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Valeria Cerezo

Ana marcó de mala gana el número de su novio. No contestó. Marcó de nuevo. Él, ante la insistencia, suspiró, alargó el meñique hacia la pantalla del teléfono.

—Mi amor… —dijo, fingiendo una sonrisa lo suficientemente buena como para que ella la percibiera del otro lado del teléfono.

—Hola, mi vida. ¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, con tono casual.

—Aquí, tomándome un traguito con mi viejo… ¿y tú?

—Qué bueno, hace ratos que no te reunías con tu papá. Yo estoy leyendo el libro que me regaló tu mamá para mi cumpleaños. Si la ves, dile que me lo estoy disfrutando mucho, ¿sí? Beso. Salúdame a don Rogelio.

—Beso, mi cielo. Yo le digo.

Colgaron.

Ana verificó que la llamada efectivamente se había cortado, y le subió volumen al televisor. Tenía que llamar a su novio, o si no, después se ofendía porque no lo había llamado. Tranquila por haber cumplido, encendió un cigarrillo. Su novio odiaba el hábito del tabaco, así que fumaba los días que no lo veía. Él ni sabía que ella seguía fumando. Lo meditó un momento y se encogió de hombros.

Su novio verificó que la llamada efectivamente se había cortado. Miró a su amigo Luis, que sacudía la cabeza. A Ana no le hubiera molestado que estuviera con Luis, pero la mentira se le había salido naturalmente de la boca. ¿Por qué había mentido si no hacía falta? Se encogió de hombros. La verdad es que hubiera preferido que su novia no lo llamara, pero si le decía que no tenía por qué llamarlo todos los días, hubiera pensado que a él no le importaba su relación.

Al otro día se encontraron para cenar después del trabajo. Ella llegó primero al restaurante. Él la miró desde la ventana: estaba viendo algo en la pantalla del teléfono; tenía sobre la mesa el libro que le había regalado su mamá para su cumpleaños. La miró fijamente por un momento: ¡qué guapa era!

Ana estaba buscando en internet un resumen de la novela para poder hacer un comentario del libro que no pensaba leer. Se había ocupado de doblar un par de esquinas de página y manchar la portada con un círculo de café y alisar el libro abierto lo más posible en algunas partes, para que el lomo se partiera un poco. Sintió la mirada de su novio desde la puerta y sonrió. ¡Qué guapo era!

Le besó la nariz y le hizo un cariño en el cabello. Ella sonrió, contenta. Él se sentó frente a ella y sacudiendo un poco la muñeca, le mostró un reloj nuevo. Ella tomó su mano y se la acercó un poco para verlo mejor.

—¡Qué lindo! ¿De dónde lo sacaste?

—Me lo dio ayer mi papá —respondió, con gesto orgulloso, llevándose la mano al pecho.

La verdad es que aquel reloj se lo había regalado su tío para alguna Navidad, pero no le gustaba y por eso lo tenía guardado y nunca lo usaba. Ella jamás lo había visto. La cuestión es que antes de salir a verla, había sentido la urgencia de hacer plausible y realista la mentira de la noche anterior. Recordó el obsequio, y automáticamente se lo puso en la muñeca. Ahora tendría que usarlo por algún tiempo, ni modo. Después le diría a Ana que se lo habían robado o que lo había dejado en el gimnasio, y ella nunca le preguntaría por qué ya no usaba el reloj que su padre le había regalado. Santo remedio.

Pidieron aperitivos y una entrada para compartir.

—¿Por qué no me llamaste hoy en la mañana? —indagó, masticando despacio una rodaja de atún tartare, que odiaba y nunca se lo había dicho, porque a él le encantaba.

—Sabía que tenías un día ocupado y no quise quitarte la concentración —mintió él.

La verdad es que no la había llamado porque esa mañana no tenía ganas, pero jamás le diría semejante grosería. Ella sonrió y le envió un beso silencioso desde su lado de la mesa. Sabía que no era cierto lo que él había dicho, pero hacerle creer que le creía era importante para no avergonzarlo.

—¿Cómo te fue hoy en el trabajo? —preguntó en respuesta.

—No muy bien… —se quejó—. Tuve una discusión con mi jefe sobre las vacaciones… Las quiere adelantar porque el fin de año va a ser muy ocupado.

La verdad es que no era cierto, pero a Ana le encantaba darle consejos laborales y ahora tendrían algo de qué charlar por un rato antes de que llegara el plato principal.

—Pues yo diría que lo mejor que puedes hacer en este caso es…

Y comenzó a darle ideas de cómo negociar la cuestión de las famosas vacaciones. La respuesta era sencilla, pero si le daba la respuesta fácil podría pensar que a ella no le interesaban sus asuntos. Él escuchó atentamente y hasta hizo un par de anotaciones en una servilleta de papel para que no fuera a pensar que no la tomaba en cuenta.

Llegó la cena.

—¿Cómo va el libro que te dio mi madre? —indagó él—. Si no te gusta, no tienes que leerlo. Ya le inventaremos algo cuando te pregunte en la próxima cena…

Ana sonrió.

—No, cariño. Me está gustando… Hay partes un poco lentas, pero el tema es muy interesante.

De inmediato se llevó un trozo de carne a la boca. Mientras masticaba podría darse tiempo para pensar en alguna otra frase convincente acerca de su mentira sobre el libro. Aunque pensándolo bien, él le había otorgado una salida fácil: le había dado su espacio para decirle la verdad: odiaba el libro. Y hasta había ofrecido ayudarla a mentirle a su propia madre respecto a un mal libro. Lo miró, sonriendo.

—En serio, el tema es interesante —mintió de nuevo, cuando finalmente tragó el bocado.

—Por eso te adoro: siempre encuentras el lado positivo de las cosas —dijo él, señalándola con el tenedor, también sonriendo.

Esa noche se fueron al apartamento de él; destaparon una botella de vino.

Se metieron a la cama. Ella no tenía ganas, pero logró fingir hasta casi creerse que de verdad tenía ganas. Él tampoco tenía ganas, pero se hubiera visto mal si no terminaban la velada con el consabido intercambio.

Se abrazaron.

—Mi amor, cásate conmigo —dijo en un arrebato de ternura. Inmediatamente le vino la idea de que tal vez era demasiado pronto, que se había precipitado.

—Sí, quiero ser tu esposa —respondió, forzando una dulce sorpresa en la voz.

Apretaron los brazos uno alrededor del otro, vehementes.

—Amor… —dijo él, levantándole la barbilla con el índice, para que pudieran verse a los ojos.

—¿Sí, amor?

—Siempre nos vamos a seguir diciendo la verdad, ¿verdad?

—Toda la vida —respondió ella, y lo besó, pensando que en realidad no estaba lista para casarse.

(Valeria Cerezo, Cosas más extrañas suceden en el mundo, Editorial Praxis, México, 2019)

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