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Por el polvoriento camino de terracería, la mujer y su hijo, caminan afanosamente de regreso a su hogar. Esa mañana salieron de su casa con productos artesanales para vender en los caseríos al sur del municipio. Iniciaron un trayecto de cinco kilómetros al amanecer, cuando todo indicaba que sería un día soleado y con esa confianza marcharon a ganarse la vida. Pero junio es un día lluvioso en la costa y la lluvia aparece de repente. El niño camina atrás de la madre apurando sus cortos pasitos para no quedarse atrás. La madre le urge a caminar más de prisa, pues el cielo se está nublando rápidamente. Los pies descalzos y empolvados del niño, se lastiman con las piedras sueltas y filosas del camino, de vez en cuando se detiene a frotarse un pie. Con un pequeño mecapal, hecho con el delantal de su madre, sostiene con la cabeza el morral que lleva en su espalda. Para su edad la carga es pesada. El niño procura humedecerse los labios succionando el hielo desabrido de un helado que su madre le compró en la última tienda que visitaron. La carga que lleva le lastima la espina dorsal. El pequeño, sin dejar de caminar, hace unos recovecos con el cuerpo para ajustársela y que deje de provocarle las punzadas agudas que lo hacen estremecerse. La madre por su parte, lleva en una canasta, su carga que va envuelta en un pedazo de plástico.

Los negros nubarrones rápidamente cubren el cielo; ellos traen la premonición que el aguacero que se aproxima será violento. A lo lejos caen varios rayos, cuyo estruendo y luz cegadora asustan al pequeño.

– ¡Apúrese m’ijo! ¡Apúrese! – Urge la madre.
– Sí mama, corramos que ya viene el aguacero.
– Sí míjo, y lo peor es que no trajimos ni un “nailon” para taparnos.
– Así es mama, pero no se preocupe pues Jesusito nos va a cuidar. Usted dice que los niños son angelitos y que el niño Jesús los cuida. ¿Verdad?
– Sí m’ijo. – Dice la madre mientras quiere esbozar una sonrisa que en su rostro moreno más parece una mueca de amargura.

Los negros nubarrones en el cielo, tienen la propiedad de convertir al día en noche. Apenas es la una de la tarde, cuando el cielo comienza a caerse en forma de torrencial aguacero. Se cae en pedazos de agua que hieren, que lastiman la cara de los dos caminantes.

El niño, atrás de la madre comienza a elevar sus plegarias a Jesús, pidiéndole que no los alcance la lluvia y que no se mojen. Le recuerda que es un angelito, según dice su madre, y que necesitan su protección. Comienza a rezar el Padre Nuestro para que no llueva, pues aún les faltan tres kilómetros por caminar. Eleva su plegaria con inocente fervor y con todas las fuerzas de su corazón, pues sabe de las penas de su madre para proveerles alimentos. Sabe también, que su producto se va a arruinar con la lluvia; pues lo que ellos llevan es jabón artesanal.

La madre, tiene que trabajar bajo condiciones adversas, para mantener a sus tres hijos, pues el esposo, por motivos políticos está en la cárcel desde hace más de un año. Nadie la ayuda y la familia de su marido menos. Inicialmente, llegaban pero sólo para ver cómo le sonsacaban los bienes que había dejado su esposo. Se llevaron todo, incluyendo los animales, pues él se dedicaba al destace y venta de carne. Después que los terminaron, se pelearon con ella dejándola desamparada con sus hijos.

Madre e hijo caminan despacio, pues la intensa lluvia y el viento que azota, no los deja avanzar con la celeridad que quisieran. El niño sigue orando a Jesús, con una fe increíble. En su inocencia infantil, se le escucha decir que está bien que llueva, pues las siembras lo necesitan y si no, la comida escaseará; pero que no llueva donde ellos van caminando.

– Por favor señor Jesús, ¡Líbranos de la lluvia que nos cae del cielo! ¡Qué no llueva donde nosotros caminamos! Esa es la plegaria de aquel angelito bajo la lluvia y que camina a tientas con sus ojitos cerrados. De repente, ¡Oh Milagro! El niño abre los ojos y descubre que, aunque llueve a cántaros alrededor de ellos, sin embargo en el pedacito de tierra por donde ellos caminan, ha desaparecido la lluvia. – ¡Será mi imaginación! -Dice el niño. Lo cierto es que por algún inexplicable fenómeno, favorecido por el viento, el sendero por donde transitan en ese momento permanece casi sin lluvia. Al niño se le ilumina entonces la carita, sonríe y da gracias al cielo mientras la madre adelante avanza cansada y jadeando.

– ¡Gracias señor Jesús! Hiciste el milagro de detener el agua que cae del cielo. ¡Gracias!
Rato después la lluvia comienza a amainar. Así es la costa sur del país. Ahora llueve a cántaros, después sale radiante el sol. Eso pasa esa tarde. Después queda sólo una suave llovizna.
– Apúrese m’ijo que viene un carro y hágase bien a un lado.
– Mama es mi tío Paco el que viene con la camioneta. Ya lo vi. Talvez nos de jalón y así llegamos luego.
– Ese Paco, hace como que no lo mira a uno, así que mejor camine rápido. Ni se preocupe por él m’ijo.

La camioneta del servicio extraurbano de pasajeros viene a toda la velocidad que permite el camino. El niño se vuelve y sonríe con la esperanza que los reconozca y se detenga el tío Paco para llevarlos. La camioneta pasa rápidamente, justo sobre una inmensa poza que se ha formado en el camino. Una gran lengua de agua sucia baña a los caminantes. El vehículo, imperturbable siguió su marcha como si nada hubiera pasado. Después del susto el chico ríe con la inocencia propia de la niñez, mientras que la madre lanza improperios al piloto..

La criatura limpiándose la carita y con una sonrisa angelical le habla a la madre:
– ¡No se enoje mama! La culpa fue mía, por tontito, pues sólo le pedía a Jesusito que nos protegiera del agua que caía del cielo y se me olvidó pedirle su protección para la que tiran los carros.

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