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Dentro de 2 días estaré alcanzando las 80 vueltas en torno al sol viviendo sobre este planeta llamado Tierra. Hace 5 años, cuando cumplí los 75, tirado por el entusiasmo de Jimena y gracias a la solidaridad y fraternidad de Lourdes y José Luis, se organizó una celebración multitudinaria en la encantadora casa de ellos.

Muy pronto, después de aquella fecha, nos comenzó a envolver la presencia de las enfermedades en el caso de Jimena.

Soy viudo hace casi 4 años y no he sabido, pese a que estoy sometido a diario al aprendizaje de cómo vivir solo, entender de qué manera los espacios de esta casa ya no escuchan sus pasos presurosos, su risa, sus palabras, ni sienten su presencia ni captan sus movimientos, su aroma, su calor y su respiración, ahí, siempre junto a mi.

Sé que estoy cruzando el portón grande de ingreso a la ancianidad y, como todos mis congéneres, no sé cómo, ni cuándo, ni dónde, alcanzaré en este transcurrir por la nave central de la existencia el altar del final con la muerte al medio y, posiblemente, el aroma del corozo. Mas hay que permanecer avanzando cotidianamente hasta caer definitivamente en el silencio eterno y quizá la nada.

Ahora se me antoja rendirle un homenaje cuasi familiar a Jimena, cuyo nombre propio fue el de Olga Herminia Jiménez Muñoz.

-Y que nunca aceptó ser «De Matute»   -lo que nos causaba risa a los dos-  incluso en nuestro matrimonio civil le solicitó al abogado, que era un primo suyo, que su nombre no debía ser «alterado» por esa «de», porque era como pertenecer a alguien.

Ahora estoy solo, ya no se escuchan sus pasos rápidos, el silencio no palpa su presencia y, entonces, la soledad se hace cuadrada en cada habitación y se cuelga en todas las ventanas.

Jimena constituyó una solidaridad, valentía e inteligencia, que sobrepasaron la simple y aburrida proximidad del otro sexo en el quehacer de todos los días.

Digo que, además de compartir nuestras concepciones filosóficas y nuestros sueños por un futuro realmente más humano para este mundo, creíamos en el arte, en el amor de las manos juntas y hasta del beso, en la lucha por un mundo más justo y amoroso.

Su ausencia, a pesar de todo, sigue siendo dulce por lo que me enseñó a sentirle a la vida.

Voy a confesarles que ella se aproximó a mí y yo a ella porque se impresionó con la lectura de algunos poemas míos en alguna actividad literaria de hacía varios años.

La presencia de los amigos en esta cueva de sueños y esperanzas parece prometerme algunos logros,  -que no éxitos suficientes-  a un transcurrir humano más calmado  -no físico- y con posibilidades de ir encontrando el equilibrio y el respeto entre todos estos bípedos pensantes.

Llego a los 80 años y me agrada, aunque cada vez es más terrible la capacidad destructiva de la humanidad, porque la enorme esperanza de mis anhelos, junto al recuerdo casi viviente de Jimena, avisora una transformación necesaria en el gran desequilibrio de todo lo que hemos creado a través de los siglos en este terrón universal tan chico que se llama Tierra.

Seguiré con mis impulsos más sublimes dentro del pecho y los 80 no me asustan, más bien me impulsan a dar todo por lo que viene positivo y creador tras de nosotros.

El Choco Matute.

 

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