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Son esas mujeres rubias
y su nicotina entre las uñas
que dicen buenos días a la vida
cuando gimen al pie de su cama
abstinencias por la leve huella de su carne.

Son las puertas de la noche,
boca bajos después o antes
de la colonia barata y el rouge
yerto en sus mejillas,
que se abren a la sangre furiosa
para recordarles cancioncillas
en el recinto despiadado
donde el azar es locura
y el culo de un mono.

No son esas mujeres rubias
ni los lirios viendo el mundo
las que caridad consiguen
acosadas por un tango que canta
una turba indigesta de champán.

No son ellas yéndose en camellos
en un desierto laminado de oro,
sino leonas taciturnas soñándose
cisnes en este valle de arena
para sofocar el calor de sus axilas.

Son el vino derramado
cuando embebidas añoran soledades
y encallan lentamente en un solar
con su viejo olor a menta
para recordar el nombre de sus hijos
que es un dolor peleando
-y hay que estar para verlas-
con sus dedos peinando rizos
jugando con un velero
y su río
con pasteles de cumpleaños
tan sólo para aliviar esa pena
llena de vacíos
y saciar su hambruna
con cierta hermosura
que respira en soledad.

Tomado de Cierta grey alrededor, Colección Pregón, Magnaterra editores

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