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En Guatemala no hubo genocidio, sino algo peor. Ocurrió no la destrucción de una etnia, sino la persecución sistemática de ciudadanos de pensamiento izquierdista, de sus parientes y amigos, de los sospechosos y, en la última etapa, de las poblaciones indígenas que había que destruir para terminar con el “peligro”, con el vasto complot del comunismo internacional. Se vivía el clima borrascoso de la Guerra Fría, que nos hace recordar la larga historia de las persecuciones políticas que constituyen un capítulo doloroso de la sociología del terror. La persecución se produce cuando un grupo, generalmente con poder, desarrolla ideas negativas sobre otro grupo, casi siempre minoritario. Lo deshumaniza para poderlo matar, lo acusa de ser parte de un complot diabólico, destructivo; en consecuencia hay que acabar con el grupo enemigo hasta sus íntimas raíces.

La persecución es obra del miedo y del odio frente al grupo al que le adjudica el complot, que en el Medioevo se creyó satánico. Recordemos la persecución religiosa en 1523/25 en lo que se llamaron las guerras campesinas en el Sacro Imperio Romano Germano. Cegado por el fanatismo protestante, Luthero llamó a luchar “contra las hordas asesinas y ladronas: sus integrantes deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados, en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se mata a los perros rabiosos”. Con similar textura se movió la persecución de la Inquisición frente a los herejes, impíos y brujas; o el odio mortal a los jansenistas y muchos ejemplos más. En todos ellos la persecución supone la trama diabólica de un grupo secreto.

La más conocida es la persecución a los judíos, en numerosos sitios y fechas, que culminó con la matanza de millones en Alemania en los años cuarenta del siglo pasado. La persecución política es implacable; se ha olvidado la matanza de 600 mil indonesios acusados de comunistas a manos del Ejército de Suharto en diciembre de 1965, o los millones que se tragó el gulag. La persecución anticomunista adquirió forma propia en Guatemala, definiendo un enemigo infiltrado en todos los pliegues de la sociedad, vendido a los rusos, a los chinos, a los cubanos, con propósitos de destruir el Estado. A todos estos procesos de persecución se les explica movidos genéricamente por una “la causación infernal”, que requiere una mentalidad atrasada, que se mueve a tono con la teoría de la conspiración en la historia y que postula la inminencia de un complot para hacer el mal. El atraso cultural en Guatemala llevó a muchos a creer que los comunistas eran enemigos, traidores, dispuestos a acabar con el matrimonio y el hogar, a irrespetar los valores cívicos, gente que incluso comía niños, etcétera.

Aquí se vivió una etapa en que la causalidad diabólica inspiró a grupos de derecha y a los militares, que los animó de un profundo odio contra la gente de pensamiento progresista, a la que mataron. Acusaron a la guerrilla como parte de esa maquinación infernal contra la nación, incluyeron desde sindicalistas hasta políticos e intelectuales que estaban en la oposición. La persecución anticomunista, animada por el odio ideológico, justificó el horror del largo período del llamado “conflicto armado interno”; ahí se oculta la dinámica de esa causalidad satánica que llevó a la muerte también a unos 80 mil indígenas. Para salvar a la nación de esa trama maléfica, ¿fue necesario que los militares violaran a 16 mil mujeres y mataran varias decenas de miles de niños? ¿Qué ganaron asesinando a Adolfo Mijangos López, parapléjico y diputado progresista? Se sabe que eliminaron mas de 1,500 catequistas, promotores de salud y maestros bilingües entre 1975 y 1976 porque el Ejército vio en ellos la posibilidad de una nueva identidad indígena mas incluyente. En estos períodos de terror indiscriminado, el orden moral colapsa, hay un contagio en la superlativa capacidad de ver enemigos por todos lados, una necesidad de matar por la ausencia del sentimiento de culpa. De otra manera, ¿cómo explicar, por ejemplo, que el 8 de mayo de 1982, en Saquillá II, 25 niños, 15 mujeres y 6 ancianos fueran asesinados por una patrulla militar? Los ejemplos suman millares.

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 y el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (1998) discutieron la existencia de una persecución ideológica, la que lleva a matar por las ideas. Si los soviéticos no se hubieran opuesto en la reunión de Ginebra, se habría calificado otro tipo, el “genocidio por razones ideológicas”. La persecución homicida en Guatemala como expresión de una violencia intergrupal se hizo en gran medida para castigar una manera de creer, de ver la sociedad, de pensarla. A esta ideología y a su praxis la consideraron insoportable y por ello machacaron a decenas de miles de compatriotas. “Matar porque se piensa distinto es otro tipo de genocidio”. Finalmente el nombre no importa. Sucedió y, para que no vuelva a suceder, el olvido no es la respuesta, sino la verdad, el resarcimiento moral; el reconocimiento de que hubo excesos.

En Guatemala no hubo genocidio, sino algo peor. Ocurrió no la destrucción de una etnia, sino la persecución sistemática de ciudadanos de pensamiento izquierdista, de sus parientes y amigos, de los sospechosos y, en la última etapa, de las poblaciones indígenas que había que destruir para terminar con el “peligro”, con el vasto complot del comunismo internacional.

Fuente:  elPeriódico

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