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Miguel Angel Asturias y Luis Cardoza y Aragón,  de Mario Payeras

Notas sobre Miguel Angel Asturias, casi novela, de Luis Cardoza y Aragón

No es éste un libro afortunado y contrasta con otros de Luis Cardoza. Dos veces lo leí, esperando modificar mi primera impresión desfavorable, pero confirmo el juicio original. Es en mi opinión un libro dogmático como estética, lo hallo pletórico de las pretensiones de todo vanguardismo y lo siento ajeno sobre todo a la cultura democrática que Guatemala reclama con apremio. Su valoración de Hombres de maíz corresponde al maestro que Cardoza es, pero el ensayista vierte sobre el resto de la obra asturiana más dudas y epítetos que valoración ecuánime. Es un libro obsesivo, reiterativo, circular; a veces da la impresión de pensar en voz alta, tantos son los juicios que después desdice, y con frecuencia divaga. Como siempre, el discurso cardociano es río en creciente por el humus cultural que arrastra y quién lea sus páginas aprenderá mucho. Lo siento agudo, afortunado en diversas imágenes y metáforas: pero su juicio sobre la vida y la obra de Miguel Angel es parcial y tendencioso. Reitera a lo largo del libro que es amigo de Asturias y que como tal escribe. Yo no lo percibo así, dicho sea con franqueza. Tampoco como detractor, porque ello lo desmiente su exaltación de Hombres de maíz.

En la página 47, escogida al azar, encuentro los propósitos de Cardoza al escribir sobre Asturias: «He de exponerlo para dilatar su memoria y para aproximarlo, para que esté más cerca de ti, para que más cerca de ti se sienta(…)Ha sido mi intención rescatar su imagen viva, siquiera fragmentariamente. Que se oiga su júbilo y su desconsuelo, su gozo triste y su rotundo gozo. No imagino rescate de otra naturaleza».

A pesar de esta declaración no encuentro a lo largo de la obra una valoración ecuánime y sincera de la obra del gran guatemalteco. Cardoza dice cosas hermosísimas acerca de Hombres de maíz, aunque no creo, como se ha dicho, que cambie con ello nuestra valoración de la novela. Cardoza subraya su belleza pero la incandescencia la habíamos percibido muchos desde la primeva vez. No entiendo lo del «rescate» ni comparto la apreciación de que a Miguel Angel ya se le lee poco. Como ocurre con todo gran autor, después del alboroto continúan leyéndolo aquellos para los que la obra sigue siendo indispensable. Sin su verdad, a nuestra idea de lo humano le faltaría una pieza y Guatemala se nos quedaría manca.

Siendo sumamente polémica la opinión de Cardoza sobre la vida de Asturias y sobre la mayoría de sus libros, pienso que al reducirse exclusivamente a la ponderación de Hombres de maíz más oculta que esclarece la globalidad, única forma de alcanzar un juicio creíble sobre nuestro escritor. Sin embargo, dice cosas interesantes Cardoza a lo largo de su libro y vale la pena escuchar la opinión de alguien que conoce tanto y a la vez tan poco de Guatemala.

Son numerosos sus juicios difíciles de compartir, por decir lo menos, como su opinión sobre El señor presidente («una novela rosa, una telenovela»). Igualmente extrema es su opinión sobre la trilogía bananera (Viento fuerte, El Papa Verde, Los ojos de los enterrados): «no me interesa» y de Week end en Guatemala dice que sólo se salva Torotumbo. Sobre Clarivigilia primaveral el juicio tiene que ver con «lentejuelas», «pacotillas» o algo así. Los poemas de Miguel Angel son descartados con una sola sentencia inapelable: «Estos no me gustan». Después de emitir el juicio anterior sobre El señor presidente afirma que es una de las novelas de Asturias que hacen patria.

Asombra en este libro la dureza de las opiniones y la abundancia de denuestos sobre obras y escritores. Refiero algunos de ellos para ilustrar mi estupor: «El es en mi imaginación en mayor medida que el Asturias reiterado con castrada prosa». «Osos de feria contentos con su papel y con la argolla que ellos mismos se han puesto en las narices». «Charlatanería mítica», «máscara populista y folclórica tan idiota como nauseabunda», «pacotilla», «tramoya», «academia de sí mismo». «Nacionalismos sobresaltados y analfabetos que acosan a los charlatanes que nunca se equivocan, impolutos pedantes embebidos de pensamiento de secta, no deben confundir a ninguno con su venenosa estupidez de ‘libertadores'». Y esta otra: «Hijos de puta» (pág. 200), como se adelanta a calificar a quienes discrepemos sobre sus rotundos juicios ético-estéticos sobre la vida de Asturias. son frases tomadas de pocas páginas. El libro está pletórico de ellas.

En cualquier parte la intolerancia es dañina; pero sobre todo es nefasta en Guatemala, donde la hallamos como pútrida flor en la política de derecha e izquierda, y casi en cualquier esfera de la vida social donde nos dirijamos. Por ese rasgo lamentable, este libro, en vez de abrir una brecha de luz a la juventud guatemalteca, se suma a la problemática nacional.

Discuto una de sus ideas, la desvalorización de la llamada novela indigenista. Cardoza parte al respecto de que «no es asequible lo primigenio indio» para el novelista ladino no mestizo (pág. 88). Apunta que el mundo indígena para quienes no forman parte de él, es «exótico» y «excéntrico» y que «pese al tesón para penetrarlo están obstruidos los vasos comunicantes» (pág. 62). Se apoya en Mariátegui y lo cita cuando el peruano dice lamentar «que las novelas de indios sean todavía de mestizos» (pág. 88). Pienso que no se escriben buenas o malas sobre grupos culturales por ser o no parte de esos grupos. El reino de este mundo es una hermosa novela sobre los negros haitianos escrita por un cubano que no era negro. Pedro Páramo u Hombres de maíz valen para el caso de los indios. Razonando como quiere Cardoza, sólo los indios podrían escribir sobre los indios, los negros sobre los negros, los blancos sobre los blancos, estableciendo así un apartheid literario tan inútil como absurdo. Por lo demás, suena a arbitrariedad declarar agotado el género cuando los indios siguen ahí y cada día son más.

¿Sobre qué vamos a escribir entonces quienes nacimos en un país indígena como Guatemala? Compartimos con ellos la calle, el camino, la escuela, el trabajo, la lucha, la cama, ¿por qué no podemos escribir sobre nuestros compatriotas? Bienvenida la novela hecha por los descendientes de los mayas y por todos los que tengan capacidad para penetrar el universo psicológico, social, natural, histórico, de los pueblos indios. No queremos hacer sólo ciencia sobre ellos; necesitamos también escribir poesía, cuento, teatro, novela, porque además de explicarnos su condición étnica y sus perspectivas sociales necesitamos expresarles solidaridad, amor. Como en la antropología, pienso que se debiera mantener la calificación de indigenista para aquellas obras que pretendan culturizar al indio y atraerlo hacia la cultura occidental. Bien merecido tendrán entonces el nombrecito. Dejar la propia cultura sólo puede ser un acto voluntario. Los valores en que se asienta la cultura india son tan profundos como los de otras culturas actuales.

Detenida atención le dedica Cardoza a la vida del novelista, cuyas opiniones discuto sobre todo. Asturias cometió en su vida pública dos errores de gran significación. El primero fue haber sido director de El Liberal Progresista, periódico oficial del gobierno de Jorge Ubico, y haber ocupado una curul durante la última asamblea legislativa controlada por el tirano. El otro fue haber representado como embajador en Francia al gobierno de Julio César Méndez Montenegro, hacia el final de su vida, cuando áquel convalidaba como gobernante civil las atrocidades del ejército contra las primera insurgencia guerrillera (1966-70) y contra la población que apoyó a los rebeldes. A recordar ambos episodios se dedica Cardoza a lo largo de casi toda su casi novela. Inquiriendo sobre la relación de la obra y la vida exhibe también los excesos alcohólicos de Asturias y alude a algunas de las manifestaciones de fe religiosa de éste. Creo válido preguntarme el porqué  de las incoherencias de Asturias en periodos determinados de su vida. Lo que estimo discutible es convertir en tema principal de libro lo que en realidad fueron momentos que el propio novelista contradijo con el resto de la vida, la que Cardoza calla. Preguntarse por qué bebía es un ejercicio inútil en Guatemala y en el mundo actual, inundado de alcohol. Lo raro hubiese sido que no bebiera, proviniendo del medio suyo. Habría que preguntarse entonces por qué toman tanto los indios guatemaltecos, los ladinos, la burguesía ahíta de whisky.

En cambio, aludir al catolicismo de Miguel Angel, en la forma en que lo hace Cardoza  -refiriéndose como sin querer al embrutecimiento que halla en la Semana Santa-  no es pérdida de tiempo sino falta de comprensión del fenómeno religioso. ¿Qué diría Cardoza de los vínculos de la mayoría de la dirección sandinista con las celebraciones de la Purísima y con la fe cristiana de los revolucionarios nicaragüenses? Cuando hablo de vanguardismo son sobre todo estas consecuencias las que me preocupan y no tanto las literarias.

Asturias nunca se proclamó marxista y mucho menos ateo. La religiosidad o el ateísmo son asunto de cada quien y no es prudente tocar a la ligera este tema siendo el pueblo guatemalteco una comunidad notablemente religiosa. La beligerancia antirreligiosa es, en mi opinión, reminiscencia del positivismo decimonónico, cosa que digo autocríticamente. El propio Lenin habló de la religión con tolerancia política.

A la caída del dictador Federico Ponce (1944), los estudiantes lanzaron a Asturias a la fuente de la Escuela de Derecho, en señal de repudio por su pasado. Cardoza recuerda el incidente, por supuesto. Y cuánta ironía y burla hay en su frívola frase: «Reclamé a los estudiantes que lo veían como ku klux klan y no como Kukulcán». Quienes queremos y valoramos a Miguel Angel recordamos sus sombras con pena; los que no perdonan su talento y el reconocimiento mundial a éste continúan carcajeándose por el asunto de la fuente desde 1944.

Que hay malquerencia de Cardoza hacia Asturias lo revela la propia frase de áquel: «Mi paisano inevitable», refiriéndose al novelista.

Sostiene sobre Asturias afirmaciones temerarias no basadas en pruebas sino en «intuiciones» que desarrolladas consecuentemente llevan a una conclusión: Miguel Angel escribió Hombres de maíz como mero ejercicio literario mientras sus convicciones sociales y políticas se identificaban con el ubiquismo. A eso llama Cardoza vincular vida y obra. Cualquiera que haya leído esa novela extraordinaria sabe que lo menos que la ocupa es el juego esteticista. En la obra no sólo hay identificación con los indios y mestizos de Guatemala, hay amor, hambre vital de asumirlos como hecho social,  como realidad escogida para dejar en ella lo mejor del talento. Sostener lo contrario es afirmar que la obra de arte puede ser producto de la vanidad y la banalidad.

No me asombra la persistencia de la memoria, pero es necesario que se diga la verdad entera. Hay que decir que Asturias pronto sirvió a la revolución guatemalteca y que la defendió en los momentos de peligro y cuando estuvo caída. Desde 1947 representó al gobierno de Arévalo en el servicio diplomático y al mismo tiempo comienza en su literatura la denuncia de la rapacidad imperialista en sus novelas bananeras, esas que Cardoza toma hoy con la punta de los dedos para hacerlas a un lado, pero que a la juventud guatemalteca de entonces le abrieron los ojos sobre la penetración de los monopolios. Asturias sirvió al gobierno de Arbenz, en Francia, y en 1954, cuando comienzan los amagos de intervención del gobierno de Einsenhower contra la revolución, Miquel Angel tuvo el honor de ser miembro de la delegación guatemalteca a la Conferencia de Caracas, donde se libró la primera batalla. Al otro lado de la mesa estaban  John Foster Dulles, el procónsul del imperio, y la mayoría de gobiernos latinoamericanos, todos enfrentados a la Reforma Agraria de Arbenz. Caído éste, Asturias se convirtió en su exilio de América y Europa en la voz más sonora de denuncia de la tradición.

Pero su mayor mérito, su aporte más trascendente a los seres humanos, fue haber escrito una obra pletórica de valores trascendentes, donde abraza la causa de los que sufren opresión. Una obra que jamás podrá ser cooptada ni llegará a servir ninguna embajada de los poderosos, porque es la mejor acusación de éstos. Testimonio de su compromiso con la revolución caída fue su obra de combate Week end en Guatemala, el libro en que adquirieron inicial conciencia política miles de luchadores revolucionarios. Si Asturias hubiese sido en verdad servil o acomodaticio, no hubiese escrito esta eficaz y eficiente condena del anticomunismo y el intervencionismo estadounidense en el apogeo de la guerra fría y el macartismo. Leí Week end en 1958, y desde sus páginas logré comprender, como la vivencia directa de la caída de la revolución no me lo habría permitido, el crimen cometido contra Guatemala. Me consta que este libro, forrado y muy gastado, circuló de mano en mano entre los primeros luchadores clandestinos después de 1954, y lo vía sobre los catres y en la mesa de los combatientes urbanos en la nueva lucha.

Cómo me duele este libro de Cardoza, aunque no por Asturias sino por su autor, mi maestro de siempre. Vuelvo a su increíble juicio sobre el El señor presidente y recuerdo  la cariñosa valoración que sobre este esta novela hace Augusto Monterroso en la Palabra mágica (en los trabajos Entre la niebla y el aire impuro y Novelas sobre dictadores), en particular sobre la ternura asturiana en alguno de sus capítulos. Sin Camila y su tragedia no se captaría la maldad del déspota, cuya clave trascendente la hallo cuando Cara de Angel, sumiso en el cautiverio, escucha por boca de un infame la peor de las mentiras, la que tiraniza el alma. Camila es Beatriz, sin su paraíso el infierno no sería lo que es.

«Lo que queda de un hombre es aquello que su nombre hace pensar, y las obras que hacen  de ese hombre un signo de admiración, de odio o de indiferencia». Con estas palabras inicia Paul Valéry su ensayo de juventud sobre Leonardo da Vinci. Lo mismo pienso a propósito de la vida y la obra de Miguel Angel Asturias. A casi un siglo de su nacimiento y a dieciocho años de su muerte, puedo decir que su nombre está ligado definitivamente a la novela americana, a su país, a los indios y mestizos de su patria, al odio a la dictadura. Su nombre evoca grandeza en la imaginación y útil peregrinaje por el mundo; su palabra para mí es la voz más grata de Guatemala.

 

Tomado de Rayuela, revista de ensayo y literatura. Agosto 1992

 

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