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Juan Antonio Rosado Zacarías

Corría el año 1962, época en que el poeta guatemalteco Miguel Ángel Asturias se desempeñaba como corresponsal de El Nacional, de Caracas, y como consejero de Editorial Losada en Argentina. Estalló entonces un golpe de Estado en aquel país. Era ya larga la trayectoria del poeta como escritor, periodista y diplomático. Había publicado obras clave de la literatura hispanoamericana. No obstante, fue detenido y humillado por autoridades argentinas. El Vocero de su Tribu llevaba tras de sí un impresionante camino como autor vinculado a las causas sociales. El escritor Ernesto Sabato, en una carta abierta, expresó:

Diré simplemente que cuando el nombre del general que por el momento ocupa algún espacio en los diarios haya caído en el detallado olvido que se merece, el nombre de Asturias seguirá pronunciándose en nuestros idiomas, del mismo modo que seguimos leyendo a Dante e ignoramos quién fue el encargado de su exilio.

No es exagerada la comparación de Asturias con Dante Alighieri. Sus hallazgos poéticos también permiten la comparación con figuras de la talla de Cervantes, Shakespeare, Góngora, Quevedo o Sor Juana. Me parece que cada uno, en su momento y lugar, llegó a la cima literaria y accedió a la universalidad. Pero Asturias sigue siendo un gran desconocido. Los textos que más tinta han hecho correr, los más leídos del poeta son Leyendas de Guatemala, El Señor Presidente y Hombres de maíz. Yo mismo publiqué el libro El Presidente y el Caudillo, que lleva dos ediciones, donde se analiza la génesis y el trasfondo de El Señor Presidente. Por lo tanto, en esta conferencia no me detendré mucho en dicha novela, o más bien, poema en prosa, como todas las novelas de Asturias. Lo dejaré descansar. Tampoco me detendré en las otras narraciones mencionadas, sino en acaso su último testamento literario o, mejor aún, manifiesto poético. De esta obra de arte poco se ha escrito y reflexionado, sin contar los textos incluidos en la edición crítica de 1977.

Aunque parezca muy categórica, lanzaré la siguiente saeta: si el poema titulado «Es el caso de hablar», contenido en Sien de alondra, es el primer manifiesto moral de Miguel Ángel Asturias, Tres de cuatro soles (1971) es su último y más completo y complejo manifiesto poético. Tomemos la palabra poiesis en su sentido de crear y percibamos la manera en que esta obra alude a la creación y destrucción, al sacrificio y renacimiento, al sueño y la vigilia, a la realización y desrealización. Yo no afirmaría lo mismo de El árbol de la cruz, aunque sea obra posterior. Allí se tocan temas que van de la dictadura a lo metafísico, siempre con la antítesis como figura reinante, pero no se trata de un manifiesto, sino de una narración en prosa poética; en cambio, Tres de cuatro soles es un auténtico poema en prosa.Me concentraré en este texto no sólo por ser un flujo pleno de refrescantes hallazgos verbales, experiencias sensoriales y exquisitez formal, sino porque tras las cadenas, o mejor dicho, tras las extensas y cálidas cascadas de imágenes y microrrelatos, subyace, por un lado, el terremoto de 1917, que marcó la vida guatemalteca y ayudó al derrocamiento del dictador Manuel Estrada Cabrera, y por otro, el restablecimiento, ya explícito, de la cercana relación que Asturias tuvo con México y su cultura ancestral. Antes de detenerme en Tres de cuatro soles como manifiesto poético, repasaré los dos últimos puntos: el sismo y la relación con México.

En 1916, Estrada Cabrera fue reelecto presidente por cuarta vez. Sin embargo, a finales del 17 y principios del 18 ocurrieron los terremotos y todo se militarizó: Cabrera intimidó más a la población y acentuó sus medidas tiránicas: se multiplicó la gente en los campamentos de refugiados, gente hambrienta que perdió sus hogares. El supuesto protector de la juventud estudiosa no quiso amenazas contra su gobierno.

Cabrakán, dios maya de los terremotos, hace de las suyas el 25 de diciembre de 1917. La ciudad fue arrasada. Entre las construcciones que desaparecieron destaca El Portal del Señor con todo y mendigos, que se transformará en el escenario inicial de El Señor Presidente. Pero al final de esta obra ya no hay Portal del Señor. Don Benjamín enloquece o aparenta locura y un gendarme desea llevárselo, mas la esposa le grita que no lo haga porque está loco y ha visto la ciudad tumbada por tierra, como el Portal. Benjamín predice el terremoto. El terremoto se respira también en Mulata de tal, en El Alhajadito, en Clarivigilia primaveral, y es el pretexto de Tres de cuatro soles. El movimiento telúrico simboliza caos, desequilibrio, ruptura del orden o de la armonía; la interrupción del entendimiento entre las cosas. En Asturias, sin excepción, hay un sustento real y otro mítico. Ambos, inseparables, se entremezclan y confunden para formar una sola sustancia de sueño y vigilia, realidad y ficción, verdad y mentira.

Desde el título, en Tres de cuatro soles resulta clara la presencia de la cultura mexica. Hasta donde sé, la relación de Asturias con México empieza en septiembre de 1921, antes incluso de profundizar en el mundo maya de su país, lo que hará en Francia con su profesor Georges Raynaud de la Sorbona. En 1921, Asturias representó a los alumnos de la Universidad de San Carlos en el Primer Congreso Internacional de Estudiantes, convocado en México por José Vasconcelos, rector de la Universidad. El joven Asturias afirma: «Yo tenía apenas veintidós años y recibí una gran lección de latinoamericanismo. Es una causa a la que consagré y consagraré siempre mis energías». Basta considerar libros como América, fábula de fábulas o Latinoamérica y otros ensayos para corroborar lo anterior. En México conoció al gallego Ramón del Valle-Inclán y al mismo Vasconcelos, dos influjos significativos. Años después, en los más de 400 artículos que desde París enviaría a El imparcial de Guatemala, Asturias observa la necesidad de retornar a las tradiciones propias; demuestra un apasionado odio contra el explotador estadounidense y contra los gobiernos títeres de su país; defiende la educación y alienta la Universidad Popular; exalta la figura de Vasconcelos y el ejemplo de México en materia educativa; propugna por el cultivo de la tierra. En fin… Estos textos, recopilados en el libro París 1924-1933, contienen la génesis, las semillas de todos los temas que desarrollará a lo largo de su vasta carrera.

En los años 40, fue agregado cultural en México. Cuenta su hijo Miguel Ángel Asturias Amado que su padre forjó en México «una amistad con Alfonso Reyes y Carlos Pellicer; se hizo amigo y admirador de Juan Rulfo, y conversó con Diego Rivera y Frida Kahlo. En su exilio, México lo acercaba a Guatemala. No era solo un país que le gustaba y donde tenía amigos: era un país que lo vitalizaba». En el México de 1946 publica El Señor Presidente, en edición privada de Costa-Amic, después de que Fondo de Cultura Económica lo rechazara. Lo relevante es que tal vez uno de los primeros reseñistas de esta novela, si no es que el primero, fue José Vasconcelos, quien en el mismo 46, dos años antes de que Gonzalo Losada edite la obra en Argentina, publica una reseña sobre El Señor Presidente, titulada «Novela guatemalteca», donde la compara con La sombra del Caudillo, de Martín Luis Guzmán. En 1947, el presidente Arévalo lo convence de ir a la Argentina como ministro consejero. Allí publica la segunda edición de El Señor Presidente, y en el 49, Hombres de maíz.Lee El imperio del banano, de Kepner y Soothill, investigación sobre el imperialismo económico que lo inspirará para denunciar esta situación a través de la llamada Trilogía bananera.

En 1956, desde Buenos Aires, Asturias prologa el libro La conjura de Xinum, del yucateco Ermilo Abreu Gómez. Allí sostiene que esta fábula guerrera no se escribió «para deleite de atontados por los elíxires de las letras, sino como testimonio, bajo el cielo y sobre la tierra, de lo que sucedió en Yucatán, que fue lo que sucedió también en mi Guatemala». Evoca la preocupación socio-política por la tierra, y luego, en el cuento «Juan Girador», alude al calendario azteca: «pasaron los días como conejillos». Pero será en Tres de cuatro soles donde, ya de modo explícito, Asturias acuda a la mitología azteca, sin olvidar la maya (en particular el Popol-Vuh, que recorre toda su obra)ni, por supuesto, el tema socio-político, aunado al perpetuo sincretismo cultural con Occidente.

Este inmenso poema en prosa se fundamenta en el mito azteca de los cuatro soles. Según los mexicas, nuestro mundo fue precedido por cuatro soles. Cada uno finalizó con un cataclismo. El primero es el «Sol del tigre»; el segundo, el «Sol de viento»; el tercero, el «Sol de lluvia», también llamado «Sol de fuego», pues una lluvia de fuego lo destruyó; el cuarto, el «Sol de agua». A veces, según la crónica o el mito, el orden cambia. Asturias respeta el orden mencionado. Nuestro mundo actual es el «Sol de movimiento»: 4-ollin —presente en Piedra de sol, de Octavio Paz— se relaciona con el movimiento sísmico, y Asturias incluye dicho tema en el primero y en el tercer sol.

En «Sol de viento», leemos que el mundo desapareció por no ser ciertas las cosas ni los hombres; el sol de viento lo deshizo todo menos la noche. Hay aquí un guiño al surrealismo, escuela que tanto influyó en el poeta: «lo único verdadero y real es el sueño… sentirse uno sueño de su propio sueño… y más lejos todavía… sueño del sueño de su propio sueño… y todavía más lejos… sueño del sueño del sueño de su propio sueño…». A diferencia de posturas idealistas como el platonismo, el cristianismo o el Vedanta hindú, para las que la vida verdadera es la otra vida y la que vivimos no es sino un simple sueño, en esta parte de Tres de cuatro soles ocurre lo contrario: el sueño es lo verdadero.

Su inicio me recuerda un poco —toda proporción guardada— al extraordinario poema nihilista del nicaragüense Joaquín Pasos, titulado Canto de guerra de las cosas, donde los elementos materiales, animados, entran en pugna, pero por otras razones. En su mencionado «prólogo» de 1956 a La conjura de Xinum, de Abreu Gómez, Asturias sostiene que «la tragedia del hombre materializado hasta los huesos no nace de no creer en dios o en los dioses, sino de algo más terrible y definitivo, nace de que Dios o los dioses ya no creen en él», y mucho tiempo después, en Tres de cuatro soles,el autor insiste en la idea de incomunicabilidad:«Se desentendieron todas las cosas y tan bien que se entendían. Las sillas contra las sillas, los cuchillos contra los cuchillos, los tenedores contra los tenedores, las cucharas contra las cucharas…». El animismo de los objetos tangibles se encuentra en ambas creaciones —la de Pasos y la de Asturias—, pero en el libro de este último se trata de una evocación del terremoto. Todo el capítulo primero es de una velocidad increíble, y a la vez —pese a que hay gente que corre— se siente teñido de impersonalidad. Tal desentedimiento de las cosas nos parece hoy algo tan actual en la especie de cataclismo que vive la humanidad, ya casi fuera del tiempo, como también se advierte en Tres de cuaro soles. Cabrakán, gigante de la tierra, sismo personificado, el que está siempre de pie, también podría ser huracán, pero al fin y al cabo, como sostiene Asturias, «vivir es devolver el misterio de la vida», y la literatura —una forma de vivir— es a menudo reencontrar ese misterio y enfrentarse a él.

Y así, de repente, aparece un «yo» como desdoblado, como visto desde fuera: «ese era yo. Volvía en sí, pero de dónde volvía y por qué volvía en sí y no volvía en NO… si volvía en sí, volvía también en no, afirmación y negación de mi SINO… Si volvía en no, volvía a mi no-ser, mi inconciencia… Y a ambos regresaba». He aquí un portentoso juego semántico y formal entre el pronombre «sí» y el adverbio afirmativo «sí», ambos tónicos, así como entre la conjunción condicional átona «si» más el adverbio «no» y el sustantivo «sino», que significa «destino». ¿Pero quién es ese yo? ¿Quién habla? Habla el creador, el poeta, el que inventa las cosas mediante la Palabra, el idioma de reflejos, la copia de lo visible y lo invisible con espejos: el día y la noche.

Del sismo, del movimiento, se nos conduce a la lengua, a las palabras: «copiar es decir. Decir es reflejar». Allí conocemos la importancia de nombrar e imaginar: «Mientras me sea posible imaginar, hacer imagen todo lo que el mundo posee y copiar con mi espejo negro lo que veo en mis sueños, hablaré con imágenes. ¿Cuál entonces mi creación? Ninguna. Nada agrego al universo si me valgo del espejo de doble faz. Copiar no es crear». Un antiguo compañero de la Facultad de Filosofía y Letras, Saúl Hurtado Heras, en su libro ¿Cuál entonces mi creación?, afirma que Tres de cuatro soles es el manifiesto poético de Asturias. Coincido con este juicio. El personaje-narrador-pintor vuelve a sus figurillas de barro, no con un diccionario, sino con un figurario, y más aún, con un figubulario. Y de la imagen se nos conduce al símbolo en esta escritura plena de libertad y de un mestizaje cultural por el que propugnaron los grandes intelectuales indigenistas, desde Antonio Médiz Bolio y Andrés Henestrosa hasta Miguel Ángel Asturias, pasando por Jorge Icaza, Ciro Alegría, Rosario Castellanos y José María Arguedas.

Allí conocemos la importancia de nombrar e imaginar: «Mientras me sea posible imaginar, hacer imagen todo lo que el mundo posee y copiar con mi espejo negro lo que veo en mis sueños, hablaré con imágenes. ¿Cuál entonces mi creación? Ninguna. Nada agrego al universo si me valgo del espejo de doble faz. Copiar no es crear».

Pero volvamos al Primer Sol, donde aparece un ave acuática con cabeza de espejo, tomada de una crónica: el ave con cabeza de espejo irrumpe durante el reinado de Moctezuma, lo que se consideró séptimo presagio de la llegada de los españoles, un augurio negativo. Al final del Primer Sol, sabemos que el astro en llamas pone fin a sus edades y en su lugar va el sol de viento en el carro del tiempo.

Tres de cuatro soles va mucho más lejos que Clarivigilia primaveral y es un verdadero manifiesto poético. Recordemos el siguiente pasaje: «Creador de cosas vivas eso soy. Mi creador y mi creatura. En mis alcantarillados renales, en mi corazón pulmonoso, en mis pulmones corazonados, en mi cabeza estomacal, en mi vientre, cerebro de tripas, transformo las substancias muertas en alimentos vivos y recreo nuevas substancias. No tengo pies ni cabeza. Soy todo pies o todo cabeza. Mis brazos empiezan en mis orejas. Oigo con los brazos. Miro con los labios. Beso con los ojos. Y hablo con mi mejilla, mi mejilla húmeda y honda, tatuada con la marca de los dedos entreabiertos en abanico, el idioma cósmico del cero». Y más adelante: «lo que salvé de mi casa, destruida por el terremoto, fue mi sabiduría poética». Retorna así el terremoto, enlazado con el inicio, con la batalla de la casa, cuando en el comedor, cuchillos, tenedores y otros utensilios estaban en guerra de exterminio. Ahora se presentan vinagres, salsas negras y picantes coloridos en son de guerra.

Del gran poema, tejido con sinestesias y metáforas inauditas, colmado de antítesis, aliteraciones, juegos fonéticos y las llamadas falsas etimologías, causa sorpresa la imagen de lo «lejos cercano» y del «cerca lejano». En El ábol de la cruz se llevará la antítesis a su máxima expresión. Y desde la idea manifiesta en Tres de cuatro soles, el creador es quien enseña a mentir. «La metáfora es una cobardía. El que la usa aleja tanto su mentira, en la comparación y el fingimiento, que miente impunemente». En las conversaciones con Luis López Álvarez, Asturias afirmó que la prosa siempre está por debajo de la poesía, y también que la poesía es «el arte de endiosar las cosas». Dicha concepción se respira en Tres de cuatro soles. Vivimos en un universo de apariencias. El capítulo VI, reflexión sobre el acto creativo, abarca la función autorreferencial. El texto habla, critica, indaga, discurre sobre sí mismo.

Sin mencionar la palabra luna, al final del capítulo IX el poeta canta: «Sol que abandonó el gobierno del cielo a la compañera de sus noches, su mujer redonda, aquella que al sentirse abandonada gritó a los astros: «Soy sola…». Y ellos entendieron lo que quería decirles. Sola, por su inmensa soledad de viuda blanca y porque, como esposa del Sol, Sola quería llamarse. Y la llamaron Sola».

Creación y destrucción, nacimiento y sacrificio se expresan de decenas de formas. Sobre la creación, leemos en el Segundo Sol: «… mil millones de coitos por segundo, en busca de la matriz en que debe depositar las esporas de su esperma, para dar nacimiento a nuevos mares». Y en «Sol de lluvia», «el sol de fuego sustituye a los varones. Sus rayos penetran en los sexos oscuros […] Preñadas. Muchas mujeres preñadas. El tercer sol, el fornicador». Pero las mujeres no dan hijos, sino flores, mariposas, jades… Todo esto se relaciona, claro, con la fertilidad, pero en el capítulo X del Tercer Sol se aludirá a lluvias-incendios porque el «sol de lluvia» es también el «sol de fuego».

Este Tercer Sol se inicia de nuevo con un terremoto. Las resonancias del comienzo son psicoanalíticas (recordemos que Asturias fue influido por el surrealismo, escuela que califica de «freudiana»): «La basura del alma, los sueños, se resisten a la escoba, no se dejan barrer y a la hora de las contiendas hogareñas batallan a muerte, convertidos en obsesiones, odios, envidias, rivalidades, antesalas del suicidio, del asesinato, del propósito negro de cobrar ofensas. Los sueños son los cobradores».

Psicoanálisis, surrealismo, mitologías azteca y maya, realismo, tradición occidental y prehispánica… En esta obra, un universo en sí mismo, el poeta recrea con libertad y originalidad el mito mexica, y el cuarto sol corresponde al quinto del mito (el Sol Movimiento), aunque el texto también empieza con este sol. Hay un intenso dinamismo ya materializado en Leyendas de Guatemala. Recuedo la «Leyenda del volcán». Cito los siguientes pasajes: «Huían los coyotes, desnudando los dientes al rozarse unos con otros, ¡qué largo escalofrío!», y también: «Huían los camaleones cambiando de colores por el miedo». El verbo de movimiento «huir» es acompañado por los gerundios «desnudando» y «cambiando» para denotar simultaneidad, lo que otorga movimiento a las imágenes, no exentas de humor. Acaso en tal dinamismo, al que Asturias nunca renuncia, influyó Les Chants de Maldoror, de Isidore Ducasse, «Conde de Lautréamont», que tanta injerencia tuvo en el surrealismo. Hay entonces un fuerte vínculo entre Leyendas de Guatemala, «Cuculcán», donde también se menciona el terremoto, Clarivigilia primaveral y Tres de cuatro soles, cantos impregnados de elementos oníricos. Me imagino a Miguel Ángel Asturias como uno de los poetas reunidos en la Casa del Canto, que en Tres de cuatro soles se asocia al sol.

El papel de los elementos en la poética de este autor es quizá tarea pendiente de la crítica. Casi toda su obra está marcada por la tierra, y Tres de cuatro soles no es la excepción. La obra de Asturias es telúrica con toques surrealistas, pero también de política, sociedad y humor, incluso en sus escritos con mayor sabor mítico o indigenista. En el Segundo Sol hay humor: «Por demolición inmediata se venden los materiales de este cielo construido como un horno», y más abajo: «el huracán, el ciclón, el tifón. Esta familia de inflamables usaba y abusaba del fósforo. Se les reglamentó. Nada de prender fósforos en la oscuridad. La cabecita de un fósforo encendido podía ser el comienzo del sol».

Psicoanálisis, surrealismo, mitologías azteca y maya, realismo, tradición occidental y prehispánica… En esta obra, un universo en sí mismo, el poeta recrea con libertad y originalidad el mito mexica, y el cuarto sol corresponde al quinto del mito (el Sol Movimiento), aunque el texto también empieza con este sol.

Con sus Leyendas de Guatemala, publicadas en 1930, junto con La vorágine,del colombiano José Eustasio Rivera, de 1924, se inicia para mí el barroquismo en nuestras letras del siglo XX. Se trata de una tendencia estilística acumulativa que teorizará Severo Sarduy, y que Alejo Carpentier y José Lezama Lima en Cuba llevarán a otros niveles, pero Asturias, uno de sus iniciadores modernos, también le puso punto final. De todo lo que he leído de la tradición literaria hispánica, Asturias es uno de los que más demuestra una impresionante capacidad de experiencia sensorial. Es más, tal vez sea quien mayormente haya explorado y explotado dicha experiencia en la obra de arte literaria.

En su reseña de 1931 sobre Las lanzas coloradas, de su amigo Arturo Úslar-Pietri, Asturias se refería a lo «americano universal» en contraposición con los imitadores de lo europeo y con lo americano local. Los escritores que he mencionado (y muchos más) pertenecen a lo americano universal, y lo es, sin duda, Tres de cuatro soles, poema que, por su extensión, profundidad y complejidad, es comparable con obras maestras de este continente, como el Primero sueño, de Sor Juana; Muerte sin fin, de José Gorostiza; Canto de guerra de las cosas, de Joaquín Pasos; Catedral salvaje, de César Dávila Andrade; Palabras escritas en la arena por un inocente, de Gastón Baquero; Canto general, de Pablo Neruda; Piedra de sol, de Octavio Paz o la misma Clarivigilia primaveral, de Asturias.

Si poetas como el mexicano José Gorostiza estuvieron influidos por el Primero sueño; si en la España de aquella época (años 20 y 30 del siglo pasado) se reivindicó la figura de Góngora, y en México, la de la Décima Musa, Asturias, Carpentier, Lezama y otros hispanoamericanos retomarán el barroco y, con los sincretismos culturales y religiosos (tanto negros como indígenas), lo llevarán a inauditos niveles expresivos. Sólo leamos cómo concluye Asturias su citado «Prólogo» a la Conjura de Xinum; notemos el sincretismo: «¡Padre nuestro que no estás en un lecho de rosas, santificadas sean las plantas de tus pies y hágase, señor, tu voluntad de lava!». El lecho de rosas apela a la conquista de México; la lava, a la destrucción… Otra vez el ubicuo terremoto. Tiempo después, Tres de cuatro soles será un manifiesto —no exclusivo del mestizaje cultural (toda la obra de Asturias lo es); tampoco moral, como el poema «Es el caso de hablar», sino un manifiesto poético; una reflexión sobre la muerte y la vida, la creación y destrucción en un continuo dialéctico y autorreferencial; una indagación sobre la realización y la desrealización a través de la palabra, en la palabra, en la materia, en el espíritu, que es al fin la palabra, porque, como lo sabemos desde el himno a Ptah de los antiguos egipcios, pasando por el Rig Veda hindú, hasta llegar al célebre texto deSan Juan, en un principio fue y siempre ha sido el Verbo, la Palabra.

Muchas gracias.

Texto leído el 24 de octubre en la conferencia / celebración de los 121 años de Miguel Ángel Asturias.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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