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El mundo inventado por el capitalismo

El Colonialimo y el discurso de progreso o de desarrollo no son sino una misma máscara.

Marcela Gereda

Constantemente somos invadidos y manipulados por la publicidad que nos inventa e impone un mundo en el que nos hace sentir que valemos sí y solo sí consumimos aquellas mercancías dictadas por las grandes trasnacionales. El capitalismo salvaje va apropiándose de todo emblema que le sea útil empaquetar para echar mano y vendernos la nada.

Ejemplo de ello es la campaña publicitaria de Tigo en la que el mismísimo Tarzán volvía de la selva para decirnos: “no vivas en el pasado, desfrijolízate”. En otras palabras, “no seas atrasado, sé parte de los “exitosos” y “modernos”.

Es también desde esa falsa premisa y noción de “ilusión de la modernidad” que el capitalismo legitima su idea de superioridad de las naciones “modernas” sobre los “pueblos atrasados”.

Y es que con el surgimiento del mundo moderno, una nueva fe –la fe en el progreso– dio significado y sentido a las nociones, métodos y sistemas que dominan y mueven el mundo de hoy. Un mundo marcado por el tiempo y el reloj del capitalismo en el que /time is money/.

Es curioso, pero en este mundo inexplicable e inabarcable que habitamos, las nuevas sociedades y juventudes profesan una fe en la ciencia y la tecnología ligada a una noción ficticia de progreso y de sentirse pertenecer a una “comunidad imaginada” en la que se es válido al ser moderno y desarrollado por participar del mundo de la información y la tecnología.

La fe ilustrada en el progreso y nuestra incapacidad como sociedades de dudar de los grandes engaños del capitalismo nos llevó a transformar nuestra noción de tiempo, de mundo e incluso de quiénes somos como especie.

El antropólogo colombiano Arturo Escobar explica que se le llamó “era del desarrollo” al mundo surgido tras la Segunda Guerra Mundial, para referirse a una forma de describirlo y entenderlo en torno al proyecto de transformación de todas las sociedades particulares en sociedades desarrolladas, a imagen y semejanza de los Estados Unidos.

En el discurso de Truman de los cuarenta, el capital, la ciencia y la tecnología, eran los principales componentes que harían posibles el desarrollo solo así el sueño americano de abundancia y paz podría extenderse a todos los pueblos del planeta. La ilusión de la modernidad quedó instaurada en el imaginario colectivo de la mayoría de sociedades.

En este proceso las sociedades quedaron clasificadas en dos categorías: sociedades desarrolladas y sociedades subdesarrolladas; las primeras mostraban el camino a seguir por las segundas mediante una transformación de modernización; las segundas, si seguían el camino marcado, podrían alcanzar el nivel de vida y bienestar de las primeras.

El desarrollo del capitalismo histórico supuso algo más que acumulación de capital y autoexpansión en relaciones desiguales, cambió las relaciones sociales e introdujo en nosotros y en la percepción una nueva noción del tiempo.

El carácter globalizador de la modernidad se origina en un cambio en la organización del tiempo y del espacio. Mientras en las sociedades premodernas, el cálculo del tiempo estaba ligado al lugar, a marcadores naturales, la modernidad separa el tiempo del lugar, se produce un “vaciamiento del tiempo”. Antes el tiempo era medido por relaciones “cara a cara” hoy se miden a un /click/ de distancia.

Todo esto para decir y explicar que el gran triunfo del capitalismo es hacernos creer que somos aquello definido por esa manera de practicar y experimentar el mundo.

El Colonialimo y el discurso de progreso o de desarrollo no son sino una misma máscara para legitimar la dominación de unos sobre otros. En esta nueva era colonial llamada capitalismo, el “desarrollo” inventa publicidades, lenguajes, lógicas, indicadores, y nombres para representarnos, para denominarnos “Tercer Mundo”, y así poder ejercer sobre nosotros.

Así, uno de los grandes engaños del capitalismo es hacernos creer que la historia humana es una línea recta, eliminando la idea del tiempo cíclico y la humanidad cercana a la tierra. Imponiéndonos una humanidad deshumanizada y desconectada de la tierra, encabezada por aquellos seres “modernos” que han logrado “progresar”.

Y claro, Tigo nos lo recuerda con sus gigantografías en el Trébol donde nos dicta: “no vivas en el pasado, desfrijolízate”, como si eso nos hiciera un pelo más humanos, pero nosotros nos seguiremos resistiendo y recordando al /Grande/ Galeano que nos enseñó que el desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes y que no es más que un mito inventado por Occidente para legitimar su poder.

Marcela Gereda
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