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Carlos Figueroa Ibarra

Hace unos días  se conmemoraron los 50 años del histórico triunfo de Salvador Allende con la Unidad Popular en Chile. Y cuando estas líneas se publiquen se estarán cumpliendo 47 años de su derrocamiento. Las efemérides se evocan cuando desde el mes de octubre pasado, la patria del “compañero presidente” ha despertado del largo letargo en el que la sumió la  sangrienta represión golpista  de 1973 y  el neoliberalismo aplicado en el contexto de lo que Naohmi Klein ha llamado “la doctrina del shock”. El ver las densas columnas de manifestantes a lo largo de muchos meses marchando en las calles y en  la Plaza Italia, nos hizo recordar las premonitorias palabras del  presidente mártir: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

El triunfo de Allende en 1970 se observó cuando había concluido el primer ciclo de guerrillas latinoamericanas iniciado con la inspiración del triunfo de la revolución cubana y la teoría del foco insurreccional planteado por Ernesto Guevara y difundido por Regis Debray. La lucha armada se volvió para un sector de la izquierda el camino  de la lucha revolucionaria y se transformó para muchos en un nuevo dogma.  Olvidaban  que el propio Che Guevara le había regalado a Allende un ejemplar de su libro “La Guerra de guerrillas”  con la siguiente dedicatoria: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo. Afectuosamente, Che”.

En efecto, el triunfo de Allende cimbró más el debate existente en la izquierda revolucionaria. En septiembre de 1970,  muchos dijeron que acaso en circunstancias especiales, una fuerza política revolucionaria y socialista podía llegar  electoralmente al poder e iniciar una vía pacífica de transición al socialismo. El propio Engels en su introducción al libro de Marx “La lucha de clases en Francia 1848-1850”, había vislumbrado esa posibilidad cuando examinó el avance electoral del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán en las décadas finales del siglo XIX. El derrocamiento cruento de Allende en septiembre de 1973, hizo que los partidarios de la lucha armada revolucionaria reafirmaran sus convicciones. Con razón se dijo que el triunfo de Allende no había llevado al poder a la Unidad Popular sino solamente al gobierno, que es una parte del poder. Pero en Italia, el Partido Comunista Italiano hizo otra lectura de la derrota en Chile. Confirmó que una fuerza comunista o socialista revolucionaria no podía iniciar una transformación sino hacía un compromiso con fuerzas de distinto orden. De esa manera surgió la idea del “compromiso histórico” que Enrico Berlinguer y el PCI sustentaron por aquellos años: una coalición democristiana-comunista-socialista debería hacer los cambios que requería la sociedad italiana.

Nunca se dio el compromiso histórico. Por el contrario la URSS se derrumbó  y el comunismo entró en crisis. Pero la terca historia volvió a surgir, y en América Latina los primeros tres lustros del siglo XXI vieron triunfar electoralmente a la izquierda y se inició un ciclo que por supuesto  aún sigue abierto. Astucias de la historia.

Olvidaban  que el propio Che Guevara le había regalado a Allende un ejemplar de su libro “La Guerra de guerrillas”  con la siguiente dedicatoria: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo. Afectuosamente, Che”.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Carlos Figueroa Ibarra
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