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Eduardo Villagrán

Una interpretación de la mecánica cuántica dice que el Universo es probabilístico. Las partículas que lo componen tienen infinitas probabilidades de estar en determinada posición o tener tal o cual momento, en un instante dado. Lo que el observador percibe es el estado más probable de esta potencial infinidad.

Esta naturaleza probabilística se da a nivel infinitesimal, al nivel de las partículas que conforman la realidad observable, tales como los fotones, los electrones y protones, que al interactuar crean átomos, moléculas, elementos químicos, objetos. Al tamaño que puede ser observado por nuestros sentidos, sin embargo, nosotros percibimos una realidad sólida, determinística, clásica, la cual nos sirve sin ningún problema para vivir nuestras vidas macroscópicas de todos los días. Rara vez nos detenemos a pensar en la posibilidad de que tal vez sólo estemos viviendo una de las infinitas manifestaciones de todo lo que existe.

Algo análogo ocurre con las palabras. Cada una de ellas es un símbolo, con referentes que le dan significado. Estos referentes varían de persona a persona y hasta en una misma persona, de momento a momento. Cuando pienso en una hoja a veces mi referente es aquella hoja de fresa, la primera con la que asocio la palabra gracias al fresal que había en el patio de mi colegio, mientras que a veces mi referente es una hoja de palmera, de las que veo todos los días. Para cada palabra hay tantos referentes como seres humanos y quizás esto multiplicado por las ocasiones en las que la utilizamos.

Sin importar cuántos referentes tenga una palabra ni cuáles sean, todas las palabras tienen un significado y éste tiende a ser el mismo en el caso de diferentes personas; es la magia que hace posible la comunicación. Aunque el significado puede variar aun en una misma palabra, de forma automática asumimos el significado más probable, según el contexto. Si recibimos un mensaje de texto con la palabra Mula, asumimos que a los ojos de alguien algún error cometimos, no que la persona está alabando nuestra fortaleza y nuestra capacidad de trabajo.

Para cada palabra hay tantos referentes como seres humanos y quizás esto multiplicado por las ocasiones en las que la utilizamos.

En general y a través del mundo, de los medios de comunicación, de los libros y de las redes sociales, asumimos siempre, para una palabra, el significado más probable, tal y como en la mecánica cuántica observamos el estado más probable de una partícula. Existen otros significados, otras interpretaciones, otros estados, pero nuestras mentes están entrenadas a percibir lo más probable de esta potencial infinitud. Por supuesto que algunas personas siempre le buscan tres pies al gato y rebuscan significados ocultos, pero la comunicación es posible gracias a la aceptación del más probable de los significados

Estirando la analogía un poco más, al combinar las palabras en frases y oraciones es como si estuviéramos combinando partículas para formar átomos y moléculas y de aquí en adelante la analogía se viene abajo porque, a diferencia de los sistemas físicos, en los sistemas verbales el significado depende del orden y composición de las palabras, de la sintaxis. Dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno siempre dan agua, pero el orden y la puntuación de una frase pueden alterar su significado; «cambio, luego existo» es lo opuesto de «existo, luego cambio», aunque al final vengan siendo la misma cosa.

La situación se complica más todavía al formar párrafos, páginas, textos, libros. Los significados interactúan como si se tratara de materiales radiactivos, para seguir con la analogía; algunas combinaciones son explosivas, otras inertes y otras insulsas. Aunque mucho más escondido, sin embargo, un texto sigue teniendo un significado «más probable», el cual a veces no es obvio porque al texto le hace falta contexto.

En los albores de la escritura y la lectura, las personas vivían en contextos familiares o cercanos; en el mismo pueblo, en la misma ciudad. Compartían, además del idioma, la cultura en el sentido local de costumbres, creencias, gustos, disgustos y aspiraciones. El texto De unico vocatios modo de fray Bartolomé de las Casas, por ejemplo, cuestionaba la evangelización de los indígenas por la fuerza y proponía en cambio la evangelización pacífica; de las Casas era conocido en la Real Audiencia de Guatemala por sus críticas contra las prácticas de los soldados y encomenderos, así que no cabía la menor duda en cuanto al significado de su texto. Hay trillones de ejemplos, pero lo importante es enfatizar el sentido del significado más probable.

Aunque mucho más escondido, sin embargo, un texto sigue teniendo un significado «más probable», el cual a veces no es obvio porque al texto le hace falta contexto.

No es que sea el único. El mismo de las Casas tuvo que ir a explicar, a vender su propuesta a la corte de Felipe II. Interpretaciones puede haber muchas, pero dentro de un contexto específico siempre existe una más probable.

Conforme la especie humana creció, se expandió, se diversificó y se fueron creando más núcleos poblados, los contextos se fueron diluyendo. Lo que se escribía en París se leía en Massachusetts y lo que se escribía en Fort-de-France se leía en Dakar. Aun así, la cercanía intelectual y de propósitos contribuía a que el significado más probable de los textos siguiera siendo de utilidad en el progreso de la literatura, los derechos y las demás áreas del devenir humano. El contexto intelectual reemplazó, en esas y muchas otras instancias, al contexto físico social cultural.

Existen muchos otros tipos de contexto; el religioso, el político, el filosófico, el financiero. Todos estos le dan el significado más probable a un texto que caiga dentro de sus parámetros intelectuales y emocionales. Se trata de contextos relativos, pues son útiles en la medida que la persona participe en estos diferentes universos de significado. Leer el Q’ran no es lo mismo para un musulmán que para un cristiano ni leer el Wall Street Journal para un banquero que para un literato.

Al haber libertad de expresión y difusión, un texto puede caer en manos de cualquiera, incluyendo personas que estén fuera del universo de significado que lo caracterice. Todo el mundo puede leer un texto de economía, filosofía, política y hasta física. No lo va a entender de la misma manera que los iniciados, pero algo sacará en claro; o quizá llegue a decir que no entendió nada, subrayando así el problema de texto y contexto.

 Para textos sin una audiencia específica, sin un universo de significado particular, el significado puede depender de las escalas de valores, emociones, intelectualidad, estética, actitud ética. Sentiremos que el texto aboga por lo cooperativo y sus simbolizaciones, o bien por lo egoísta pernicioso y sus simbolizaciones; estaremos de acuerdo o no con los métodos propuestos; nos dará placer intelectual o estético, o no. Vamos a experimentar acuerdo o rechazo según coincida con nuestras preconcepciones y gustos; quizás hasta nos haga modificar algunos, subirnos de nivel de juicio.

Las partículas elementales, los átomos, las moléculas, el Universo existen libres de cualquier intención. Dice Niels Bohr «cuando estudiamos los fenómenos naturales, no pretendemos entender su naturaleza íntima, sino que nos conformamos con encontrar relaciones entre diferentes aspectos de nuestra propia experiencia». Cuando combino esto con esto sale esto otro; cuando hago chocar tales partículas a velocidades cercanas a la de la luz se dan tales interacciones; cuando separo dos fotones emitidos conjuntamente y cambio la polaridad de uno de ellos, cambia la polaridad del otro en el mismo instante, a pesar de la distancia (comprobada hasta 30 kilómetros). No sabemos, ni nos metemos a indagar por qué, pero así es.

Algo análogo sucede con los textos. Nunca sabremos las «verdaderas intenciones» de una autora al escribirlo: son producto de la totalidad de su experiencia. Dice Ronald D. Laing «Yo no puedo experimentar tu experiencia. Tú no puedes experimentar mi experiencia. Los dos somos hombres invisibles. Todas las personas son invisibles las unas a las otras… [Sin embargo] no puedo evitar tratar de entender tu experiencia porque aunque no experimento tu experiencia, la cual es invisible para mí (y no tocable, audible, olfateable o gustable), no obstante yo te percibo a ti como experienciando. De aquí, de esto último, viene la curiosidad por entender las verdaderas intenciones de una autora, las cuales no son conocibles quizá ni hasta por ella misma. No lo sabemos y al igual que en la mecánica cuántica tampoco importa.

Podemos tratar de adivinar. Joyce escribió Finnegan’s Wake con la intención de crear un acertijo literario para sus colegas contemporáneos y los escritores de generaciones futuras, una gigantesca broma novelística, más que nada para su propia diversión. La intención de David Lynch al escribir el guion de Mulholland Drive fue contar la dolorosa historia de la pérdida de un amor lesbiano. La intención de Bartolomé de las Casas al escribir De unico vocatio modo era sustituir la evangelización a la fuerza por la evangelización pacífica y en algunos casos lo logró. La intención de Martín Lutero cuando escribió Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum  era protestar contra el sistema de indulgencias y lo que hizo fue reformar, de manera profunda e irreversible, la religión cristiana.

Al igual que en la mecánica cuántica, importan los resultados; lo que un texto nos hace pensar, sentir, como nos hace actuar, sus interacciones con el mundo que existe fuera de la mente de la autora. Esto pone aún más énfasis en sus intencionalidades, aunque sean secretas. Ella no puede asumir que el lector va a adivinar cuáles eran sus intenciones: el lector nada más va a responder al texto desde su propia experiencia. Quizá por este entendimiento es que los físicos escriben con impecable claridad, sin descartar la posibilidad de que la intención de la autora sea, en algunos casos, confundir, marear, desestabilizar.

Otro paralelo entre el arte de escribir y la mecánica cuántica es la acción a distancia. Arriba se ejemplificó el fenómeno conocido como «no localidad». Esto ocurre también en el universo de las letras y se le conoce como inspiración, mano invisible, un «no sé de dónde me vino». Tampoco se trata de mistificar. Algunas ideas nacieron antes de que nos diéramos cuenta y ya vienen asociadas con otras reflexiones y hasta con otros fenómenos, que al momento de escribir aparecen como coincidencias fortuitas. Estaba trabajando en una de mis próximas novelas, titulada Dos corazones y me tocaba un capítulo relacionado con la ceremonia adivinatoria del tz’ite, una práctica q’eqchi’ que utiliza frijoles rojos. Al mediodía salí a caminar, buscando inspiración y a la orilla del camino encontré un buen puñado de frijoles color rojo encendido, que me eché entre la bolsa; nunca antes había encontrado algo así ni lo he vuelto a encontrar. Podría contar varias anécdotas más, pero el punto es que una autora no por fuerza trabaja sola, que factores externos pueden estar influyendo en su trabajo.

Los posibles significados de un texto pueden ser infinitos, pero siempre hay uno más probable, la mayoría de veces dentro de un contexto. El significado es algo que no se puede soslayar porque siempre estará allí, del otro lado de la pantalla. Tenemos la opción de asumirlo o ignorarlo, pero debemos saber que los textos, al igual que las partículas, interactúan con el mundo externo, ya sea por acción o por omisión. Podemos escribir lo que queramos, sabiendo que pueden tener efectos inimaginables como las 95 Tesis de Lutero; en física se habla de la «sensibilidad de dependencia en las condiciones iniciales», según la cual un pequeño cambio introducido en un sistema puede tener amplias repercusiones en su estado final.

Podemos ignorar nuestra capacidad de crear significado, pero esto debe ser consecuente con nuestras expectativas del mundo externo, sobre el cual los textos actúan. La cita de Laing, «No puedo evitar tratar de entender tu experiencia porque aunque no experimento tu experiencia, la cual es invisible para mí, sin embargo yo te percibo a ti como experienciando» es clave para la fenomenología social: explica nuestro interés por los demás y nos hace ver que nuestras acciones u omisiones tendrán a la larga resultados, sean grandes o infinitesimales, en el conjunto social.

Nuestra intencionalidad es incognoscible para los demás y hasta para nosotros mismos, pero los efectos de nuestro trabajo no lo son. Estos efectos pueden ser estéticos, nihilistas, escapistas, optimistas o de cualquier otro tipo; nuestra consciencia de ellos hará nuestro trabajo más categórico. Un escritor es un vector más en un espacio de infinitas probabilidades.

No se trata de ser escritores comprometidos porque comprometidos ya estamos, por acción o por omisión, afrontando o escapando. No hay recetas, pero en la mecánica cuántica también se habla de coherencia, como cuando la frecuencia y forma de las ondas es idéntica y su diferencia de fases constante. Saltándonos ahora a la Relatividad, Einstein definió locura como seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes. Al no asumir el significado más probable de nuestros textos e ignorar sus efectos en el mundo exterior, pero a la vez quejarnos del estado de cosas, estaríamos siendo incoherentes.

Nuestra intencionalidad es incognoscible para los demás y hasta para nosotros mismos, pero los efectos de nuestro trabajo no lo son.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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