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Mario Roberto Morales

En Un mundo feliz (1932), Aldous Huxley nos sumerge en una sociedad futura en la que las personas no nacen, sino son creadas en laboratorios y programadas para no cuestionar la casta a la que son asignadas y para sentirse satisfechas trabajando sin pensar. El sueño de las élites económicas de organizar y ejercer un control poblacional absoluto, se soluciona aquí creando una humanidad de laboratorio.

La novela anticomunista de George Orwell, 1984 (1949), imagina este control poblacional como un monitoreo perenne de la mente individual y colectiva por medio de una ubicua vigilancia electrónica por parte del Gran Hermano o Hermano Mayor, que es la personificación virtual del poder totalitario sobre la conciencia de una colectividad obediente y temerosa de llegar a pensar por su cuenta. No fue el comunismo, sino el capitalismo el que cumplió esta lúgubre fantasía.

Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury, traza este futuro de control poblacional absoluto con la recreación de un mundo en que la lectura está prohibida por el Estado para impedir sentir y pensar, y en que los bomberos se dedican (no a apagar incendios, sino) a quemar libros, de modo que su herramienta no es una manguera, sino un lanzallamas que reduce a ceniza todos los impresos a su alcance.

En Un mundo feliz se afirma que “62,400 repeticiones hacen una verdad”, prediciendo así la técnica de la repetición de una mentira como forma de tornarla en su contrario, que tanto fascinó a Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, y que es uno de los fundamentos del libro Propaganda, de Edward Bernays, autor intelectual, entre otras “hazañas” similares, de la guerra psicológica contra el gobierno de Arbenz. También es fundamento de la “teoría de la acción política no-violenta”, de Gene Sharp, la cual sirve para combinar golpes de Estado blandos perpetrados mediante la lawfare o guerra legalista ―y no mediante el cambio estructural sistémico― contra la corrupción pública, y revoluciones de colores o manipulaciones mediáticas de masas que protestan en las plazas convocadas por las redes sociales; todo, para quitar y poner gobiernos convenientes o no a los intereses del establishment.

En 1984 se asevera que “Nada hay que temer de los proletarios. Dejados aparte, continuarán de generación en generación y de siglo en siglo trabajando, procreando y muriendo, no sólo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin la facultad de comprender que el mundo podría ser diferente de lo que es.” Lo cual ilustra el apetecido ideal de la oligarquía financiera global de dividir al mundo (ya no en clases, sino) en castas, como en Un mundo feliz, regidas por una minoría que decide el curso de sus vidas dedicadas al trabajo.

En Fahrenheit 451 se indica que “El televisor es ‘real’. […] Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. […] Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando las letras de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado. Atibórralos de datos […], lánzales encima tantos ‘hechos’ que se sientan abrumados. Entonces tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices. No les des filosofía o sociología para que empiecen a atar cabos. […] Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar […]”. Lo cual ilustra el mundo entretenido y acrítico actual, poblado de sujetos felizmente masificados en su iluso individualismo.

No cabe la menor duda: el futuro llegó ayer.

En 1984 se asevera que “Nada hay que temer de los proletarios. Dejados aparte, continuarán de generación en generación y de siglo en siglo trabajando, procreando y muriendo, no sólo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin la facultad de comprender que el mundo podría ser diferente de lo que es.”

Publicado el 27/01/2021 en elPeriódico

Fuente: [www.mariorobertomorales.info]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Mario Roberto Morales
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