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Bajo la luz de la luna llena de diciembre, que aparecía en lo alto del cielo, los dos hombres están de pie pisando la pequeña sombra que forma a esa hora el techo de la casa. En silencio ven acercarse al grupo de sombras humanas que avanza por el sendero, que en forma de “ese” alargada, lleva a la casa. Se percibe que el grupo que avanza hacia la casa está conformado por hombres, mujeres y niños. Ambos permanecen mudos, sin hablarse, sólo miran al frente como los visitantes cada vez están más cerca. Cuando el grupo llega ante ellos, descubren a varios sujetos armados y embozados, quienes se escudan en los niños y las mujeres. Al frente de todos va un “valiente” que se cubre el rostro con una máscara de disfraces. La máscara luce abundante melena que le cuelga sobre los ojos, rasgos monstruosos y una sonrisa macabra. La luna brilla en lo alto del cielo sin nubes que la acompañen, solamente las estrellas lejanas titilan cual si quisieran hipnotizar a quién las mire. Las mujeres, casi niñas, sollozaban mientras se frotaban los ojos por efecto del gas picante con que les rociaron la cara para que no los pudieran ver. Los muchachos se frotan con saliva los ojos para mitigar el ardor. El enmascarado se detuvo a unos tres metros frente a ellos apuntándoles con su arma y escudándose atrás de un niño de once años al que sujetaba por un brazo. Sus acompañantes, otros “valientes a toda prueba”, sin duda, empuñaban sendas armas atrás de mujeres, niñas y niños que les servían de parapeto. Llegaron y los encararon disponiéndose en semicírculo. A la par del enmascarado se situó uno que llevaba la cara cubierta con betún y portaba una ametralladora. Estaba claro todo, habían asaltado la casa donde dormían sus sobrinos, todos menores de edad. Después de neutralizar a los hombres y amenazar a mujeres y niños, los habían obligado a guiarlos hasta donde él se encontraba. Eran ocho asesinos en total, armados con carabina y pistola automática al cinto. “Ya nada puede hacerse”, pensó, “ya estoy muerto”. Es media noche y la luna, en ese momento parecía brillar con mayor intensidad a medio cielo, iluminando todo, haciendo que todo se viera tan claro, era la noche imitando al día El gris-azulado del cielo era un fondo macabro para aquella escena. A esa hora de la noche se sentía una suave brisa fría de aire que lo hizo estremecerse. “No voy a temblar delante de estos criminales”, pensó. “Hay que estar tranquilo y a la muerte hay que recibirla con dignidad cuando llega. Es la invitada hoy, a esta reunión”. El tipo de la máscara titubeaba, se notaba nervioso; lo miraba fijamente y luego miraba a su sobrino sin decidirse a nada. Cada vez que miraba a uno o al otro, también el cañón del arma cambiaba de dirección. Le pareció que aquella escena sin duda era una pesadilla. ¡Sí!. ¡Eso era! Una pesadilla que había comenzado desde que siendo Síndico Municipal se enteró de los malos manejos y negocios turbios que realizaban el Secretario y el Alcalde en contubernio con algunos miembros del Concejo. Intervino para que esas acciones se detuvieran, pero lo que logró fue enemistarse con ellos; porque esa gente no entiende de palabras y menos si de llenarse los bolsillos de dinero se trata. Otro hecho que terminó de enfriar la relación, fue cuando les indicó que ya no les prestaría el pick up para sus viajes a la cabecera departamental. Tuvo que actuar así porque se enteró, que ingenuamente había colaborado prestando su pick up para dichas reuniones nocturnas, sin saber el propósito de las mismas. El Secretario Municipal, un tipo falso y taimado que siempre andaba viendo donde conseguía dinero y el jefe de la policía un indígena que medio podía hablar el español, viajaban dos o tres veces por semana en horas de la noche, supuestamente a la cabecera departamental. El Alcalde le pidió que les prestara su carro y que ellos pondrían el combustible para el viaje. Él aceptó y durante algún tiempo no le llamó la atención el detalle, que cuando salían por las noches, viajaban acompañados de policías armados hasta los dientes. Las primeras veces cuando le devolvían el carro le dejaban el tanque lleno de gasolina, lo que no le desagradaba. Pero un día encontró en la palangana del pick up, botellas vacías de licor y aunque la palangana había sido lavada, aún presentaba señales de sangre. “¡Sangre humana!” -Pensó. “Estos borrachos ya no lavaron bien el carro”. Comenzó a investigar y encontró un hilo que ataba directamente los viajes nocturnos de esta gente en su carro hasta los aparecimientos de cadáveres en ciertos sitios de la carretera internacional. Pronto supo que ellos comandaban el escuadrón de la muerte que se había asentado en el pueblo. Esos eran días de mucha violencia, en los que hombres enmascarados entraban a las casas por la noche y secuestraban personas que eran denunciadas de colaborar con la guerrilla y posteriormente aparecían masacrados a orillas de los caminos. Ellos eran los que determinaban quienes vivían y quienes morían, especialmente entre los ladronzuelos. Habían comenzado asesinando ladrones pero luego siguieron con los políticos y después, porque les hacía falta plata, salían a asaltar casas en las aldeas dejando muerte a su paso. Cayó en cuenta que cuando los policías aparecían gastando dinero a montones en la cantina, era después de uno de estos viajes.

Desafortunadamente en ese gobierno, uno de los tantos gobiernos de criminales que ha tenido el país, se popularizaron los llamados “escuadrones de la muerte” y hasta el pequeño pueblo, antaño tranquilo, se había puesto al día con una ola de violencia criminal, en la que los cadáveres de hombres torturados, aparecían en los caminos de las aldeas del pueblo.

Otra moda impuesta en el país y que también ahora se practicaba en el pueblo era que los ladroncitos capturados después de tres días de estar presos, eran trasladados en patrullas policiales a la cabecera departamental para seguirles el juicio, pero nunca llegaban, pues en el camino, desconocidos armados se los quitaban a los policías y se los llevaban para ya nunca más volverlos a ver vivos.

Todos en el pueblo comentaban en voz baja que los policías a entregarlos iban; que cuando la patrulla salía con los reos, ya habían avisado a los criminales para que los esperaran en algún lugar. El caso de Olivio y sus compañeros lo ilustraba bien. Los criminales se atrasaron porque habían pinchado una llanta y no estuvieron a tiempo para interceptar a los policías. El carro donde iban los policías y los reos siguió la ruta otros tres kilómetros, pero no llegaron a la cabecera departamental, sino que dieron la vuelta y regresaron a la entrada del pueblo nuevamente, desandando unos seis kilómetros. Esperaron un rato y luego iniciaron el viaje interrumpido. Esta vez el carro de los criminales llegó puntual a la cita. Los reos sabían que si se los llevaban era para torturarlos y matarlos, así que se opusieron defendiéndose a puntapiés y allí mismo fueron acribillados a balazos. Ocurrió frente a una escuela pública a las diez de la mañana, cuando los niños jugaban a la hora del recreo.
Dentro de ese régimen de terror habían asesinado a tantos, ladroncitos, bolitos e incluso a un maestro de la escuela primaria del pueblo. Nadie se podía considerar no elegible para estas bestias.

El hombre de la máscara indeciso, intentando ver bien quien era quien, se levantó la máscara con tal nerviosismo que se la quitó dejando ver el rostro del criminal: ¡Era un policía del pueblo! Temió que al verse descubierto el tipo, pudieran cometer una atrocidad con sus familiares. Resuelto apartó a su sobrino, quien lo había acompañado esos últimos días que había pasado en esta casa donde hoy debería morir. Rápidamente, su sobrino, fue encañonado por el tipo que llevaba la ametralladora. Se plantó ante el hombre de la máscara de disfraces tratando de quedar a campo descubierto, para que al disparar no hirieran a nadie más. El de la máscara empujó al niño que llevaba del brazo y le apuntó con su pistola al pecho. Sintió un escalofrío que le recorrió verticalmente el cuerpo de la cabeza a los pies al ver la oscura boca del arma que se aprestaba a vomitar fuego de muerte pero no dijo nada. Ese mismo escalofrío lo había sentido la mañana de aquel lunes, cuando llegaron cuatro trogloditas y después de encañonarlo, lo esposaron con las manos hacia atrás y luego lo echaron a la palangana de un pick up cubriéndolo con una lona. Lo llevaron a un sitio oscuro donde lo retuvieron por tres días. De ese interrogatorio supo que lo habían acusado de guerrillero, comunista y colaborador de la guerrilla. Cualquiera de esos tres adjetivos, por ese entonces, era sinónimo de muerte. Todo porque él se ganaba la vida haciendo fletes a las personas que llevaban víveres para vender en las fincas que quedaban al norte del municipio. De esos fletes, había conocido a don Juan, un señor muy amistoso, que le pedía pan y carne y que él le llevaba en su carro cada ocho días. Decían que el señor era proveedor de la guerrilla, lo que a él no le constaba.

Todo había sido un “lenguazo”, como se acostumbraba en aquella época y posiblemente siempre fue así. Cuando alguien quería deshacerse de otro, sencillamente iba con el comisionado militar, lo acusaba de guerrillero y se deshacían de él. Sin embargo él había corrido con suerte, porque al parecer ahora investigaban primero al sindicado antes de ejecutarlo y se dieron cuenta que todo era puro chisme. En la celda donde estuvo detenido, había otros hombres. Estaba un joven al que cada cierto tiempo entraban a golpear con dureza, pero éste jamás se rajó. A sus torturadores les respondía cuando le pegaban inquiriendo por cierta información: “A Dios le estás pegando”. Cuando salían sus atormentadores, el muchacho después de recuperarse de sus golpes, se acercaba a ellos y les daba aliento con las palabras bíblicas de Jesús: “No teman a los que matan el cuerpo, pues el alma no podrán matar”.

Lo soltaron. El secretario municipal, era quien se pavoneaba como chompipe celebrando su victoria, pues andaba divulgando el rumor, que en el río “Zarco” había aparecido su cadáver. Sus familiares se angustiaron, pues ese río era célebre por ser un botadero de cadáveres.

Tremenda sorpresa se llevaron sus enemigos al ver que apareció vivo en el pueblo. Después de haberles mentado la madre renunció de Síndico Municipal; sin embargo subestimó a sus enemigos porque ellos estaban dispuestos a no quedarse sólo así.
En efecto, un domingo a las once de la mañana en que transitaba por el bulevar llevando un viaje de personas, se le apareó un carro y un tipo portando la misma máscara que tiene ahora frente a él, comenzó a dispararle, sin titubear hundió el pedal del freno hasta el fondo deteniéndose bruscamente mientras sus agresores pasaban de largo disparando. Se dio cuenta que no tenía heridas de bala y que sólo las esquirlas de los vidrios le habían herido la cara y manos, pensó: “Son malos tiradores estos”. Se bajó del carro y los vio, los tipos se habían detenido unos cien metros adelante, al verlo bajarse pensaron en regresar a rematarlo y giraron en el siguiente redondel pasando luego frente a él, al otro lado del arriate central del bulevar, pero chambones que eran no pudieron dar la vuelta en U de nuevo y ese tiempo lo aprovechó para escabullirse entre los cañaverales. “Tienen suerte los cobardes al andar atentando contra personas desarmadas, porque si no otro gallo les cantaría.”, pensó.

Su familia le recomendó que se fuera del pueblo por su seguridad, pues ya había sobrevivido a dos atentados y no fuera ser que al tercero esos cobardes lograran su propósito. “Es cierto”, pensó, “nosotros estamos acostumbrados a pelear cara a cara pero el cobarde lo hace por la espalda y con ventaja. Es mejor que me vaya.” Se fue del pueblo por una temporada, pero de repente sintió un llamado, como una necesidad de regresar. Se había vuelto al pueblo y ahora estaba aquí, solo, frente al cañón de la pistola del criminal que escondía su rostro tras una máscara y que no se animaba a disparar.

Esa tarde lo había visitado un amigo y él le contó que le debían dinero por varias sesiones del Concejo Municipal. Su amigo, ofuscado por lo que le hacían, se ofreció para ir a cobrarlos y de esa manera se habían enterado de su regreso y posiblemente donde se encontraba. Se sentía viejo y no quería andar huyendo, no era como en otros tiempos cuando eran jóvenes; habían sido arbencistas con su hermano y se habían identificado con los postulados de la revolución, eso les hizo ganar muchos enemigos. Cuando el presidente Arbenz fue derrocado, tuvieron que irse a huir. Sus delitos fueron tener parcela y una mula que de parte del gobierno revolucionario les habían entregado para trabajarlas junto a otros campesinos. La parcela se la quitaron rápidamente y cuando fue a entregar la mula a las nuevas autoridades lo detuvieron y los tres años que el traidor mal llamado liberacionista gobernó, él estuvo preso. Su hermano fue perseguido y aunque quisieron matarlo, nunca lo lograron. Su hermano mayor si era hombre de opinión, pues como los liberacionistas andaban recogiendo todos los animales que la revolución les había dado a los campesinos dizque para hacer un censo y después se los devolverían, pero la realidad era otra, se quedaban con ellos. En ausencia de su hermano, llegaron a la casa y quisieron llevarse un verraco que pesaba cuatro quintales y que su hermano tenía bajo su custodia. Como eran inútiles no lo pudieron echar al carro, se fueron a traer otro carro más grande y más gente. En eso regresó su hermano y al enterarse de lo que querían hacer, destazó al animal y repartió la carne entre los campesinos. “Ese animal lo dio el presidente para los campesinos y ellos son los dueños.”, dijo entonces su hermano. Cuando los liberacionistas regresaron ya no había ni rastros del animal.
Si su hermano se hubiera dado cuenta del paso de estos tipos, posiblemente ya estaría planeando su rescate y llegaría a defenderlo, esa era la última esperanza. Sin embargo no abrigaba tanto esa esperanza, pues su hermano trabajaba hasta tarde y quizás estaría recién dormido. Pero, ¿por qué no habría de venir? Si él era hombre de opinión, de esos que no se rajan y nunca se les puede llamar cobardes. Aunque sea con machetes pero se aparecerá a defenderlo. Los pensamientos sobre su hermano vuelven a su mente. Se recordó cuando el nuevo administrador de la finca nacional “Candelaria”, un liberacionista ladrón, había llegado hasta la casa de sus padres donde estaba la troje que almacenaba el maíz cosechado de las tierras vírgenes del parcelamiento “El Hato”, que el presidente Arbenz les había repartido a los campesinos. Luego que la mal llamada liberación les quitó la tierra confiscándoles las cosechas, diciéndoles que pronto se las devolverían, pero se quedaban con ellas los desgraciados. Ese tipo le había quitado también una mula a un tío y se la había quedado Eran unos ladrones esos liberacionistas. Esa mañana había llegado a la casa el administrador de la finca “Candelaria” con un camión y costales así como varios mozos a llevarse el maíz recién desgranado. Mi hermano salió a recibirlo y el tipo le dijo que se iban a llevar el maíz. “Está bien le dijo mi hermano pero debe pagarme tres quetzales por cada quintal de maíz desgranado que echen al camión.” “Es orden del gobierno”, dijo el tipo, haciendo el intento de llevarse la mano a la pistola que llevaba en la cintura. “¡Cuidado!”, le dijo mi hermano. “No se le vaya a ocurrir. Porque aquí se muere. Si quiere el maíz tendrá que pagar por él”. El tipo se le acercó al lado derecho donde se asomaba la cacha de la pistola de mi hermano, como tanteando si se la podía quitar y se puso pálido cuando se dio cuenta que mi hermano llevaba otra de cañón más corto en la otra bolsa y que por ello no se le miraba, desistió. Luego mi hermano se dirigió a los mozos que hicieron el intento de recoger maíz para echarlo en el costal diciéndoles: “Ustedes llenen ese costal” y volviéndose al administrador le dijo: “Cuando alcancen medio costal saca su pistola y dispara porque aquí nos matamos usted y yo”. El tipo se puso pálido y tratando de recomponerse dijo: “No hay necesidad de pelear, echemos el maíz y lo va a cobrar a la finca”. Mi hermano con la mano cerca de la cacha de la pistola respondió: “Pueden echar el maíz que quieran no más que aquí mismo lo pagan”.
El liberacionista vestido con el uniforme oficial de esas bestias, blanco con rayas rojas se marchó con la cola entre las piernas. “Ese es mi hermano y es la última esperanza. ¿Por qué no? Si ya me salvé dos veces…”
A lo lejos se escucharon bombas voladoras que celebraban la llegada del día de la Virgen de Guadalupe. Era la madrugada del 12 de diciembre.

Ante el paso de esos segundos o quizás minutos en que nadie hablaba y sólo se oían las respiraciones nerviosas de los tipos y los niños solo observaban, tomó la decisión y separándose dos pasos hacia el norte les dijo: “Comencemos”. El tipo de la máscara apuntó y dándose valor, haciendo una mueca en su interior, apretó el gatillo. De la boca oscura del arma salió un relámpago acompañado de un rugido que rompió el silencio de la noche. Sintió que algo caliente le golpeó con mucha fuerza en el pecho y en interminable tiempo se fue metiendo dentro de él cada vez más. Se sintió impelido hacia atrás y a la vez que caía giraba sobre su costado derecho. En ese instante brotó de su boca la última palabra que pronunció en este mundo, el nombre de su sobrino, palabra que mientras él caía, también con él se despeñaba perdiéndose en un abismo infinito. Siete disparos más resonaron en la noche de luna llena; cada criminal pasó a su turno, a dispararle en la cabeza era su pacto para demostrar su valor.

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