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La letra «I»

Piadosa diatriba contra ignorantes, idiotas e imbéciles.

Cuando –en su formidable Diccionario del diablo– Ambrose Bierce define Ignorante como “Persona desprovista de ciertos conocimientos que usted posee, y sabedora de otras cosas que usted ignora”, está evidenciando el vil juego de espejos en el que indefectiblemente nuestros egos sucumben cuando acusamos a alguien de no saber, apelando a los conocimientos que poseemos y dejando de lado aquellos que no nos asisten. Porque el prójimo hace lo mismo con nosotros. De tal modo que la acusación de ignorante resulta siempre parcial y ventajista. Excepto –diría yo– en casos en los que se trata de conocimientos elementales, básicos y sin los cuales la comprensión de lo concreto no es posible ni siquiera en primera lectura. Es en este sentido en el que Holmes insultaba cortésmente a su impenitente aprendiz y ayudante Watson. Y en el que el vulgo medianamente ilustrado impreca a la fanaticada neoliberal tercermundista vernácula, clasemediera y con fallidas ínfulas académicas (porque en realidad apenas araña exiguas licenciaturas de universidades de garaje y de instrucción por correspondencia).

Muy diferente es el criterio de Bierce cuando define Idiota como “Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Idiota no se limita a ningún campo especial de pensamiento o acción, sino que ‘satura y regula el todo’. Siempre tiene la última palabra; su decisión es inapelable. Establece las modas de la opinión y el gusto, dicta las limitaciones del lenguaje, fija las normas de la conducta”. Porque en este caso se refiere a la cualidad que deben poseer quienes se dedican a ejercer el poder a favor de intereses ajenos. Los que tienen la última palabra son los militares y los jefes de los aparatos estatales; quienes fijan la opinión y el gusto son los mercadotécnicos y los publicistas; los que dictan las limitaciones del lenguaje son los gramáticos conservadores y reaccionarios; y quienes fijan las normas de comportamiento son los psicólogos conductistas, los curas, pastores, guías espirituales y “líderes motivacionales”. Es decir, idiotas. Y aunque para nada menciona Bierce a los ignorantes en esta definición, no hay duda de que quienes más dócilmente siguen las directrices de los idiotas son los que ignoran los conocimientos elementales sin los que la comprensión de lo concreto en primera lectura es imposible.

De esto concluimos en que el poder está en manos de idiotas ignorantes. Y que para que cambie de lugar y sea ejercido por un estamento de individuos críticos (capaces de ejercer su criterio con libertad) y radicales (aptos para comprender la raíz causal de los problemas) es necesario forjar ese estamento intelectual preparado para arrebatarle por las buenas o las malas el poder a los idiotas ignorantes.

Las teocracias fueron formas cultas de poder. Los imperios, no tanto. Y las repúblicas, menos. Pero como no se trata de volver a las teocracias sino de humanizar la política, quizá convenga formar una organización secreta de críticos y radicales que instaure a la inteligencia como requisito del poder.

Para finalizar, ante quienes se sientan aludidos por estas líneas y se dispongan como siempre a insultarme, hago mía la definición que de Imbecilidad ofrece Bierce como una “Especie de inspiración divina o fuego sagrado que anima a los detractores de este diccionario”.

 

Mario Roberto Morales
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