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Jaime Barrios Carrillo

Hemos visto en esta época de pandemia la evolución de una nueva conciencia universal sobre el bienestar de la humanidad. El malestar por los efectos del coronavirus ha llevado a cambios de actitud, a reflexiones profundas de muchas mentes en amplios estratos sociales que ven ahora el mundo desde una perspectiva diferente. La cuestión del cambio social y la justicia global han vuelto porque el virus ha evidenciado el abismo entre países ricos y pobres, también a los gobiernos paralizados por la corrupción e ineficacia (Giammattei) y a los regímenes autoritarios de derecha (Bolsonaro). A estos dos mandatarios se les podría preguntar: ¿Dónde están las vacunas doctor Alejandro? ¿No que no existía el virus capitán Bolsonaro?

El dilema de la permanencia y el cambio ha acompañado a la humanidad desde siempre. En un sentido positivo y proyectivo, el ser humano ha desarrollado grandes conocimientos con la ciencia, la tecnología y las artes. Ha sido un proceso civilizatorio de miles de años. Como en todo proceso es el cambio lo que caracteriza el desarrollo frente a la inmovilidad.

Un virus microscópico ha creado colosales problemas en el mundo, comprobándose que muchas estructuras no responden a los intereses generales de la sociedad sino a grupos privados, por ejemplo los servicios de salud. La emergencia sanitaria ha exigido la primacía del bien común. Los diferentes Estados alrededor del planeta han tenido que actuar sobre los intereses del mercado. La vida humana antes que la economía. En síntesis, la pandemia desnudó la desigualdad en el mundo y se ha hecho patente la necesidad de reformas que fortalezcan el sector público y propicien la igualdad. Desde luego que no solo se trata de darle más recursos al Estado, sino de efectivizar la acción del mismo en donde juega un papel esencial la eliminación de la corrupción.

La desigualdad será la gran cuestión cuando la emergencia sanitaria se haya superado. Al neoliberalismo se le acabó el discurso y a lo más que pueden llegar es a seguir hablando a solas, dándole la espalda a la realidad. La pandemia ha venido a demostrar también el valor de solidaridad. De nuevo hemos visto aportes fantásticos en todo el mundo de voluntarios y profesionales que incluso con riesgo de su salud e integridad física están diariamente trabajando en el combate al coronavirus.

Es conveniente recordar que la colosal faena por lograr la igualdad de la humanidad tiene viejos orígenes y no es cuestión que nació en nuestra era. Las revoluciones burguesas europeas, sobre todo en Francia en 1789 sentaron las bases para la construcción de la sociedad moderna. El principal cambio fue la creación de la ciudadanía. El ciudadano vino a sustituir al súbdito y la república a la monarquía. Lo anterior permitió el advenimiento de la democracia cuyo fundamento fue la gestión y el manejo del poder como representación de la sociedad. El Estado de derecho y la democracia son dos caras de la misma moneda y presuponen la igualdad ante la ley y el cumplimiento de la misma. Al mismo tiempo que se parte de la garantía de que las leyes sean producto del poder legislativo constituido por verdaderos representantes del pueblo y no por una clase política oportunista y altamente corrupta.
La igualdad se convirtió en un tema obligatorio de los filósofos y pensadores de la llamada Ilustración. Por ejemplo, Jean Jacques Rousseau (1712-1778) levantó una teoría sobre las causas de la desigualdad y su relación con el contrato social o sea las formas que adquieren el Estado y sus instituciones. Otro filósofo, Voltaire (1694-1778) profundizó en el valor de la razón y del conocimiento, la ciencia como guía del espíritu humano y por tanto la búsqueda de la verdad. Voltaire preconizaba al mismo tiempo la libertad como un atributo esencial de la vida humana, lo que lo llevó a ser un defensor acérrimo de la tolerancia y un precursor de la libertad de conciencia y de expresión que caracterizan la moderna democracia. Voltaire afirmaba “aborrezco vuestras ideas pero seré el primero en luchar por vuestro derecho a expresarlas”.

La actual emergencia sanitaria ha producido un replanteamiento de las economías mundiales y cambios geopolíticos que se expresan en una lucha y enfrentamiento de los poderes globales y los nuevos bloques mundiales. Pero también ha hecho evidente que la vía neoliberal de otorgarle poderes casi mágicos al mercado en la asignación de recursos no solo es falsa sino peligrosa.
La democracia representativa como modelo impulsada por los países occidentales y algunos orientales (Japón, India) avanzó globalmente desde principios de siglo pero en grandes partes del mundo no se ha superado la pobreza. No obstante, los avances democráticos de la humanidad se vieron fuertemente contrarrestados por los grandes capitales financieros que no conocen patrias sino intereses y que se trasladan a la velocidad de la electrónica. Crisis bursátiles, desempleo y migraciones forzadas resultaron parámetros indiscutibles de que la desigualdad seguía imperando en el mundo. En otras palabras, la expansión de la pobreza y la concentración de la riqueza van a la par y son causa y efecto mutuos del desarrollo desigual y combinado.

La pandemia del coronavirus confirma que la pobreza en todas sus formas es negativa para la humanidad. Ya es una cantaleta absurda del trasnochado anticomunismo insistir en que la pobreza es un invento o un arma del comunismo internacional y el llamado castro chavismo. También está ya muy gastado el discurso inhumano neoliberal del egoísmo y que la pobreza no tiene causas. La pobreza expandida en el planeta es el indicador más veraz, con todo su dramatismo, de que la desigualdad debe disminuirse, combatirse, reducirse al mínimo, y en su lugar tengamos un mundo más democrático donde la igualdad, la libertad y la fraternidad sean la trilogía imperante.

No debe olvidarse que la segunda década de este siglo comenzó con grandes movilizaciones sociales en todo el mundo que tenían en común los deseos de millones de personas por cambios sociales. Rechazo al neoliberalismo en Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Líbano, Irak, Francia, etcétera. Un común denominador de las protestas fue la falta de credibilidad en los partidos políticos tradicionales. No se trataba de derecha ni de izquierda sino de llano descontento con el nivel de vida, rechazo a los embates de la pobreza en la salud, la educación, las jubilaciones y en la seguridad ciudadana. Las masas cuando ya no aguantan exigen soluciones. La ideología como falsa conciencia puede adormecer y engañar pero no puede darles de comer ni proporcionar vivienda ni escuela. Y menos salud.

Volvamos al principio, a reflexionar sobre los grandes esfuerzos que millones de seres humanos hacen de manera solidaria en estos dramáticos momentos. La pandemia vino a golpear a la humanidad pero la lucha contra este mal ha sido enorme y admirable. Nos encaminamos hacia un renovado humanismo. Cuando el coronavirus se haya superado se tendrá que levantar un mundo nuevo donde la salud ocupe el puesto fundamental como derecho humano. No olvidemos, hay que repetirlo una y otra vez, que la principal causa de la mala salud sigue siendo la pobreza: hambre, falta de higiene y agua potable. La mala nutrición produce organismos propensos a enfermarse. De ahí que deben superarse las carencias en los hospitales, dispensarios, clínicas de todas las especies y personal calificado. La salud es un asunto público y por tanto estatal. “La salud debe ser nuestro máximo tesoro”.

El Estado de derecho y la democracia son dos caras de la misma moneda y presuponen la igualdad ante la ley y el cumplimiento de la misma. Al mismo tiempo que se parte de la garantía de que las leyes sean producto del poder legislativo constituido por verdaderos representantes del pueblo y no por una clase política oportunista y altamente corrupta.

Fuente: [elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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