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Mi distinguida «Negrota», que no «Negrita»: Para variar mi primer mensaje se me fue a la chingada cuando quise eliminar una letra que puse equivocada y lo borró todo -de esto hace varias horas, ya que aquí van a ser las 19 horas y yo ya almorcé, ya lavé trastos, limpié la mesa e hice otra tanatada de cosas antes de volver a la compu para rehacer una respuestita a tu comunicación de esta mañana.

Cuando llamaste estaba encendida la computadora, si hubieras conectado el Skype, aquí me hubiera sonado y yo habría venido a responderte. No hubiera sido muy completo como otras veces ha sido porque yo estaba atendiendo al carpintero que acababa de iniciar su trabajo para componerme el clóset de mi dormitorio, al que se le desmadraron las dos puertas corredizas.

Este señor, muy eficiente, honrado y solidario, recomendado por la excelente amiga Gina Maza, de quien te contaré algo mas dentro de un momento, además de dejar el clóset como nuevo, salió a buscar una cerrajería hasta que consiguió traerme una llave para la pequeña chapa que también arregló y solamente me cobró 100 pesos ¡Baratísimo!, porque el mueble está como nuevo y él tardó varias horas realizando su trabajo, siendo que, como te decía, hasta salió a buscar una cerrajería y una llavecita para mi clóset.

Georgina Maza -Gina, fue quien nos protegió, a Jimena y a mi, cuando atravesábamos uno de los tramos mas terribles del exilio. Jimena había
inventado con otra chapina amiga, hacerse cargo de la «refacción» de las 10 de la mañana en una escuela grande, aceptando que la dirección del
establecimiento se «hueviara»  -eso era la verdad-  un 15 por ciento de lo que ganaban en aquella venta de media hora con las chucherías que
preparábamos para los niños. Jimena tenía que salir de nuestra casa como a las 8:30 de la mañana porque debía abordar dos transportes hasta llegar a aquella escuela y el recreo funcionaba de las 10 a las 10 y media, y nada más.

Llevaba una hielera grandota y una suerte de mochila repletas con todos los bocadillos y dulces que preparábamos en la casa, lo que significaba un peso bastante serio y una incomodidad para moverse enmedio de la multitud que a aquella hora, circulaba tumultuaria y groseramente en todas las calles de esta condenada urbe descomunal.

Para preparar aquella mercancía que consumían los chirises, era necesario ir al mercadito y a uno o dos supermercados por la tarde y comprar una serie de elementos con los que preparábamos los «alimentos» que, afortunadamente, mientras duró aquel maldito experimento, les encantaban a los patojos cabrones.

Una vez en casa con aquellas cargas de asuntos comestibles, venía la preparación. Jimena frente a la estufa, hirviendo, mezclando, paleteando, moviendo trastes y al final, llenando recipientes especiales para la venta, como vasitos plásticos. Yo picando cantidades incalculables de verduras, frutas y otros productos sentado a la mesa del comedor.

Aquellas tareas exigían muchas horas de esfuerzos físicos, de atención  y eficiencia para que la enorme cantidad de golosinas no se estropearan en nada. Ya un poco tarde -como a las 11 de la noche, nos acostábamos rendidos y, al día siguiente, muy temprano, cuando ya estaban manejables los pequeños recipientes llenados con comestibles recién hervidos, era preciso repletar la hielera enorme y la mochila de manera adecuada para que cupieran y pudieran llevarse hasta la escuela en transporte colectivo.

No recuerdo con seguridad, pero probablemente, después de un baño apresurado, creo que desayunábamos juntos a toda velocidad antes de que
Jimena se lanzara al tráfico y al gentío urbanos con su pesada carga en las manos y en los hombros…

Doña Adelita, la mamá de Jimena vino casualmente a estar con nosotros en aquella época, cuando vivenció todos los esfuerzos, los movimientos, los sacrificios que se debían realizar para cumplir diariamente con aquel compromiso, un día, cuando Jimena volvió al mediodía de su venta en la escuela, principió rogándola y terminó hincándose y llorando frente a su hija, rogándola  para que dejara aquel sacrificio.

Afortunadamente un incidente oportuno y decisorio, vino a colocar las cosas en su lugar, decidiendo que Jimena renunciara definitivamente a aquella locura destructiva e innecesaria objetivamente.

Una mañana a los niños de la escuela se les ocurrió aventarse entre sí o lanzar a cualquier lugar de la escuela, los vasitos ya vacíos de su golosina preferida. La directora, saliendo de su cueva magistral se percató de aquel despapaye de desorden, malacrianza y relajo . Con furia vino a enfrentar a Jimena, acusándola de ser la culpable del relajo y prohibiéndole que volviera a traer aquellos deliciosos vasitos con una ensalada picante que les encantaba a los niños.

Por supuesto, Jimena replicó con enojo y , aunque yo estaba en casa y no escuché lo que se dijeron, creo que Jimena, si no le dijo algo así como
«¡Decile a tu madre que recoja la basura porque a mi ya no me vas a ver jamás en esta escuela!», no le dijo nada… Porque la directora quería que Jimena se hiciera cargo de la limpieza del edificio en aquel momento. Obviamente, vino enojadísima a casa pero eso sirvió para que renunciara a
aquella forma impropia de ganar algunos miserables pesos cargando sacrificios físicos, humillaciones y abusos por parte de las autoridades del plantel.

Yo nunca estuve de acuerdo con aquel experimento que nos imponía excesivo trabajo y no significó en ningún momento alguna ganancia económica siquiera medianamente atractiva.

La amiga que entusiasmó a Jimena, Marconi, la mujer de Guinea,  en aquel disparate, lo abandonó unos 2 o 3  meses antes de Jimena porque ella y su marido comenzaban a preparar su retorno a Guatemala.

Una reflexión serena y la aceptación saludable de lo que significaba cierta liberación de algunas prácticas deleznables, morbosas y antiéticas de algunos dirigentes del partido, nos permitió ingresar a un ámbito cada vez más saludable, creativo y mentalmente higiénico, para  los dos. Jimena comenzó a impartir cursos en nuestra casa a estudiantes de preparatoria y de la Universidad hasta crear casi un colegito particular. Yo comencé a publicar en diferentes órganos de prensa, tanto impresos como de internet, lo que nos multiplicó las relaciones sociales y aumentó nuestros ingresos,  volviendo a producir en nuestro hogar, el calor y la fraternidad de auténticas amistades y camaraderías que frecuentemente producían reuniones festivas los viernes o los sábados por la noche.

En otro mensaje continuaré narrando estos sucesos de las biografías de Jimena y mía.
Mi distinguida hermana, que pasés buena noche y hasta entonces. Chau.

Tu hermanito, El Gran Totote o el Choco Matute.

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