podía transformar esa amistad, que los unía, en declaración animal.

Conocía exactamente la lógica y el motivo de aquel giro sexual inesperado de su ex. Ella debió haber contenido su deseo y mandarlo mil veces a la mierda. Siempre lo creyó demarcado de las más vulgares expresiones del machismo. Pero se equivocó. Era otro macho más… estableciendo su territoreidad.

El espejo le devolvió aquella evidencia de saberse cosificada, de ser apreciada como predio. Una propiedad cercada por marcas verde azulado en sus senos.

Y sus encuentros, como grandes aliados de vida prosiguieron… en el más absoluto de los silencios sobre aquella fugaz rotación.
Aquella noche finalmente logró conciliar el sueño. Adormecida por la certeza de saberse no amada por él. Admitiendo, con dejos de desesperanza, sus marcas.

El espejo le devolvió aquella evidencia de saberse cosificada, de ser apreciada como predio. Una propiedad cercada por marcas verde azulado en sus senos.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Anahí Barrett
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