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Diciembre por las calles alegres, en el parque Central el hipnótico retozo de juegos fatuos. Me encanta atisbar a la multitud desde la incomparable y potente elevación que me ofrecen los hombros de mi padre.

Desde mis siete años en atalaya paterna, me trago el acre olor a pólvora, escucho como una carcajada lumínica las explosiones del castillo que arde allí a unos pocos metros y me dejo ganar por la canción afable del hombre que se aleja, protegido por la espesa cortina de humo, en un retroceso aéreo, cuasi un vuelo onírico hacia la región impredecible de los nuncas.

Un leve dolorcito en la coronilla me hace flotar entre las escena recientes;  aflojo el mordisco de una mano contra la otra a manera de barbiquejo bajo el mentón de mi padre y la alzo hasta la nariz para reconstruir toda la ternura de la muchacha que me curó en la farmacia de la esquina mientras me decía –¡Valiente, vas a ser muy fuerte cuando seas grande!-. Y el llanto que venía empujando pucheros, se me detuvo frente a su perfume y su tibieza.

Sus manos hábiles y cariñosas, limpiaban, cortaban gasa, preparaban un parche, aplicaban yodo y desde la sensación de quemada en el trocito rasurado de la cabeza, yo retornaba, valiente, al diálogo de sus miradas risueñas y las mías ansiosas. Un mocetón que pasó trotando me envió por el aire desde mi velocípedo y fui a dar contra el borde de la fuente luminosa.

Antes de ingresar a la farmacia tuve alientos para poner los dos pies sobre un rótulo que la anunciaba en la acera, eso me hizo descubrir mi cara a través del espejo que recogía el ingreso de todos los que franqueaban la puerta, como saliendo de un susto con un hilito de sonrisa en medio de dos lagrimones, enmarcada en dos festoncitos rojos que se deslizaban por delante de las orejas.

La gente hervía;  desde la banca donde me sentaron podía observar cómo la mayoría evitaba pisar aquel anuncio al que algunos espantadores de niños denominaban como la puerta del infierno.

El calzón de manta, el pañuelo anudado al pescuezo, el sombrero de petate, cayeron desde alguna parte en el vano de la puerta, las manos morenas apretaron algo inasible en el aire y la cara se adelantó mientras le hacía eco a la enfermera improvisada que me auxiliaba. -¡Valiente!- y comenzó a sorber la escena con sus ojos negros y achinados. Sí, valiente y risueño, agregó ella, la mano conduciendo un trocito de gasa empapada en agua oxigenada.

El indio ingresó parsimoniosamente; tomó del mostrador en pedacito de gasa ensangrentada y me dijo en un susurro que tal vez sólo yo escuché: Serás mi hijo espiritual; me rozó la mano con sus dedos y se esfumó sin hacer ruido, como si volara.

Volví a mecerme en los movimientos precisos de mi hada farmacéutica, volé con sus manos-palomas, crecí y me disminuí al conjuro de su sombra que se estiraba o achicaba al aproximarse o alejarse de la luz que chorreaba fulgor sobre el mostrador amarillo crema; el balanceo de su cuerpo delgado, doce o trece años, me llevaba en un juego de complicidades por la primera y más prístina emoción sensual en hamaqueo por todo aquel pequeño ámbito casi lúdico.

Su beso en la mejilla al despedirnos me curó definitivamente. Debía ser la hija del señor que dirigía todas las acciones allá en el extremo y que le dijo a mi padre cuanto era el costo y que debía llevarme donde un médico para que suturara. Nunca fuimos y por ello tengo una cicatriz de algunos centímetros, casi tonsura natural en la cima de la testera.

Al tocar la puerta del infierno nos alcanzó un aire helado que daba vuelta a la esquina, pero en el centro del parque se arrancaba el chisporroteo del castillo y corrimos allí, penetrando en la multitud. Mi madre había conseguido sentarse en un banco de cemento junto a mis hermanos y todos vigilaban el velocípedo como si fuera el cuerpo del delito, ellos se pararon en el banco para ver mejor, a mí me alzó mi padre hasta las nubes.

II

Siempre atrás del humo como tantas otras veces, pero ahora Blas no está solo, mi padre espiritual, lo acompañan otros tres señores: el de la montaña, el del río y el de la hoguera.

Tengo veinte años, hace trece años que asisto a estas sesiones, pero hoy es mi bautizo; ingresaré de lleno, con autorización de Blas y de mis tres padrinos, al universo de los chamanes.

Entre los cuatro bailarines y yo se retuerce el humo que chorrea hacia arriba, desde dos pequeñas hogueras, donde además se ha vertido abundante copal para que perfume el aire y la noche.

Las dulces emanaciones de la resina tiran de mis sentidos hacia un blando duermevela, hamaqueado apenas por el monócrono vaivén de las cuatro sombras y esa suerte de diástole vegetal que marca pertinazmente el compás. Yo sé que es Jerónimo Jerónimo quien golpea amorosamente el tremendo tamborón de cuero crudo ahí fuera del rancho, como la liturgia lo demanda. De vez en cuando, pero seguramente en lapsos matemáticamente precisos, interrumpe los golpes con su baquetón, se incorpora  y lanza algunos melancólicos lamentos de chirimía. Sé que cuando suene ese instrumento de caña de manera peculiar, distinta a las anteriores, una fuerza magnética me arrastrará a la danza y entonces en el arrebato de compases acelerados, formaré el círculo de los cinco danzarines mágicos, seremos seis de los de la Hermandad, porque Jerónimo Jerónimo es también parte de ella, pero el ya no baila porque está muy viejo, es como si varios siglos se le escurrieran por las arrugas sabias de su piel tostada.

El humo casi se palpa, es espeso y aromático; cómplice de las sombras en movimiento, sus cúmulos, volutas y arcángeles grises, articulan y desarticulan un inestable discurrir de todas las figuras que integran el ámbito interno del rancho.

Cada rincón, cada imagen, cada cuadro –que no hay muchos-, la mesita con el agua, las flores, la jícara y los incensarios con brasas que suman su fragancia a la que se derrama de la hoguera;  los rincones, la pequeña ventana, el poyo junto a la pared, las vigas de donde cuelgan redes de mazorcas de maíz; todo se fuga y retorna al ritmo del tamborón y el chisporroteo del fuego.

Vienen en fila las cuatro sombras; hay que beber; traen la jícara sagrada repleta de aguardiente. Nos saludamos reverentes antes de hacerla circular entre los seis. Uno de los brujos se desdibuja como en un aleteo y sale para ir a interrumpir brevemente los latidos del tamborón, mientras Jerónimo Jerónimo, por ser el más viejo, bebe el primero de la jícara.

El retorno a la danza silente; la mueca en cuadruplicado que se aproxima y se aleja; los ocho caites que se arrastran al unísono sobre el piso de tierra, el suspenso en un silencio del que cuelga todo; los pies se mueven y el roce ya no se escucha; ingresa Jerónimo Jerónimo con un larguísimo agudo por delante, los cuatro brujos se prenden a una fuerza que los aspira desde arriba; levitación, humo, chirimía, aroma de copal y pom. Estamos instalados en un tiempo pretérito desde donde pueden observarse el transcurrir de los días y lo que se antoje del futuro.

Jerónimo Jerónimo está sentado en el suelo, no cesa de alentar su instrumento de caña que llora melodías vegetales; De vez en cuando mantiene una nota prolongada, un calderón que nos vincula con lo eterno, mientras desliza una vara larga por debajo de los aéreos danzarines que, en ese momento, sueltan palabras roncas al unísono.

Las cuatro voces me llaman: Que venga el señor de las Cenizas.

Avanzo lentamente; entiendo que voy a ingresar al espacio exclusivo de los brujos, desde donde pueden percibirse los hechos ya ocurridos y otros que están por suceder, desde donde puede administrarse el tiempo y las distancias según los propios designios… y  algo como un largo escalofrío me araña la espina dorsal con blandas uñas frías.

Con la jícara de aguardiente me inclino reverente ante cada uno de los brujos danzarines, les ofrezco un trago y yo mismo bebo una dosis respetable; coloco el aguardiente al centro de la danza y acepto la mano de mi padre espiritual que la tiende amablemente.

Jeróniumo Jerónimo ha traído su tamborón y comienza a repicar dentro del rancho; observo que la hoguera crece alegremente; le vierte copal y torna a marcar ritmos en el aire caliente.

La jícara ha sido situada en el suelo, mis manos son atrapadas por dos sombras duras y precisas; el baile retorna y yo estoy instalado en él.

Hay que ver hacia arriba con fuerza, con decisión. La danza mueve mi cuerpo pausadamente; descubro que el piso se ha ido muy abajo. Entonces los cuatro, mi padre espiritual y mis padrinos, lanzan un grito feroz, junto con Jerónimo Jerónimo y todos me rodean, quedo bailando en el aire, como un ángel o un demonio y todos las manos me atrapan gritando mi nuevo nombre: ¡SEÑOR DE LAS CENIZAS, SEÑOR DE LAS CENIZAS!.

Yo había sido bautizado, el aire se arrala, la fragancia del copal se atenúa; el ritmo que marca Jerónimo Jerónimo se va haciendo lento y comenzamos a descender del tiempo pasado hacia el presente. Estoy purificado, he podido levitar sin esfuerzos, son una más de la hermandad. Ahora podrá venir mi primera gran tarea.

III

Acolchadas las horas se iban sin aspavientos por algún agujerito del reloj de pared que estaba en el corredor.

Hacía ocho días que me había abierto la cabeza contra la fuente luminosa del parque Central y ahora era Noche Buena.

La pólvora insertaba sus aplausos, sus juegos, sus instilaciones a lo largo de las calles y por sobre los tejados, repicando en luminiscencias coloridas el regocijo de aquella noche.

Como todas las casas del barrio, la nuestra permanecía de puertas abiertas en espera de cualquier vecino, familiar o amigo que quisiera acercarse a la familia. Blas irrumpió con su silencio de río subterráneo, su sombrero de petate haciendo sombra a esa sonrisa lejana y dulcemente imponente que regaba el ámbito próximo.

Pidió permiso para encender las brasas de su incensario y se acomodó en el sillón que le ofreció mi padre; comenzó a quemar copal, luego me atrajo hacia sí diciendo:  Éste es el valiente, al que yo quiero entrenar en mis artes espirituales. Me lo vas a tener que llevar a mi casa –dijo- y apuró el vaso con ron, que le había alcanzado mi mamá.

Soy valiente –pensaba yo- y recordaba a la muchacha con manos como palomas que me curaba y acariciaba en la farmacia. Será como Sandokán, o como el marinero ese que se fue por muchos países lejanos y no tenía miedo ni a los animales ni a los hombres salvajes. Me gusta que mi papá nos lea historias de él y de otros hombres valientes, después leerá las mías…Blas se ríe con su risa elástica, tiene el sombrero en las rodillas; con una mano sostiene el vaso y con la otra me transmite un ignoto efluvio porque la mantiene suavemente aterrizada en mi cabeza.

Sí, valiente. –Sí, este niño vencerá el fuego, será señor de las cenizas porque de ellas hará resucitar la vida. Llevámelo todos los viernes; recibirá lecciones para ser un hombre como yo, capaz de mirar hacia adentro en los misterios del cosmos.

Yo valiente, mirando ahí donde dijo Blas, que debe ser como un gran agujero de esos peligrosos donde prohíben a los niños..

Los espero el viernes –dijo Blas-, recogió su sombrero y comenzó a retirarse en un retroceso lento, regando el humo de su incensario frente a él.

Nos abrazó a todos sin dejar de retroceder hasta que ya en el corredor, agitó fuertemente el incensario y el humo se tornó más denso, su figura comenzó a difuminarse… y Blas se deslizó, casi sin sombra, tras el humo espeso, diciendo adiós con la mano en alto, como en el parque. Después el estallido de la pólvora allí afuera, , todos suspendido en un instante sin tiempo, Blas había partido a su manera.

IV

Esos trenes nocturnos no se sabe nunca a donde van. Se puede leer el destino que nos vendieron en la taquilla, pero bien podemos amanecer en un lugar desconocido o alcanzar regiones que sólo en un tren como aquel en el que íbamos, se pueden tocar.

Hay que dormir –dijo Blas- y se colocó el sombrero sobre la cara para que no lo molestaran las luces, yo escuchaba la lluvia andar despacito como arañando las casas que ribeteaban el paso del tren

Y el tren mismo; era un agua fina que chocaba en puñados aventados por algún insomnio, contra las ventanillas herméticamente cerradas. Íbamos, según había sentenciado Blas, al lugar de los nuncas, es decir, allí donde pueden experimentarse las situaciones nunca previstas y donde pueden encontrarse las soluciones nunca jamás imaginadas. Yo no vi cuando compró los boletos, lo seguí como hacía siempre, en silencio y disciplinadamente.

Después de diez años de peregrinar junto a Blas en todas direcciones y de haber conocido cómo él podía ordenar los sucesos conforme a sus propósitos, sabía perfectamente que aquel tren podía llevarnos al paraíso o al infierno.

Yo también me puse el sombrero sobre la cara y salí AL VACÍO en busca del sueño. Siempre, en tales momentos, volví a palpar el ademán y la voz de la muchacha con manos de paloma. Muy pocas veces había sabido de ella después de que me atendió, aquella noche de diciembre.

El andamio, si, allá arriba y ella queriendo lanzarse al vacío, yo deteniéndola con mi mano, a cincuenta metros de distancia y después su vuelo transparente hasta consubstanciarse con una nube. Esa escena había sido tomada de un sueño que arribó luego que ella me curara en la farmacia de su padre. Para la Noche Buena en que Blas irrumpió en mi casa por primera vez, retomé aquellos movimientos oníricos y los trabajé con toda la imaginación  a las puertas mismas del verdadero sueño; desde entonces se me repiten casi a diario, incesantemente, pero no traen ninguna sensación de miedo o de angustia, una certeza incontrovertible ganaba el pecho y terminaba por arrullarme y entraba en el sueño con la certeza de ser valiente y de triunfar sobre el peligro; era mansedumbre y ternura en una sola bocanada sobre la frente.

Tal vez el sueño sea como una muerte reversible, por eso no me atemoricé cuando comenzaron a ingresar al vagón sujetos francamente desprendidos de esta vida.

A uno lo colocaron en el pasillo en medio de cuatro velas encendidas, mientras un coro de señoras enlutadas espolvoreaba salves y retazos de misereres en un bordoneo circular que siempre estaba iniciándose sin saber cuando concluía.

Hombres desastrados, que se quedaban flotando en el vaho crepuscular que se guardaba en el vagón hasta irse a amontonar en cualquier asiento como si alguien les ordenara los movimientos con ademanes inexorables desde el fondo de todo aquel escenario en rodante movimiento hacia los nuncas…

Cuando Blas me despertó discretamente, aquel pelotón de fantasmas había saltado ya del tren, no sólo del vagón en que viajábamos, sino de todos los demás. Rápidamente se disgregaban en un apretujamiento instantáneo que se resolvía en una dispersión de sombras.

Era apenas una estación de bandera con su rótulo en grande NUNCATENANGO. Abajo decía:  Bienvenidos.

Un resplandor violáceo me aleteó bajo el sombrero. La muchacha de la farmacia, era como si ella hubiera venido en el tren; tengo la sensación de haberla sentido, quizá visto cerca de mí. Sueños como todos los días, ella siempre se asoma cuando comienzo a dormir, sobre todo en noches lluviosas.

Unas cuantas casitas de adobe, tres perros mudos que aúllan sólo con los ojos, el aullido parece ser el primer lamento fúnebre, quizá el primer TRENO extraviado en las inmensidades del tiempo en busca de lo irremediablemente fugado.

El caserío se queda atrás y en el horizonte se insinúa un rocicler indiferente. Este debe ser el pueblo de Blas, sólo Dios sabe porqué le pusieron Nuncatenango –lugar de los nuncas-; por eso él dice que viaja a donde los nuncas. Quizás su casa esté cerca y ahí me ofrezcan café. Él dijo alguna vez que vivía solo, habrá que esperar. Camina rápido, no habla, solamente ve de reojo y me sonríe como diciendo “Ya verás”.

Las cuevas no me gustan, no es miedo propiamente; siempre he creído que en ellas se debe vivir muy feo, dicen que sólo leones… ¡Ah! Para eso trae las candelas.

-¿No hay murciélagos por aquí, Blas?.

-Sí, pero no molestan, son insectívoros, ayudan a matar zancudos.

Aunque habla casi en un susurro, su voz retumba en la cavidad abovedada. Sigo la llama de la vela y nos vamos hundiendo en el aire de los nuncas. Espero salir a flote pronto, ahora hay que tener cuidado con las estalactitas crecientes y piedras que nos rozan con sus filos.

Una suerte de altar. Blas enciende alguna leña que se encuentra ahí apilada; pronto la llama crece en medio de dos columnas; el humo provoca la huida de cientos de murciélagos. Nos vamos quedando solos con el fuego.

En un incensario quema, entre las brasas, un trocito de trapo que me explica, es la gasa que trajo, oscurecida por mi sangre, aquella noche de diciembre, cuando la muchacha con manos de paloma me curó en la farmacia.

Una vez consumida la gasa con mi sangre y las brasas, quedó en el incensario un volcancito de ceniza con el cual preparó una bebida mezclándole aguardiente y algunas yerbas; revolviéndolo todo en una jícara y ofreciéndomela, después de haber bebido, me explicó, -vamos a quedar emparentados para siempre-. En esa gasa había sangre tuya, recogida en el momento en que tuviste por primera ves la idea de que sos valiente, también había sangre mía que yo saqué de este brazo –y señaló una arteria de su antebrazo izquierdo-. Ahora beberás y quedaremos como el padre y el hijo en espíritu y sabiduría.

Alzó su jícara solemnemente, y luego me la entregó para que yo hiciera otro tanto y luego de haber bebido, quedamos como estatuas erigidas al gran misterio de la vida y de la muerte.

Entonces me enseñó a dominar el fuego, a penetrar en las llamas sin ser agredido por él, hasta encontrarla ceniza en el fondo y desde allí ordenarle que creciera o que se extinguiera.

Tal vez en una alucinación nada más, producida por el aguardiente y las yerbas que machacó en el fondo de la jícara.

En realidad, lanzarse sobre el fuego, gritar y deslizarse por entre sus lenguas, sólo puede hacerse bajo un influjo que retire de nuestra piel hasta la última escama del miedo.

¡Yo valiente, no te temo fuego infernal….!. ¡Yo te amansaré bestia brillante, quieta, te voy a partir en dos con mi cuerpo hasta encontrar el resto de lo que destruiste, y con ese resto en mis manos le devolveré el poder y la vida!.

Eso gritaba yo por instrucciones de Blas y el fuego me obedecía, y cuando retornaba al aire fresco, con ceniza entre las manos, al conjuro de mis ademanes, iban formándose nuevamente los leños que habían sido quemados.

-Claro, así tendremos leña eternamente.

-Y fuego también- dijo Blas, riéndose por primera vez con grandes carcajadas que se fueron retumbando por todos los vericuetos de la gruta.

V

La encontré exánime al otro lado del infierno. Y  todo era cenizas y humo en aquel desconcierto de retorcimientos, chirridos, asfixias… La alcé y salté entre las llamas. Ganamos una terraza, desde allí pude saltar, con mi celestial trofeo hasta una red de bomberos. Lo demás fue respiración boca a boca, palabras de aliento para evitar cualquier asomo De histeria, sorbos de agua, un poco de loción en el pañuelo y en el rostro, atrapar el vuelo de palomas de sus manos y ese despertar, todavía en medioausencia, hasta que dijo a media voz “Gracias, valiente”. Fue Blas, en realidad, quien me e llevó corriendo al incendio.

Era nuestro primer encuentro después de mi bautismo        ;  el quiso que anduviéramos por aquella ancha avenida citadina. Iba explicándome cómo, podría llegar a penetrar en los misterios del tiempo y el espacio, me faltaban muchos años de aprendizaje con el señor de la Montaña, el señor de la Hoguera y el señor del Río.

De pronto se detuvo y dijo: “Este es tu momento. ¡Vamos!” y se echó a correr, como si hubiera constatado que en menos de un minuto serrarían las puertas del misterio a      donde debíamos entrar.

Al dar vuelta a una esquina aparecieron las llamas espiando con todo el cuerpo desde los ventanales del segundo piso: el humo se enroscaba en el aire y atacaba ojos y pulmones.

Soy un bruto, me dijo Blas, hace una hora que debimos acercarnos por aquí, pero ya estábamos allí y yo debía poner a prueba mis poderes.

Blas me ordenó que penetrara hasta el último cuarto, seguí sus instrucciones en contra de la opinión de los bomberos que quisieron atajarme en mas de una ocasión. Ellos no podían atravesar el fuego como yo y se detenían un tanto absortos al ver mi intrepidez.

Cuando ella estuvo resucitada plenamente, la casa se había convertido en un volcán desordenado de hierros al rujo vivo, soleras de mampostería, cristales semi derretidos, y mucha ceniza en todas partes. Un humo cuasi negro serpenteando hacia las nubes.

Vimos a Blas que comenzaba a retroceder del otro lado del humo diciendo adiós con la mano en alto. Se fue alejando y alejando hasta que se confundió con una voluta y no lo vimos más.

Él había dicho que era mi momento, luego agregó: “Después me iré para siempre con mis hermanos al lugar de los nuncas”. Y, antes de que me hundiera en el fuego me pidió, sin que yo le tomara en serio, creyendo que bromeaba con la imposibilidad de que yo retornara de aquélla prueba: “recordame siempre, recordá a tu padre espiritual, Blas, el Señor de los Nuncas…”.

VI

El muchacho de la taquilla me hace repetir tres veces el nombre del lugar hacia donde nos dirigimos. Cortésmente me pasa una lista de las estaciones y me pide que lo señale allí. Recorro todos los nombres y no encuentro ninguno que diga “NUNCATENANGO”,como en los boletos que compró Blas hace tres años, cuando me enseñó a dominar el fuego.

Me retiro consternado con la lista en la mano.

Voy a parecer mentiroso, no debí invitarla, creerá que lo de las casitas y la gran cueva es sólo un embuste. Estoy azorado, no debo permitir que el tartamudeo se ponga a brincar en mi lengua.

Ella debe ver mis ojos anegados por una incógnita dolorosa, me dice dulcemente tomándome

Entre los arrullos blancos de las suyas: “Siempre viajé en éste tren desde que era niña, esa estación sólo existió una vez. NUNCATENANGO nunca volverá a existir hasta que la necesite otro niño valiente.

Autor: Mario René Matute

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