Ayúdanos a compartir
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

En el anterior mensaje se deslizó, casi sin que yo lo registrara plenamente, un lapso con todas sus escenas de nuestro exilio en México, al poco tiempo de haber comenzado a constituirnos en las circunstancias y las condiciones objetivas que aquella nueva manera de vivir nos imponían.

Todo nos parecía distinto e impreciso y el reclamo emocional que pugnaba desde nuestra subjetividad por reiterar -o al menos por evocar tercamente- los estímulos, los movimientos, las respuestas y los equilibrios de un escenario con movimientos, toques y condiciones absolutamente diferentes, nos llamaba desde el fondo de nuestras conciencias y nos reclamaba respuestas frecuentemente equívocas o, por lo menos, incomprensibles por el ámbito de nuestros interlocutores y de mucho de todo lo que nos rodeaba.

Jimena siempre fue mucho mas ágil para ubicarse en las exigencias de aquella necesaria instalación plena y adecuada a los patrones relacionales y emocionales de la cultura mexicana donde comenzábamos a vivir. Ninguno de los 2 incorporamos nunca a nuestro desarrollo verbal, ni el acento ni las modulaciones que todos los mexicanos que nos rodeaban o se comunicaban con nosotros, utilizaban habitual y permanentemente. (Observamos sí, que muchos chapines o de otras nacionalidades latinoamericanas, muy pronto comenzaban a modular su habla con el dejo mexicano, incluso a incorporar dichos, expresiones, palabras y expresiones bucales semejantes a los de la población que nos rodeaba).

«Se pega el hablado» -decían algunos y, claro, se contagia, se aprende y se va haciendo hasta familiar, pero no es ni necesario ni absoluto. Por ejemplo esto le ocurrió al Chino «patán» Mazariegos,  cuando decía reiterada y orgullosamente  -menos mal sólo frente a una amiga mexicana:

-:¡»¡Yo siempre fui muy puto.Y creo que sigo siendo !»… Y lo repetía felizmente…

La amiga mexicana me preguntó al oído que si era cierto y yo le respondí con la cabeza y casi con risa que ¡Nooo!

Porque «puto en Guatemala significa mujeriego, «Don Juan», enamorado, cantiniador. Y en México simplemente quiere decir «Homosexual, o pliro, huecazo, como se dice en Guatemala.

Ahora, sí. Como girando en reversa el carrousel del tiempo, volvamos al escenario de los aconteceres de pareja revolucionaria trasplantada a un hábitat diferente e inesperado.

En el primer encuentro con las autoridades máximas de nuestra organización política, yo expuse mi entusiasmo por dedicarme a escribir en cualquier periódico que se pudiera, acerca de la situación real de nuestro país y de los proyectos revolucionarios, o al menos de cambio, que las tendencias más evolucionadas y gran parte del pueblo manteníamos firmemente frente a la situación de dictadura criminal del terrorismo de estado guatemalteco y la práctica escandalosa de la destrucción y las masacres contra nuestro pueblo.

Además les reiteré algunas necesidades que yo ya había presentado ante la dirección de nuestra organización, tales como la de contar con una persona lectora y acompañante para realizar los movimientos que fueran necesarios en la ciudad. Las respuestas del secretario general y otro miembro de la dirección que eran mis interlocutores en aquel momento fueron poco mas o menos las siguientes:
Que yo venía a vivir a México en una clandestinidad absoluta y que por lo tanto, no tenía derecho a escribir en ningún órgano periodístico público, mucho menos con mi nombre real -y que si se me autorizaba hacerlo, debía ser con un seudónimo y que los receptores del periódico, escrito o radial, no debían conocerme-… y que, respecto a un lector y acompañante ¡»Todo estaba resuelto»!… como unos 3 meses de espera y de recordatorios insistentes de mi parte, vino un muchacho medio chambón para leer y con sólo unas muy pocas horas para poder venir a la semana. Por supuesto, sin idea de que en algún momento debiera acompañarme para realizar alguna diligencia en algún otro lugar de esta inmensa ciudad.

Como cualquiera puede inferir de esta situación, mi lectura más constante -en la medida de las posibilidades del tiempo y sus compromisos y mi acompañante habitual, fue Jimena-.

A mí, mientras viví solo en Costa Rica, la organización política no me visitó ni una sola vez. Antes de poder salir de Guatemala, Jimena y yo tuvimos que «desaparecer» del movimiento colectivo de las calles y de cualquier lugar a donde se sospechara que podríamos llegar. Nos aceptaron en su casa unos amigos chilenos -los papás de Ximena Morales-  y ahí estuvimos unas 2 semanas. Luego hubo que buscar otros refugios. Fuimos a casa de Élida Barrios y Jimena luego se trasladó a casa de otra amiga cuyo nombre no recuerdo.

Nosotros tuvimos que salir de circulación a fines de marzo. Jimena había recibido 3 cartas con amenazas de muerte y con una lista de amigos y compañeros a quienes comenzaron a eliminar.

Ella acababa de volver de un viaje político a Europa; en los días en que estuve solo en casa, comenzaron a producirse llamadas telefónicas a las 5 horas con 50 minutos exactamente. Lo que se escuchaba en el auricular era una serie de efectos de sonido muy bien logrados, técnicamente correctos y perfectamente ordenados: gritos de angustia, llanto, quejidos y carcajadas de burla. Las primeras veces escuché aquel extraño mensaje trabajado como por alguien que supiera de radio, después levantaba el teléfono un minuto antes de la hora en que entraban esas llamadas y volvía a colocarlo hasta las 6 en punto. En aquellos momentos era cuando casi a diario, me llegaban llamadas de Hugo Rolando, de Víctor Hugo o de otros 2 cuates para ponerse de acuerdo conmigo quien pasaría a recogerme en la puerta del edificio El Cielito para ir a la Universidad, donde debíamos presentarnos a las 7 y media. Como que los manipuladores de las llamadas aterrorizantes, tenían buen conocimiento de las otras llamadas de los amigos.

En lugar de cartas, como le enviaron a Jimena, a mi me ponían sus llamadas sonoras puntualmente todos los días.

Y algo mas determinante fue la presencia de hombres armados con metralletas que se sentaban en la banca que junto a los ascensores en la entrada del edificio y la llegada de uno de ellos dos veces hasta la puerta de nuestro apartamento, sus toquidos fuertes y, cuando la señora que nos hacía los oficios domésticos les abrió, la pregunta por nosotros y al enterarse que no estábamos, su retirada sin ningún saludo ni recado.

En uno de aquellos días fue cuando asesinaron a Hugo Rolando Melgar, nosotros llegamos al Cielito en el carro de una amiga y luego salimos para ir a la Universidad. Desde que estuvimos sobre la octava avenida, un carro sospechoso comenzó a seguirnos, la amiga que conducía su auto ejecutó varios movimientos para constatar la persecución y tratar de librarnos de ella y, afortunadamente lo consiguió en un momento en el que varios vehículos se apretaron en una esquina y el semáforo nos permitió pasar a nosotros y les cerró la posibilidad a los que nos seguían dándoselas a los que se movían transversalmente a nuestra dirección. Nos alejamos a toda velocidad y viramos por muchos lugares, incluso regresando a puntos por donde ya habíamos circulado un momento antes y así, hasta llegar a la Universidad y asistir a la Rectoría donde se velaba ya a Hugo Rolando Melgar.

A partir de aquel momento fue ya la decisión de salir absolutamente de circulación. Les solicitamos alojamiento a varios amigos, pero todos nos lo negaron con diferentes excusas, solo los chilenos nos abrieron solidariamente las puerta de su casa.

Muy pronto les llegará el siguiente capítulo de esta narración auténtica vivida por Jimena y yo. Gracias  a todos los lectores.

Mario René Matute

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •