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Inocente divertimento con palabras cuya inicial es la segunda letra del alfabeto.

Gracias a Clausewitz ya todos sabemos que la guerra es la continuación de la política por otros medios y que, por tanto, aquélla es una manera expedita de llevar a cabo fines económicos. Por eso es que, en su Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce define Batalla como el “Método de desatar con los dientes un nudo político que no pudo desatarse con la lengua”; entendiendo por lengua la capacidad argumentativa que supuestamente caracteriza a la política, y por dientes el uso de estas vistosas estructuras óseas destinadas a la masticación, como armas.

Muy unida a la “lengua”, es decir, al discurso político, está la ideología, hecha de pura “lengua”, de palabras cuya función es ejercer influencia política. La ideología ha asumido diversas formas a lo largo del tiempo: las religiones son ideología, las ideas estéticas lo son también, así como los mitos fundacionales de los pueblos, las leyendas de sus héroes culturales y las historias fantásticas de sus gestas militares. También lo fue en su momento la brujería, palabra que Bierce define como “Antiguo prototipo de la influencia política. Gozaba, sin embargo, de menos prestigio y a veces era castigada con la tortura y la muerte. Augustine Nicholas cuenta que un pobre campesino acusado de brujería fue sometido a tortura para que confesara. Tras los primeros castigos, el pobre admitió su culpa, pero preguntó ingenuamente a sus verdugos si no era posible ser un brujo sin saberlo”. Ingenuidad o no, quien disienta de la ideología de los que tienen el poder político, se muere. En especial si lo detentan los profesionales de la guerra, quienes –como se sabe– no suelen diferenciar a ésta de la política.

Por eso, mucha gente no ve otra solución para sobrevivir que su conversión a las ideas y propósitos del adversario, y cambia de ideología, de religión, de convicciones y de principios por medio de una especie de humillante bautismo, palabra que Bierce define como “Rito sagrado de tal eficacia que aquel que entra en el Cielo sin haberlo recibido, será desdichado por toda la eternidad. Se realiza con agua, de dos modos: por inmersión o zambullida, y por aspersión o salpicadura. Si la inmersión es mejor que la aspersión, es algo que los sumergidos y los asperjados deben resolver consultando la Biblia y comparando sus respectivos resfríos”.

Pero, resfríos aparte, la biblia ideológica del recién convertido es un bocado duro de tragar porque va contra su naturaleza. Se trata nada menos que de aceptar como verdad algo en lo que no cree y que el poder asume como irrefutable. Esta situación se parece mucho al matrimonio, sobre todo si pensamos en que Bierce define Boda como una “Ceremonia por la que dos personas se proponen convertirse en una, una se propone convertirse en nada, y nada se propone volverse soportable”. Tal el precio de la conversión, que equivale –en política, guerra e ideología– a negarse a uno mismo en aras de una sobrevivencia deshonrosa por temor al poder.

Para quienes lo detentan, el poder es bello. Para quienes lo padecen, horrible. Es un mismo hecho que produce dos reacciones contrarias, igual que la belleza, definida por Bierce como “Don femenino que seduce a un amante y aterra a un marido”. De donde colegimos que antes que ser marido es preferible ser amante. Ya lo advierte nuestro célebre lexicógrafo al abordar la palabra Bruto e indicarnos amablemente: “Ver Marido”.

Mario Roberto Morales
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