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Luis Enrique Castellanos

Hablar de Antigua es hablar del pasado tangible en múltiples formas. Por donde quiera se palpa y ve. Si uno se arrima a la arrechura, puede sentirlo, olfatearlo, recrearlo y volverlo a vivir. Con un poco de esfuerzo, muchas ganas y ligeros artificios, se logra traspasar la barrera de los años calendáricos en línea y habituarse en la sustancia de otros tiempos. Sentir la vida con un respiro en la profundidad del espacio histórico, con sus vericuetos, pasajes, rincones y sobre todo con el placer de vivenciar las historias sin tiempo. Las historias que surgieron en un momento preciso a la vida, pero que se quedaron para siempre a vivir en el recuerdo de quienes las hicieron; o, de quienes la escucharon oído al viento; o, de quienes la leyeron de alguna manera, en los ojos de los otros.

Antigua fue, en un tiempo, la ciudad de los rincones tertulianos. Eran noches de amigos, de rondas bajo el farol de la esquina. Noches estrelladas, noches oscuramente apretadas, noches tibias y cálidas vestidas de abril. Noches frías con ventoleras de fin de año. Noches lluviosas y tormentosas de medio año. Noches de todo, para todos y para el que quisiera encontrarse perdido en sus calles imperdibles.

Corrían los años del instituto normal, libros por aquí y por allá. El despertar de las letras, diría alguien en el aula. La rebelión de los libros en las mochilas, diría alguien después en otro libro. Nuestros referentes en los libros eran cercanos y lejanos. Y de alguna manera, cierto entusiasmo había, al saber que contábamos con un premio Nobel de literatura y con Cardoza y Aragón, nuestro antigüeño al que llamábamos simplemente “el poeta”. A Cardoza lo empezamos a conocer con Luna Park, nos fuimos a La Nube y el Reloj y la Pequeña sinfonía del Nuevo mundo, hasta llegar a  Guatemala, las líneas de su mano. Las líneas de su mano, efectivamente, se convirtió en uno de los libros de mochila. Esa obra pasaba de mano en mano, vibrando, como queriendo decirnos algo. Descubrir que andábamos las mismas calles empedradas que él anduvo, y atravesábamos los mismos patios y rincones, fue como hallarle sentido a un fantasma vivo; al poeta que pernoctó antes los mismos rincones que nosotros (las generaciones setenteras y ochenteras) así, descubríamos cada rincón con los sueños y la nostalgia incorporada de las generaciones pasadas.

Cuando acudimos al tiempo de regocijarnos con el boom de la literatura latinoamericana, nos dimos cuenta que allí estaba el poeta, como vanguardista latinoamericano. Su voz resonaba en la distancia y nos fuimos creyendo que era real, y palpable y que en algún lugar del mundo, este poeta antigüeño estaría escribiendo y cantando sus coplas al viento de la nostalgia y recordando a su ciudad amada, la misma, donde nosotros lo leíamos a él.

Una tarde, después de una tertulia en el tanque La Unión, con un grupo de amigos, una amiga del alma y yo, nos despedimos del grupo y enfilamos por la tercera avenida rumbo al norte. Nos percatamos que la bóveda del cielo comenzaba a abrirse y de pronto se vinieron los aguaceros irredentos. Los dos, íbamos hacia un barrio norte, corrimos a más no poder, intentando que el aguacero no nos empapara más de la cuenta, alcanzamos la esquina con la quinta calle y continuamos cual saetas, buscando donde refugiarnos. Nos detuvimos, a media cuadra, en un viejo portón de madera incrustado en una pared de piedra. Un tocador de bronce permanecía inmóvil y sereno sin inmutarse con la lluvia que arreciaba. Nos acurrucamos en la esquina y nos abrazamos dispuestos a permanecer así, todo el tiempo que durara la lluvia. Había empezado a oscurecer y enseguida me percaté que era la mismísima casa del poeta. La lluvia nos condujo a la entrada de la vieja casona donde había nacido Luis Cardoza y Aragón. (Tercera avenida entre cuarta y quinta calle,  ciudad de las empedradas calles).

Tercera avenida de Antigua Guatemala, a la derecha, la casa de Luis Cardoza y Aragón. (Foto de Pablo Esteban Hernández Castellanos)

En la mochila llevaba el libro escrito por este antigüeño que, según quienes lo leíamos, intentaba decirnos algo. No salía del asombro, imaginé el interior de la casa sola. Recreé la habitación del poeta; sus corredores, su jardín, su ventana. Me pregunté en silencio, ¿cuántas veces habría fijado su mirada en la enorme pared derruida de la parte de atrás de la gran catedral de San José? o, ¿la vista sobre la avenida empedrada hacia el sur con el  volcán de Agua al fondo? o, ¿del Cerro de la Cruz en el sentido contrario? Pensé que una ciudad con sus paisajes en movimiento, puede interferir miradas que atraviesan los tiempos. Cruzar fronteras, físicas y del alma y producir cosas bellas como el libro que aprisionaba con mi brazo mojado.

A la derecha la casa del poeta, a la izquierda, parte posterior del convento de la catedral de San José. (Foto de Pablo Esteban Hernández Castellanos)

La lluvia nos llevó a la casa del poeta. No dejó de sorprenderme esa especie de paradoja entre tiempo histórico, tarde de torrenciales aguaceros, y el viejo portón de esa casa empotrada en la distancia de una ciudad silente, pero viva. Como adormecida pero hablando a través de sus poetas y sus pasos; sus artistas y sus faroles encendidos en las esquinas; teatros mudos y sus sombras estrellándose en las altas paredes y alargándose con las luces de los autos. Voces ausentes, clamando desde las letras de los libros para decirnos algo, quizá, explicarnos algo con la delicadeza de una flor que se abre por primera vez; o, advertirnos algo, a nuestras conciencias asustadas por el devenir violento y tierno, por nuestros sueños más grandes que las empedradas calles.

Vista hacia el norte, desde la casa del poeta. (Foto de Pablo Esteban Hernández Castellanos)

Tiempo después pensé en hacer algo para recompensar la historia vivida en el portón de la casa del poeta. De alguna manera quería algo que constara que la lluvia nos condujo a su casa, en donde, sin quererlo le pregunté cosas de la ciudad, del tiempo, de su mirada y de cómo las vistas grabadas por sus ojos lo influyeron para escribir textos resonantes y relevantes. La manera que encontré fue hacer una canción, que más o menos va en sentido figurado de sur a norte, sin dejar de pasar echando un vistazo a la casa del poeta, su ventana, su avenida empedrada y su tiempo.

Vista al frente de la casa del poeta, parte posterior del convento de la catedral de San José. (Foto de Pablo Esteban Hernández Castellanos)

La lluvia nos llevó a la casa del poeta (título original de la canción)

Bajo el farol, ese minuto fue un suspiro a lo profundo de la historia

de una noche con tu voz, en la casa del poeta

tus ojos redondos me miraron por primera vez, profundos también.

Bajo el farol, se deshizo la noche entre mis manos,

entre mis sueños, y como brisa de invierno me llevó a tus brazos.

Cual poeta arrinconado por la lluvia,

una rara sensación se despertó al tenerte entre mis brazos

llegó indetenible la nostalgia,

después vino la reflexión de la historia en ese templo.

Aquella tarde pudo ser la vida futura, Pero, no lo fue.

Aún hoy me pregunto: ¿Qué nos llevó a vivir ese instante, bajo el farol en la entrada de la casa del poeta?

Cuánto tiempo pasó, cuántas tardes de lluvia, cuántas noches distancia,

cuántos sueños que no se hicieron, cuántos pasos que no se anduvieron

cuántas sonrisas se perdieron, cuántas miradas se cerraron

Ahora, ya no hay calles para andar, ya no hay plazas para tiritar,

el invierno volvió tantas veces, la ciudad ya no es la misma

te sigo buscando, en las esquinas y siempre te vas…

Hoy volví al viejo portón del poeta a encontrar tu olor

aunque no estás, quedó tu sonrisa enamorada de esta ciudad

la misma del poeta, la tuya, la mía, la de todos.

Aquella tarde pudo ser la vida futura, Pero, no lo fue.

Aún hoy me pregunto: ¿Qué nos llevó a vivir ese instante, bajo el farol en la entrada de la casa del poeta?

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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