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Desde antes de su paso por la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México y la British Columbia University, la vehemencia literaria de Julio C. Palencia ya estaba marcada por la respiración apacible del gran maestro vietnamita Thich Nhat Hanh.

Robert Graves avistó en los poetas de Irlanda, el País de Gales y Hungría esa respiración y los llamó hacedores. La editorial mexicana/sanmarquense Praxis divisó en Palencia un hacedor y por ello le publicó entre 1989 y 2013 cuatro libros a los que hoy agrega En despoblado, su obra más reciente que motiva este intercambio de preguntas y respuestas en silencio multiplicado por 2 mil kilómetros de distancia y una hora de diferencia.

JL Perdomo Orellana

Algunos de los poemas que incluye en su nuevo libro están dedicados, pero las 156 páginas que lo integran no. ¿A qué obedece su decisión de dedicar ciertos árboles, pero no el bosque?

No hay a quién o a qué dedicarle estas líneas. El espíritu está en despoblado, una especie de sueño tipo Inception, cayéndose a pedazos.

La que podría llamarse «segunda parte» de su libro tiene un título perfecto: «La soledad del número uno». ¿Por qué prefirió titularlo En despoblado?

Esa segunda parte se llamó primero «Los melcochosos somos los de enmedio», en horror a la clase media. Paolo Giordano escribió la novela La soledad de los números primos, y aunque son cosas distintas, preferí no llamarlo La soledad del número uno, título que pareciera metafísico o religioso, y lo es. El Uno, lo Uno es Dios, Dios y su sombra, ese ente solitario esquizofrénico que por humildad o por miedo habita en todas las cosas pequeñas.

¿Cuánto de usted hay en «la mirada agradecida del hombre triste/ que no cultiva flores para no ver cómo se marchitan»?

El varón, el hombre materializado en estas líneas es Mario Matute. Las líneas vienen de la certeza de que la belleza, la amistad, el agradecimiento y el amor son lo único que nos restauran de manera provisoria a la existencia anodina que sobrellevamos antes del derrumbe del ser humano.

¿Cuánto hay de Carlos Humberto López Barrios, su editor, quien ha dicho que quienes cortan flores son asesinos?

Carlos López, además de ser uno de los eruditos más importantes del idioma español, es un jardinero delicado y dedicado. Hay mucho más que una flor involucrada en esa aseveración y lleva dedicatoria: a torturadores y asesinos responsables de la sangrienta historia guatemalteca.

El Uno, lo Uno es Dios, Dios y su sombra, ese ente solitario esquizofrénico que por humildad o por miedo habita en todas las cosas pequeñas.

Los pasos del «Hombre con cigarro […] van acompañados/ de zapatos que de servir a otros/ han terminado por servirle a él;/ hombre, zapatos y camino, los tres hasta el final». ¿Qué acompañan los pasos de usted?

La unicidad es una ilusión. No hacemos sino repetir lo que otros han bregado y caminado por miles. Las generaciones humanas nacemos con los mismos sueños y las mismas taras. Si llegáramos a vislumbrar de qué se trata el juego trágico-cómico de la existencia, nos veríamos a nosotros con tristeza y lástima.

En un mundo descoyuntado por la sevicia del terrorismo «sanitario» programado, ¿todavía queda «un refugio seguro» como «La Virginia», o sólo el recurso de la memoria vuelta poema?

La Virginia es un agradecimiento debido y merecido. Y una mujer amada siempre es el refugio más seguro. La mujer es lo más cercano al paraíso.

¿Se ha vuelto viejo o más joven un padre de 85 años que aún «tiene la certeza/ de que el mundo será mejor de lo que es»?

Mi padre es el revolucionario eterno, el romántico empedernido, el del sueño colectivo aún vigente. Mi padre se recrea en el aire puro de la patria a pesar de tanto dolor y sangre. Representa a una generación perdida, como nosotros representamos a lo que quedó de la nuestra.

¿Cuánto del gran maestro vietnamita Thich Nhat Hanh hay en líneas como éstas: «se nace completo/ al aire, a la luz,/ al regazo/ de una sola patria llamada Tierra». […] «No mires la vida desde la ventana: que te empape la lluvia,/ que te caguen los pájaros./ Anda el camino que se muestra ante ti a cada paso»?

Si te dijera que no, sería una verdad a medias. Sí están mis años de práctica budista en las líneas que mencionas.  Thich Nhat, Jiddu Krishnamurti y Emil Cioran contrapuestos. El budismo es una balsa que te ayuda a cruzar el río, pero no continuarás el camino con la balsa a cuestas.

En «Al sur de tu mirada» hay una mujer que «se hizo poeta en Santiago». Más de alguna militante feminista podría corregirlo y decirle que se hizo poetisa. ¿Qué le diría?

Que cada quien le llame como quiera, para mí hay poetas, mujeres u hombres, y nada más.

¿Cuánto de Manuel José Arce hay «En su condena, general»?

Por supuesto, está la marca de Manuel José Arce y su gran poema «General». Él y yo tenemos en común aborrecer al mismo apéndice dañino que se ha apropiado de la vida social y política en Guatemala.

¿Está cerca el día de que en Guatemala se detenga la «lava antropófaga» que usted señala en «Xibalbá no queda lejos»… o habrá que esperar el corte final del fin del mundo anunciado a diario por los evangelistoides?

Por desgracia, no. El pueblo guatemalteco se ha desfigurado ante tanta  tragedia, ante tanto dolor que dura al menos 500 años. Xibalbá es el día a día, es nuestra cotidianidad llena de odio. Somos el mejor laboratorio para que turistas estadunidenses o europeos curiosos estudien la manifestación de estos sentimientos extremos.

Mi padre se recrea en el aire puro de la patria a pesar de tanto dolor y sangre. Representa a una generación perdida, como nosotros representamos a lo que quedó de la nuestra.

Concluye usted «El escritorcito» con estas líneas: «La palabra también tiene precio/ y puede ser puta». ¿Estaba pensando en los llamados premios literarios que editoriales tiburoneras, casi todas gachupinas, suelen dar con un año de anticipación a mecanógrafos que aún no han escrito la supuesta novela o el ensayo o el libro de sedicentes poemas?

No. Mira, si leyeras un libro por semana, leerías en total 50 en un año. Si lees 50 años a ese ritmo imposible, leerías cerca de 2,500 libros en tu vida. La literatura para pasar el tiempo o entretener no me interesa, la mejor narrativa del siglo xxi ha sido escrita por la ciencia. No me refiero a los que «escriben ajeno», hablo de los que venden su conciencia, de los que esconden sus ideas entre tanta palabrería, al que engaña deliberadamente.

En la página 42 de su nueva obra aparece el poema «Nuestras hijas», que reaparece en la página 132 (sin título). ¿Hay algún misterio en esta reiteración?

Ningún misterio, no tengo hijas. Soy un convencido adorador de la grandeza de lo femenino.

¿Adónde remite a sus lectores con esta certeza: «(Nadie lo sabe, pero los fotones son hembras.)»?

El poema no es fácil, lo intuí desde el primer momento. Y quizá su dificultad no lo haga un buen poema. Mi afición por la física me hace ver a los fotones como entes femeninos que lo permean todo.

La línea «Pero hoy sólo la orfandad es cierta», del poema «Las cuatro estaciones», ¿no está que ni mandada a hacer para una esquela del año más infame en lo que va del siglo xxi?

El ser humano es capaz de las peores atrocidades, es el peor enemigo de sí mismo, persiste en la destrucción. La orfandad es un sentimiento que nos viene de lejos, va y viene entre los siglos. Hace 70 años fue la Segunda Guerra Mundial, para nosotros en Guatemala es la poscacería sanguinaria de la que fuimos objeto.

Al escribir usted «En nuestro espíritu/ hay un fuego no resuelto:/ es el vejamen que se respira,/ es la impunidad para degradar al otro,/ es la justicia sesgada/ y con precio», ¿hizo una radiografía de la llamada nacionalidad guatemalteca?

José Luis, ¡qué bonito es ser guatemalteco! Es la antesala del infierno, según Cardoza y Aragón.

 «La soledad del número uno/ va acompañada de su sombra. (Nosotros creemos que son dos.)», dice usted en la página 80. ¿Fueron las matemáticas las que lo llevaron a la esfericidad de esas líneas?

Soy un hombre extremadamente religioso con afición por las ciencias, las matemáticas, la física, la poesía. He aprendido a vivir lejos de la religión, lejos de la idea de Dios. Somos hechos a la imagen de Dios, pero igualmente lo es el grillo y lo es la cucaracha. Si es Dios, lo es para todo lo existente.

Dice usted en la página 92: «Hay batallas que ni siquiera imaginamos,/ pero que otros/ están librando ya por nosotros». ¿A qué batallas se refiere y de dónde saca usted tanto optimismo?

Parece optimista, pero no lo es. Es un sentido reconocimiento a Aaron Swartz, Hijo de la Internet, autor del Manifiesto guerrillero de la internet, impulsor de una internet libre y un conocimiento científico compartido entre todos los países. Se suicidó a los 27 años. Un genio, un gran hombre.

En las páginas 125 y 126 dice usted: «Patria casa de todos,/ recurrente sueño y pesadilla,/ negado sosiego,/ el más imaginado universo». […] «No he podido decir te amo/ sin maltratarte./ No has podido decirme hijo/ sin echarme de tu casa». ¿Es un homenaje a Asturias, Monteforte, Monterroso, Illescas, Cardoza?

Es un homenaje a toda persona nacida en Guatemala. Es un reconocimiento a quienes han migrado por motivos políticos o económicos.

 «Sin voz,/ sin rostro,/ sin derecho,/ sin humanidad,/ sin esperanza,/ en completa carencia de todo. Ése es el perfil que nos pide el Primer Mundo», ¿es otro epitafio para este año saturado de condenas?

Así nos quieren, doblegados. Y no hay manera de decir basta. Tenemos países arrodillados, sin voluntad y sin rumbo.

¿Dónde está ubicado el «paraíso de Magdala» y qué hay en él?

El paraíso de Magdala es la mujer misma, María Magdalena. La mujer nos salva de la condena total en el abismo de la existencia. Salvación mutua, llama doble, luz.

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