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Cortejo en las Calles
(Cámbiame un 21)

El aroma de las flores se podía respirar  por aquellas calles, donde los muchachos en las esquinas se reunían, para ver a las muchachas pasar o simple y sencillamente para conversar, de vez en vez más de uno, se iba  sin despedirse del grupo, tras la chica que le quitaba el sueño  y que poco a poco se iba convirtiendo en su  tormento, pues no encontraba la forma de llamar su atención…Las palabras bonitas acaso le arrancaba una sonrisa o la burla del grupo, luego de regresar como perro con la cola entre las patas…

En aquel inmenso jardín en pleno abril, habían  tantas flores cada una con su encanto, pero siempre había una  que se volvía obsesión, pues sin darte cuente te roba el corazón. Nunca faltaba quien se enamorara de una de las chicas con las que recién  había cursara el sexto grado de primaria y como siempre sucede, ellas con esa prisa por crecer dejan a los varones atrás,  al punto que en poco tiempo se sienten como enanos frente a ellas…

Mas para esas cosas del amor, la creatividad de los muchachos no tiene límites,  como bien es sabido a los números siempre se les han atribuido diferentes significados y propiedades, claro aparte del valor que representan, así tenemos que para algunas culturas el número 13 es de malos augurios o mala suerte, por los que  los muchachos para referirse al mismo sin  mencionarlo, le llaman el “Gracias”  el  7 que es un número cabalístico y tiene connotaciones de buena suerte o el 3 que  denota tiempo suficiente( por eso nos dicen: voy a contar hasta tres…)  por lo que  a alguno se le ocurrió, darle al “21” la connotación de la solicitud de un beso(como quien dice “Hoy estoy de suerte y ya te he dado tiempo suficiente “para pensarlo…).

En los autobuses públicos por esos tiempos, al pagar el pasaje, se le daba un ticket al pasajero, ticket que de vez en vez cuando subía el inspector de la línea de buses, lo pedía, para cerciorarse, de  que todos habían pagado su pasaje y lo cortaba a la mitad.  Dichos tickets venían numerados en orden correlativo y la forma de formar el mentado 21 era, sumando uno a uno los dígitos y si estos sumaban 21, pues el ticket podía ser canjeado por un beso por la niña de tus sueños. Así era que los muchachos, al subir al bus lo primero que hacían era sumar los dígitos y si era el 21, aunque el inspector los bajara, no soltaban el mentado ticket.

Miguel Alejandro era uno más de los muchachos de la cuadra, amigo de todos, pero un amante de la soledad, le gustaba al caer la tarde subirse al tejado  de la casa, para ver las estrellas y escuchar música romántica en su radio a transistores y su gato.  Soñaba despierto con el día, en que encontrara a esa niña que le robaría el corazón, no sabía quién era, pero tenía la certeza de que en cualquier rincón del planeta ella también lo esperaba,  con las mismas ansias que él la anhelaba.  Como todos los chicos de su edad, le gustaba ir a los repasos (bailes)  y ver  bailar a las chicas.  Se moría de las ganas por sacar  a bailar a una y sentir cerca su respiración, pero no sabía bailar, no tenía esa gracia, por más que lo había intentado hasta con las escobas, siempre se tropezaba, así que prefería ver .  Le gustaba la música en español   e inglés y aún que ésta  no la entendía, se inventaba la letra, una que expresaba los sentimientos de su corazón… Porque eso sí, Miguel  Alejandro para escribir, se las pintaba solo y más de una vez de su inspiración brotaron las cartas de amor, con las que sus amigos enamoraron a sus novias, pues a solicitud de ellos, el era algo así el poeta anónimo del cortejo de los amigos.  Eran cartas llenas de imaginación y poesía, cartas escritas pensando en la niña que aun no conocía… Y como todos también guardaba los mentados 21 cuando tenía la fortuna  de que uno de ellos caía en sus manos, los atesoraba en una billetera vieja, donde portaba mas papeles que dinero.

Veía como cada uno de sus amigos se iba empatando  con alguna chica, ellos le decían, que se animara que habían tantas florecitas bellas para escoger en aquel jardín, pero él como podía se hacia los quites y salía del asecho. Aun que más de una vez sentía esa melancolía de la soledad , a veces sentía esas ganas de adelantar las manecillas del reloj  para propiciar aquel encuentro, que no veía venir y se preguntaba si aquello no era más que el fruto de sus idealizaciones… Mas seguía esperando y puntual a su cita con las estrellas y la luna.

Los vientos de fin de año y ese frío que pide a gritos unos brazos para abrigarlo, le traían una ansias que apenas lograba disipar,  al escuchar las canciones que hablan de amor o ver una pareja de enamorados pasar, le hacía sentir, que en su vida le faltaba esa clase de cariño.  Era aun un niño, que espera con  toda la ilusión del mundo a que todo eso llegara.  Por las calles se veía a los muchachos cortejando a las muchachas, principalmente cuando estaban en grupo, como que eso les inyectaba una dosis de valentía que cuando estaban solos no tenía, pues al parecer en las cosas del amor las chicas tenían más coraje y determinación.

Una tarde de esas, cuando las prisas por no perderse el programa de televisión favorito, hace que los muchachos salgan corriendo a hacer el mandado a la tienda, mientras pasan los comerciales… Miguel Alejandro fue por azúcar, pero en la tienda de la esquina no había, ni en la de la vuelta de la manzana, en fin corrió de tienda en tienda sin poder encontrar, en esas prisas andaba, cuando se chocó con alguien ,a quien le botó  la docena de huevos que llevaba, disculpándose y apenado, se agachó a recoger según él, lo que no era más que  una torta cruda de llenas, clara y cascaras… Como pudo se repuso de su vergüenza y pena, al levantar los ojos, una mirada le cegó por un instante, la cual le cautivó el corazón, no supo qué más decir, qué más hacer, sólo sintió a todos su ser estremecer cuando con una voz de ángel, la chica le dijo: No te preocupes, compraré otra docena más, el tomó el dinero que llevaba y pago por ellos, luego sin decir, ni preguntar nada la acompañó hasta la casa de la muchacha. Al llegar a la puerta se despidió, dándole la mano todavía con restos de aquella torta que había quedado en el suelo.  No le pregunto su nombre, no le dijo nada, pero aquella mira había sido fulminante…

Regresó a casa sin azúcar y sin dinero, la mama ya un tanto enfadada, le preguntó del por qué de la tardanza,  apenas pudo inventarse una explicación creíble, pues le dijo que había ido de tienda en tienda y que en esa había perdido el dinero , la mama lo notó extraño, así que no insistió mas.  A él, se le olvidó el programa, no quiso comer, se fue directo al tejado, con su gato y su radio portátil de transistores a preguntarle a las estrellas, a pedirle consejo a la luna.

Los días subsiguientes, se inventaba cualquier pretexto para pasar por la calle de aquella chica, a diferentes horas, tratando de crear un encuentro casual, para poder  volver  a verla, era como un gato esperando a que el ratón salga de su guarida. Así le pasaban los días, pero ni sombras.  Cansado de esperar y de preguntar, por unos días dejo de insistir. Quizás había sido una visita causal a algún pariente o la amiga de alguna muchacha, le resultaba extraño, pues La Colonia, era como un pueblito a poca distancia de la ciudad, donde todos se conocían.  Pese a su decepción por no poderla encontrar, no podía olvidar su mirada, esos ojos con la luz de las estrellas… Fue un sábado de los primeros días de diciembre, cuando sus amigos pasaron por él como siempre, para ir a aplanar las calles y si encontraban un repaso ir a bailar. Aquel grupito de muchachos iban por la quinta avenida, sin rumbo, cuando otro grupito les dijo: Mucha hay repaso por la Isla, vamos… Y sin más palabras los dos grupos se apresuraron al lugar, pasarían por su calle, la calle que de la chica de los ojos lindos, al aproximarse sin poderlo evitar sintió un acelerón del corazón y como que una mano le apretara el pecho.  Pero no la vio y siguieron de largo, ante la gana de pasar frente a la casa. Llegaron donde era el repaso, pero estaba lleno a reventar y no se podía entrar, por lo que se quedaron afuera escuchando la música y viendo como estaba el panorama, luego de un rato, poco a poco fueron entrando ante la insistencia de algunos  de los del grupo, pues por la ventana había vista a una chicas que les habían gustaba o como decían los muchachos .Como pudieron se abrieron camino, las muchachas y los muchachos como podían bailaban tratando de hacer alarde de los nuevos pasos que habían aprendido, entre machucón y machucón se instalaron en un rincón de la sala, entre broma y broma, echando ojo a las muchachas, comentaban entre sí, cuando de repente en medio de las luces de colores de los focos envueltos en papel celofán, Miguel Alejandro se volvió a encontrar con aquella mirada cautivante, pero estaba acompañada bailando con un muchacho que la miraba con tanta atención, en cuestión de segundos entablo un dialogo de preguntas y respuestas consigo mismo, que fue interrumpido por el codazo de una de sus amigos, que le dijo: ¡Vos, Miguel Alejandro!, vos  mirá como te mira la patoja aquella vos, ¡Está chilera mano!, cáele, no le hace que esté acompañada.  Será vos le replico.  Sí hombre, nosotros le decimos al cuate que alguien lo llama y vos la invitás a bailar.  Pero si no se bailar, les contesto.  No le hace, en fin entre el montón quien se va a dar cuenta, vos ¡No te agüevés mano! ¡Llégale a la guisita, que está chilera! Pero antes que ellos actuaran, ella se lo despachó, quien sabe con qué pretexto y se fue a parar justo frente a él y le guiñó el ojo y le sonrió, al verlo, él se puso nervioso y sin saber qué hacer, más de empujón en empujón y palabras de ánimo, llegó frente a ella y la invitó a bailar, ella accedió y él cómo pudo dio sus primeros tanes (intentos) en el baile, el cual era evidente no era unas de sus talentos, mas al ver que a ella eso no le importaba, siguió bailando, poco a poco fue tomando confianza, fue como si se crease una atmósfera donde sólo estaban ella y el. Él le dijo su nombre, ella también, intercambiándose miradas y sonrisas, conforme caía la noche el ritmo de la música fue sediento a la música más suave,  lo cual lo ponía en un verdadero aprieto, pues una cosa era bailar como gorila suelto y otra era tomarla de la cintura y sentirla cerca llevando el ritmo, un ritmo que él no sabía llevar, ella se dio cuenta y le dijo: No te preocupes yo te enseño. El trataba de seguirla, pero era como un trozo bailando, sus amigos entre risas y siendo cómplices lo animaban, haciéndole señas de que se acercara más. Al notar que la presencia del grupo estorbaba, uno de ellos le dijo a los demás ¡Mucha estamos haciendo tierra! ¡Vámonos! ,así lo hicieron y se fueron uno a uno, para esperarlo en la cuadra y preguntarle cómo le había ido, mas antes de despedirse, uno de ellos le pasó dando con disimulo un ticket con el famoso número 21, él lo agarró rápidamente y se lo metió a la bolsa, ella se dio cuenta y con esa sonrisa pícara de complacencia que hacen las chicas, hizo como que no vio.  Ellos se fueron y él se quedó junto a ella un rato más, hasta que la hermana de ella, le dijo que era hora de irse, la hermana le dijo que podía acompañarlas, ella se adelantó con el amigo que ella iba y ellos sé fueron detrás conversando… Al llegar a la casa de las chicas se despidieron, sin querer despedirse, pues ambos sabían que allí se empezaba a escribir una historia, su historia…

Oxwell L’bu

Foto: Lissette Fernandez

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