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Anahí Barrett

Una híbrida tarde de abril, lo percibí con la mirada perdida. Hacía su trabajo mecánicamente, pecando de ausente su habitual aleccionada sonrisa. Aquella que había acompañado nuestros últimos días de encuentro obligado en aquel amplio lote de cemento grisáceo. Ese espacio que de lunes a lunes acoge cómodamente a esos otros, los mezquinos seres preocupados por la estética corporal y la salud. Una salud que entienden en términos del exacto equilibrio entre carbohidratos, proteínas y grasas, y no precisamente bajo las cláusulas histórico sociales de él: tener algo que ocupe el estómago.

Sin darme cuenta, me escuche preguntando sobre algo que conocía tanto como el saberme respirando. Mis oídos testificaron nuevamente un relato genérico, pero dolorosamente personal. Me evoqué, semanas atrás, intentando explicarle a mi hijo de nueve años, que su actitud caritativa de pedirme un peso para regalarle al anciano momificado agazapado a un lado de una sucursal de City Bank está bien, pero que no resuelve la porquería de fondo que construye la escena de miseria en que vive este país.

Erick, ese guardia de seguridad, ese pseudo ciudadano con DPI, me llamó semanas después, agradeciéndome la referencia del hospital público donde podían operar de la cadera a su hija por un precio más accesible. Los ochocientos pesos que le faltaban para ajustar la factura no me resultaban posibles en mi presupuesto. Y con esa sensación de culpa, que no tendría por qué ocupar un lugar en mi conciencia- como no tendría porqué existir esa problemática estructural como móvil causal y determinante- me escuché balbuceando una posible solución. Una solución que nunca tuvo lugar.

No volví a encontrarme con Erick en aquel amplio lote de cemento grisáceo. Pero sigo escuchando, oliendo, sintiendo, palpando, advirtiendo historias dolorosamente genéricas, pero poseedoras de rostros. Esas que traslucen una realidad que está lejos de verse reflejada en la estadística circense, propia del informe del gobierno de turno en este país de mierda.

Anahí Barrett

Pipil/inglesa/guaraní de origen, guatemalteca de crianza. Intentando ser psicóloga, profesora universitaria, madre, esposa. Hoy, experimentando las mieles y las sales del proceso de encontrarse, para crecer, con añejos sentimientos no resueltos, por situaciones pasadas que hacen mi presente. Aspirante eterna a ser leída por el otro.
Anahí Barrett

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