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Dietario de noviembre

Gerardo Guinea Diez
gguinea10@gmail.com

Noveno mes del calendario romano (novem), su piedra es el topacio y la flor, el crisantemo. Noviembre, antesala del fin de año, nos ata a una antiquísima tradición: el culto a quienes se quedaron el camino de la vida y que hoy habitan en nosotros con su voz y sus palabras. En Mesoamérica, el calendario marca dos fechas ineludibles: 1 y 2 de noviembre, días de flores, de preparar comida a los difuntos, de conversar con ellos y reinventar la biografía de la parentela. Aún recuerdo los muchos años que acompañé a mi madre a San Antonio Las Flores a visitar las tumbas de sus familiares. Ahí presencié un cuadro de múltiples lenguajes: hombres y mujeres, con sus mejores galas, dando orden y concierto a una especie de narración casi literaria sobre los vivos para hacer inteligible el caos que los agobiaba.

Además, durante varios días, miles de manos se dedican a preparar el fiambre, esa orgía de colores y sabores inclasificables, ese plato tan guatemalteco por su barroquismo. Quienes lo preparan, sin pensarlo, son capaces de falsificar la realidad para devolvernos otra más profunda, más visible: las raíces ocultas de lo que somos. Quién sabe, no lo sé. Lo único cierto es la levedad del aire, la costumbre de los barriletes, la memoria de las víctimas de nuestra inveterada violencia. Borges ya lo dijo: “No soy yo quien te engendra. Son los muertos”. De allí venimos y hacia allá vamos.

Noviembre y su nostalgia, las vacaciones de la niñez y el mundo abriéndose a nosotros. Mes emblemático, de días lentos y ejemplares, recuerdo que Camus nació un novem, así como Charles Darwin publicó El origen de las especies, cambiando para siempre aquellas viejas ideas sobre la procedencia de la humanidad. También en noviembre, cayó el Muro de Berlín y creímos que el mundo mejoraría, con tan mala suerte que todo devino en una gran estafa, para despertarnos más solos y desamparados, a la deriva de un paraíso perdido.

Tiempo difícil de verbalizar, tiempo de expectativas y con un nuevo presidente electo, tiempo guatemalteco, local y global, sin epifanías por venir; días contemplativos, vienen las palabras de Clarice Lispector: “…la desesperación de que las palabras ocupen más instantes que la mirada. Más que un instante quiero su fluencia”. Así, mirar hacia el fondo, donde el venero es lo que buscamos, incluso, cuando nos perdonamos a sí mismos con lo que sobra.

Pero ni el viento y su música nos salvan de la incertidumbre, precinto de nuestra época. El filósofo coreano alemán, citado por Roger Bartra, Byung-Chul Han afirma que nos enfrentamos a la inmanencia de lo igual y adelanta que la aldea global será una sociedad del cansancio y el aburrimiento.

Sin duda, el retroceso de los mecanismos políticos de representación, es decir, la descomposición de la política, sigue siendo el principal valladar para los cambios que la ciudadanía demanda desde abril. Mientras tanto, digamos como Dámaso Alonso, ese gran poeta de la generación del 27: “Y el hombre, entre sueños, piensa”.

Gerardo Guinea Diez
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