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Interculturalidad: la propuesta de Miguel Ángel Asturias

Mario Roberto Morales

La articulación de la americanidad como dinámica intercultural de un sujeto popular interétnico, sólo podía realizarse en la imaginación y la fantasía estéticas de los escritores, porque en lo concreto político y económico ha sido imposible llevarlo a la práctica, dada la todavía vigente matriz oligárquica del capitalismo latinoamericano. La inverosimilitud de las acciones narradas, como norma que articula el realismo de las emociones de los personajes mágicos en sus historias, así como el lenguaje barroco empleado para expresar un mundo enrarecido por los aires sobrenaturales de las mitologías, es precisamente el mecanismo que Miguel Ángel Asturias asume para construir un sujeto interculturalmente mestizo, en el que las diferencias no desaparecen, sino que se articulan en infinidad de maneras diversas, originando una gran variedad de mestizajes distintos.

La formación del sujeto

En el caso de la pieza “Cuculcán”, contenida en las Leyendas de Guatemala (1930) –que es la que nos ocupará para ilustrar la construcción de este sujeto–, la tradición popular que la sustenta está remitida al pasaje del Popol Vuh en el que Vukub Caquix, falso dios engañador, se precia narcisistamente de sí mismo, y funciona en esta pieza como intertexto, ya que Vukub Caquix aparece como un guacamayo que juega el papel de espejo distorsionador de la personalidad de Cuculcán, según la conocida leyenda de la Serpiente Emplumada.1

En efecto, Guacamayo es el espejo que quiere causar la perdición de Cuculcán en esta propuesta escénica, y esto nos remite al intertexto de la leyenda original, la cual, en una de sus versiones, cuenta que Kukulkán es seducido por su propia vanidad al serle presentado un espejo para que se admirara a sí mismo, por parte de Tezcatlipoca o Espejo Humeante (el lado negativo de sí mismo). Las identidades o reflejos especulares de nosotros mismos son, pues, una ilusión que nosotros contribuimos a crear debido a que tenemos no una sino varias posibilidades identitarias o, por lo menos, dos, contrarias y complementarias, como en las deidades duales precolombinas. Lo ilusorio de la identidad es el hecho que ratifica la función engañadora y, a la vez, afirmadora del espejo como objeto o procedimiento imprescindible para tomar conciencia de quiénes somos. Por eso el tema de lo ilusorio, o, mejor, de la vida como una ilusión que no lleva sino a la sucesión circular de acontecimientos y temporalidades, es el asunto central de la pieza “Cuculcán”.

Tezcatlipoca, en la tradición dualista de las deidades mesoamericanas, es el lado oscuro de Kukulkán, su otro yo, su contraparte constitutiva, su espejo distorsionador. Kukulkán es dual, como lo es todo en el universo de los mesoamericanos: bueno y malo, femenino y masculino, positivo y negativo, sol y luna. El espejo representa también la partición individual que debe restaurarse en la unidad consciente que proclamaba la moral kukulkánica, aunque, en Asturias, el uso constante de las polaridades sirve a su propósito de situar acciones y personajes en el espacio (vacío) existente entre las mismas, sin optar por una o la otra, sino buscando siempre constituirlas como identidades interculturalmente mestizas en el limbo que se halla al centro de la partición. En otras palabras, Asturias no opta ni por la ladinidad ni por la indianidad.2 Su objeto de deseo no es una u otra polaridad, no quiere dejar de ser ladino para volverse indígena, sino aspira a constituirse como alguien que, sobre la base ladina e indígena, se construya como heredero y prolongador de ambas tradiciones culturales sin por ello negar a ninguna y sin por ello suponer o proponer un mestizaje y una mezcla felices, una licuefacción de las diferencias, un melting pot. Asturias imagina un sujeto interétnico e intercultural en quien las diferencias siguen siendo diferencias, pero articuladas. Claro que la articulación de las diferencias está mediada por la extracción de clase, la etnia y el género. En tal sentido, la articulación que Asturias imagina es una articulación que, además de ser popular, es también democrática. Todo, por supuesto, desde una posición ladina. Es popular porque, en parte, su materia prima es la tradición oral y las culturas indígenas, así como las hablas populares ladinas. Es democrática porque no opta por ninguna polaridad sino por rellenar la escisión al centro de las polaridades. Y es ladina porque en parte su materia prima es la tradición literaria occidental. Su mestizaje no es, pues, cualquier mestizaje. No se trata de los sueños vasconcelianos de una “raza cósmica”, ni de la mezcla feliz (o infeliz), ni del asimilacionismo ladino guatemalteco. Su mestizaje, como propuesta política, es un mestizaje intercultural, interétnico, interidentitario, diferenciado, popular y democrático.

La formación de la identidad

“Cuculcán” es una reelaboración lúdica de la leyenda de la Serpiente Emplumada, Kukulkán, para abordar el problema de la identidad como construcción. Cuando Cuculcán exclama: “¡Soy como el Sol!”, Guacamayo el Engañador riposta corrigiendo: “¡Eres el Sol, acucuác, eres el Sol!” El espejo le devuelve a Cuculcán una imagen falsa de sí mismo por medio de la cual se le quiere hacer creer que es lo que no es. Este espejo engañador –que es Kukulkán mismo en su aspecto negativo– quiere igualmente propagar la especie de que nada es real, validando así su propia naturaleza, que es la de reflejar lo real y no la de ser real (sino nada más una imagen o reproducción o reflejo de lo real), por eso dice: “…¡Nada existe, Chinchiribín, todo es sueño en el espejismo inmóvil, sólo la luz que cambia al paso de Cuculcán que va de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a la mañana, hace que nos sintamos vivos! […] ¡La vida es un engaño demasiado serio para que tú lo entiendas, Chinchiribín!” Instrumentalizando el enamoramiento de Chinchiribín por Yaí, la doncella que será de Cuculcán esa noche y que a la mañana siguiente será sacrificada para que no tenga descendencia, el Guacamayo quiere eliminar a Cuculcán, a su lado luminoso, en una metáfora de la lucha interna entre el bien y el mal y de la autodestrucción que implica transitar inconscientemente de una polaridad a la otra. Para ello, quiere vaciar de contenidos la conciencia de Chinchiribín diciéndole: “Todo lo que somos es memoria cuando creemos ser nosotros mismos.” Este brutal relativismo acerca del presente y el pasado, que queda metaforizado en el poder modificador del espejo, sirve al pelo a Asturias para expresar el carácter dual complementario de todo lo real, cuestión que emblematiza la Serpiente Emplumada como símbolo e icono de la unidad de contrarios (reptil-ave, cielo-tierra), cuando pone en boca de la Tortuga con flecos la idea andrógina de que: “…el hombre es… Es una mujer, sólo que en hombre…”. Este carácter ilusorio, relativo, dual, disglósico de la identidad y la realidad es propuesto como constitutivo del universo por el mismo Cuculcán quien, al expresar el carácter engañador del Guacamayo, dice también, cuando Chinchiribín quiere matarlo con su honda: “¡No, el Guacamayo es inmortal!” Por su parte, Chinchiribín metonimiza la naturaleza del Guacamayo extendiéndola a las relaciones económicas de los seres humanos y, quizás, específicamente, al capitalismo (que estaba siendo cuestionado por los surrealistas en el París de la primera postguerra, cuando Asturias frecuentaba sus tertulias), afirmando: “Un mercado es como un Gran Guacamayo, todos hablan, todos ofrecen cosas de colores, todos engañan…”

Sólo el tiempo es real en esta visión especular de la existencia en la que Cuculcán pasa de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a la mañana modificando la luz con la que vemos las cosas y la imagen de nosotros mismos en la versión de la memoria (otro espejo). Cuando Yaí quiere reivindicar la permanencia de lo real, le dice al Guacamayo: “¡El amor es eterno!” A lo que éste responde: “¡Es eterno, pero no en el Palacio del Sol, en el Palacio de los Sentidos, donde, como todas las cosas, pasa, cambia…!” Luego le indica que lo que amará esa noche es “un engaño, producto de un juego de espejos, de un juego de palabras”, y que, para juntar la imagen con la realidad de la persona amada, ella debe escapar de la muerte que la espera. “Tú dirás cómo…”, le responde Yaí, y el Guacamayo sentencia: “En tus manos está…” Yaí replica todavía: “¿Y cómo podrán mis manos luchar contra una imagen que está en un espejo?” “¡Ábrelas!”, le espeta el Guacamayo, y al hacerlo, Yaí descubre desconcertada: “¡Son dos espejos!”. Guerra de imágenes, guerra de versiones de lo real (que está en otra parte), la vida es una construcción cultural, y la identidad también. Después de todo fue Tezcatlipoca, el Espejo Humeante, quien le hizo ver a Kukulkán (su alter ego) que tenía rostro, es decir, que tenía una identidad, y se la falseó provocando su ruina temporal. La redención de Kukulkán implicó recobrar los huesos de sus ancestros, es decir, su memoria y el sentido de esa memoria: su identidad reconstruida, incorporando a Tezcatlipoca y sus secretos a su propia persona. Es decir, integrándose como un sujeto plural y a la vez unitario.

La clave

Esta incorporación unitaria de identidades que (como todas las identidades) son ilusorias por ser meros reflejos de algo concreto que es desconocido, quería ser (en Asturias) igualitaria y por eso requirió una reinvención de la realidad precolombina y colonial que sólo podía hacerse en términos poéticos, imaginativos, lúdicos y oníricos. Este operativo metafórico asturiano da inicio con los primeros dos textos de Leyendas de Guatemala, que constituyen la declaración de principios que Asturias ofrece al lector, y la clave de sus desarrollos estéticos posteriores.

La construcción de su sujeto literario es, pues, una construcción deliberada y asumidamente híbrida, mestiza, que equivale a una propuesta de construcción de un sujeto político consciente de los componentes contrarios de su ser. Esta, sueña Asturias, es la clave de la originalidad cultural de América Latina. Tal operativo es realizado por nuestro autor desde la posición social y étnica que le tocó vivir. Para decirlo en términos guatemaltecos, su operativo cultural es un operativo eminentemente ladino: una apropiación ladina del componente indígena de su identidad y su cultura, el cual había permanecido negado en él y en toda la ladinidad.

La interetnicidad e interculturalidad de su sujeto, que Asturias proclama en el inicio de las Leyendas… es el eje ideológico de toda su obra, el cual fue desarrollado en forma sistemática en Hombres de maíz y Mulata de Tal, sobre todo. Antes, en las obras parisinas y vanguardistas, también este es el principio estructurador de sus textos, si bien en ellas es abordado más intuitivamente. Luego aparece y desaparece, como en El Señor Presidente, en donde se evidencia sobre todo en el capítulo El baile de Tohil, en Tres de cuatro soles y en otros textos. Con esta clave en nuestro poder, es posible abrir la puerta del laberinto asturiano y leer su propuesta estético-política a la luz que ella nos brinda •

Notas
1. Cada vez que nos refiramos a esta pieza asturiana, respetaremos la grafía utilizada por su autor, es decir, la palabra Cuculcán escrita con c y no con k, como usualmente se escribe cuando nos referimos al dios precolombino del mismo nombre.
2. La palabra “ladino” se usa en Chiapas y Guatemala para referirse al sujeto que no se autoidentifica como indio o indígena (aunque fenotípica y lingüísticamente lo sea). El término es una deformación de “latino”, para referirse al sujeto colonizado ya castellanizado (idioma latino) y cristianizado (religión latina). Es el caso del indio ladino, parecido al del judío ladino peninsular).

*Fragmentos del libro Estética y política de la interculturalidad (Guatemala: Editorial Cultura, 2017).

Fuente: [http://semanal.jornada.com.mx/2017/02/24/interculturalidad-la-propuesta-de-miguel-angel-asturias-7020.html]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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