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Dra. Pilar López
UNAM, México

Es para mi un inmerecido honor haber sido invitada a este homenaje al escritor Gerardo Guinea Diez, y es una fortuna tener la felicidad de coincidir hoy, sobrevivientes de la pandemia, cuando todavía las letras nos permiten advertir que, en palabras del poeta homenajeado, “lo fundamental es lo inútil”.

Llegué a las letras guatemaltecas por Luis Cardoza y Aragón y me quedé en ellas por Gerardo Guinea Diez. En nuestra primera entrevista en 2012, con la generosidad que lo caracteriza, Gerardo me regaló su novela El árbol de Adán, escrita apenas unos años antes. Yo indagaba, siguiendo a los críticos, lo que significaba la literatura de la violencia que suponía, definía a la literatura centroamericana.

El árbol de Adán me golpeó profundamente. Más tarde lo haría otra de sus novelas: La mirada remota. Pero fue ese pequeño texto sobre un sobreviviente del genocidio perpetrado en Guatemala, el que provocaría en mí la visión encarnada de la recuperación de lo humano a través de su lírica luminosa y su narrativa alejada de la reafirmación de los antagonismos irreparables. Un texto que se hace universal cuando, luego de los hechos más terribles, de la escisión que provoca en el ser la violencia más extrema, aspira a que podamos reconciliarnos con nosotros mismos.

En las ya miles de páginas escritas por Gerardo Guinea se adivina esa confianza en lo humano. Obras en las que, pese a todo, se anuncia el asombro.  El provocado en el encuentro con lo cotidiano, absurdo muchas veces, que reconoce que la develación poética que nos acerca a lo que realmente somos, nos sorprende en cualquier parte, un martes o un jueves: un león que escapa del zoológico, el cruce con un salvavidas en alguna playa, el roce de la luz en el frágil mundo que poblamos, el inicio del día que adivina la tragedia:

“La mañana se espesa con una redondez geométrica que le da un toque de cosa antigua, perdurable. Una luz inaccesible gotea del grifo de una realidad inválida.” Escribe en un Leon lejos de Nueva York.

Fuera de los universos literarios que han hecho de la violencia y la descripción de esta su sustancia, la obra de Guinea sacude por su verdad: para que la ética prevalezca, el ser humano debe reconocerse artífice de su propia historia. Tremendo en contextos en los que la negación y el olvido de la historia son el pan de cada día.

En su novela La mirada remota, se nos confronta con la indiferencia cómplice hacia los que sufren. Guinea propone el enorme acto de oposición individual hacia la repetición implacable del sistema, a partir de la valentía de decir. El señalar lo ominoso es reconocerse semejante en ese juego de espejos en que autor, narrador y personaje, se identifican para mostrarnos esa sencilla responsabilidad de cada uno, la que tenemos hacia los otros y para con nosotros mismos.

Su señalamiento nos interpela. Poeta que conserva la voz guía en los momentos mas oscuros, Guinea nos devuelve al camino y lo ilumina en el momento justo en que no nos reconocemos habitantes de nuestra tierra. Convierte la palabra pronunciada en un mundo de sordos, en el umbral hacia lo esencial, sueño posible sólo si tomamos entre las manos nuestro destino y andamos hacia adentro, al revés como Adán, hacia el origen, sea este semilla o historia. Si ejercemos conscientemente esa libertad que dignifica y humaniza.

Guatemala actual fluye en los escritos que Gerardo Guinea nos ofrece. No importa si la historia narrada inicia en México, país al que reconoce como su casa también, en la frontera. Su intento por armar ese rompecabezas imposible como llama a su país, inicia siempre en la memoria de lo que se es y está por tanto sustentado en la imperiosa obligación de nombrar a los ausentes, a los que murieron en las guerras y conflictos, en reconocer su sitio en la memoria y traerlos al camino de la dignificación.

Frente a la necedad impuesta de desaparecer episodios de la historia nacional, Guinea reafirma en sus obras esa incansable búsqueda de los escritores guatemaltecos, los fundamentales, de acudir a la genealogía para entender las fisuras que abren la puerta a lo monstruoso representado en los feminicidios, la llamada a la vuelta de las dictaduras, o la imposibilidad de superar el letargo que participa en la degradación profunda de lo humano. Hacer de la palabra el germen de cambio, palabra que reafirme lo que nos hace íntegros, que nos vuelva a la búsqueda del sentido.

Pero si su obra narrativa nos señala la necesaria recuperación de lo humano, su poesía en la noche larga manifiesta la conciencia hacia la vida. Integridad que revela sus preocupaciones íntimas y universales en que confluyen memoria y poesía; que se ciñe a la raíz de la experiencia y territorio, a lo amoroso del instante casi imposible:

Buscarte es perder el alba

En minutos de verte,

tendida sobre las sábanas,

casi inmortal,

reconciliada con las cenizas,

mientras los pájaros anuncian

el martes por venir.

Mirarte es demasiado tarde

Cuando la velocidad del espejo

Es menor que la vida

Y su réplica es una sílaba

Al nombrar una eternidad

Que es ahora.

La obra de Gerardo Guinea no conoce descanso. Cuando no es un libro de poesía es una nueva novela, un ensayo periodístico, el indispensable impulso que da a la cultura y a las nuevas generaciones a través de Magna Terra. El pensamiento crítico sobre los acontecimientos de su país nutre la escasa participación de mentes lúcidas que permitan encontrar una pasión tal en el análisis que afortunadamente Guinea deja en sus entrevistas.

Su palabra no se guarda. A su obra toda parece guiarla esa voluntad ética que tiene la voz creadora pero también flamígera frente al engaño, el propio, el de todos:

Nada ocurre, ni los derrotados

perseverando el polvo,

ni la justicia afuera,

la del error que busca lo que no es,

o no fue,

no importa

porque ellos si estuvieron allí

en la pálida luz de unas nubes abajo,

antes que se echaran a descansar

y continuaran falleciendo,

ya que nada los pudo detener,

ni los refranes en la calle,

ni las puertas cerrándose,

ni el olvido hondo en su herida,

nada,

ni los gritos sin solución, ni los amigos,

ni las hijas,

ni el morirse de eso,

o por eso,

nada,

ni el tiempo sin rostro,

ni el éxito a la orilla de la cama,

ni cuando querían un mundo

que se hizo pequeño

y grande el dolor, cuando soñaban una vida

que terminó en espanto

y cuerpos que pasaban de largo,

porque así ocurrió

en esos días adentro de un dolor,

pero no fue posible,

y el pan, hecho cenizas en su boca,

es ruina y quiere ser agua,

pero tiempo después,

ahora mismo,

la mano borrará el espanto

en el libro de las negaciones.

En lo que él llama la necesidad de conformar una ética de la desesperanza en un país de negaciones por doquier señala:

Del materialismo dialéctico pasamos al materialismo histérico. Porque desde que el Muro de Berlín abrió paso al derrumbe del socialismo y conocimos los crímenes de Stalin y las locuras del milenarismo y el partido único, pensamos que vendría un mundo mejor, Sin embargo, poco nos duró el gusto. En 15 años hemos vuelto a presenciar las catástrofes de Yugoeslavia, la guerra entre hutus y tutsies, la tragedia de las Torres gemelas en Nueva York, y el absurdo de Iraq. Claro, por no hablar de la destrucción del Líbano por parte de Israel. Entonces sólo queda ponerse a escribir sobre duraznos y catástrofes, porque, en dónde ponemos tanta muerte sin misericordia, cómo expiamos tanta crueldad. Por ello, deténgase un día y vea al humilde tulipán que llueve de amarillo la realidad. O, cómo la luz de ciertos días o ciertos meses, derrama su color durazno en nosotros y ese bálsamo nos ayuda a soportar nuestras miserias y llenarnos de coraje ante tata hambre y dolor, cómo nos cobija para soportar la cólera ante el asesinato de mujeres en Guatemala.

La mirada sobre la patria que Guinea prefigura congelada, inamovible en los tiempos, nos invita sin embargo a detenernos en sus detalles más deslumbrantes para siempre enriquecer nuestra experiencia de vida. Termina así Raíz del cielo:

Honda la mano desolada por la perpetuidad de un tiempo

              hierático,

al revés,

cuello ensangrentado,

aunque, en verdad, la raíz seguirá siempre la llamada al mundo de los vivos,

los que seguimos con la paciencia estancada de habitarlo

y llenarlo de frutos.

El poema es el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre, dice Octavio Paz. Gerardo Guinea habita ese espacio en el que confluye la voluntad superior de provocar los milagros que la palabra nos guarda y nos los ofrece generoso. Poeta total de la Guatemala actual, su reconocimiento es apenas justo para su dedicación toda. Guatemala, tierra fénix inagotable, se despierta lúcida, universal, para encontrarse a si misma en esas páginas que nos recuerdan eso fundamental, lo que no pesa ni ocupa espacio, lo que nos restituye al lugar de donde hemos sido exiliados.

(Texto leído en el homenaje a Gerardo Guinea Diez, del programa Rincón Literario de la  USAC, 29 de octubre 2021)

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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