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Breve sátira contra la hipocresía, con palabras cuya inicial es la quinta letra del alfabeto.

La hipocresía es insondable. Por eso llega a constituir la única verdad que conforma a ciertos individuos. Lo cual implica que las certezas que articulan muchas de nuestras relaciones sociales son, ni más ni menos, mentiras. Esta verdad fue la que animó a Ambrose Bierce a escribir su Diccionario del diablo, definiendo las palabras incluidas en él de tal manera que la hipocresía aflorara a la superficie de las apariencias.

Por eso, cuando nuestro lexicógrafo indica que Economía es la “Compra del barril de whisky que no se necesita por el precio de la vaca que no se tiene”, está revelando el hecho de que esta disciplina es el arte de jugar con las finanzas ajenas para que lucren los especuladores (al margen de las necesidades humanas). Es obvio que Bierce se refiere a la economía como técnica manipuladora del movimiento financiero capitalista y no a la economía política, la cual estudia el funcionamiento del sistema económico que origina a aquella técnica. Esto, claro está, jamás lo aceptarán los economistas que trabajan para las corporaciones y los monopolios, quienes alegarán que nuestra razón es sectaria y hasta resentida, y que ellos son ecuánimes cuando afirman orondos que su economía es una ciencia tan exacta como la física.

Siguiendo la lógica de evidenciar la hipocresía, nuestro autor satírico indica que Educación es “Lo que revela al sabio y esconde al necio su falta de comprensión”, queriendo decir que el sabio, mientras más educado es, mejor comprende lo poco que sabe, mientras que el necio se escuda tras sus vistosos titulillos universitarios (hoy obtenibles por correo electrónico a módicos precios a plazos) para ocultar su colosal ignorancia y su honda pobreza espiritual. De esto son buen ejemplo los economistas mencionados, quienes tampoco vacilarán en tachar a este escribidor de “extremista”, en el sentido que Bierce le da a la palabra Extremo como “La posición más alejada, en ambas direcciones, de quien habla”. Para estos economistas, pues, el extremista es aquel cuyo criterio se aleja del suyo en cualquier dirección. Este concepto ególatra se transfiere al prójimo mediante un mecanismo que nuestro lexicógrafo expone cuando define Egoísta como una “Persona de mal gusto que se interesa más en sí misma que en mí”.

La hipocresía no tiene más límite que la conciencia crítica, pero ésta no abunda tanto como la mentira disfrazada de verdad. Esto se nota claramente en los funerales, cuando los peores enemigos del finado le adjudican a éste virtudes tan elogiosas como fingidas. Por eso nuestro autor no tiene empacho en afirmar que Epitafio es una “Inscripción que, en una tumba, demuestra que las virtudes adquiridas por la muerte tienen un efecto retroactivo”. Al occiso entonces se lo puede exaltar en tanto su “egoísmo extremista” ya no constituye un peligro. Y hablando de tumbas, al pie de ellas no faltan los intermediarios entre los dioses y los hombres, los cuales encajan en la definición que nuestro letrado ofrece de Evangelista como “Portador de buenas nuevas, particularmente en sentido religioso, las cuales garantizan nuestra salvación y la condenación del prójimo”.

¿De dónde brota la inacabable farsa de los hipócritas? Bierce responde a esto al asentar que el Éxito es “El único pecado imperdonable de nuestros semejantes” y que la Envidia constituye un ansia de “Emulación adaptada a la capacidad más ruin”.

Mario Roberto Morales
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