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Otto René Hernández García

Ciudad de México, 31 de marzo de 2020

A partir del 20 de marzo el gobierno de México llamó a la población al confinamiento de Fase I, que consiste en cerrar centros educativos y algunas instituciones y servicios públicos. La pandemia mundial del coronavirus nos puso en alerta y por si fuera poco nos hizo entrar en un estado atento y vigilante. A estas alturas existe una desinformación terrible en la población, sobre todo en los cinturones periféricos y el Estado de México, lugar en donde aún circula una gran cantidad de población en las calles y un comercio informal impresionante. Mis pacientes me hacen preguntas entre la seriedad y la incredulidad, producto del engaño, burla y escarnio que sufrieron por parte de gobiernos neoliberales por más de 30 años. No creen en nada, ni siquiera en esta brutal pandemia que azota países enteros. Ayer me comuniqué con mi familia al noreste de Norteamérica, en donde después de 15 días mi extraordinaria y ejemplar compañera, madre de mi hija mayor, junto a mis nietos permanecen confinados por orden del gobierno.

Sin alarmarlos y sin crear pánico en mi hija y nietos decidí hablar solamente de esta grave situación con mi compañera a quien le externé mi profunda solidaridad y amor a todos esperando que les fuera lo mejor posible en esta grave crisis de salud mundial.

Si algo ha caracterizado a mi compañera es su temple y acero en las peores circunstancias, jamás ha perseguido figurar y mucho menos levantar la mano para ser reconocida, aún cuando podría llevarse las medallas que nadie pudiera imaginar.

Recuerdo su brillante participación en la guerra en Nicaragua en la década de los ochenta y sus años en el Hospital Trinidad Guevara en Matagalpa junto a la brigada médica Cubana “Ernesto Che Guevara”, la madre de las brigadas, así como su brillante paso por el Hospital Fernando Vélez Paíz en Managua. Sin mencionar lo grande que fue en su natal Guatemala durante la guerra interna en la década de los setentas. De tal forma que esta pandemia del coronavirus y la economía de guerra que se cierne sobre la humanidad no la dobla ni la despeina.

La ternura y seriedad con la que me habló anoche fue notable, la formalidad con la que abordó el tema de la pandemia del coronavirus fue extraordinaria: me dijo, con voz pausada, que estos tiempos ya los habíamos vivido y recordó con un tono de nostalgia e indiferencia la actitud mezquina, arrogante y destructiva de los responsables de ORPA en Managua y en general de la mal llamada dirección de la URNG en esos años. Me dijo, «me siento como cuando estaba presa en la casa de Angel Sánchez Viezca en el kilómetro 13 carretera sur en Managua a finales de 1981, me siento como cuando estábamos detenidos en la casa del Barrio Eduardo Contreras y llegaba la mujer de Héctor Nuila Ericastilla, Rosario, a confrontar a medio mundo en medio de una tragedia que pronto cargarían a cuestas: el fracaso».

«Me siento como cuando asesinaban a jovencitas guatemaltecas por la espalda, por el sencillo hecho de haberse fugado de sus captores en Guatemala, hechos perpetrados entre otros por Yolanda Colom Caballeros, Alba Estela Maldonado y Gustavo Meoño.»

«Así me siento, presa, impotente y esperando de otros mi futuro. Si en esos años salimos con vida, a pesar de la profunda descomposición que se apropió de la izquierda guatemalteca y del glorioso, hoy no me molesta las proporciones del conflicto sino sus consecuencias.»

Sus palabras fueron tan maduras cargadas de una emotividad que me hizo regresar a nuestra juventud en un segundo. Me hizo reflexionar sobre lo duro que es el confinamiento para mis nietos, así como lo fue para esos niños que vivían en la casa de Angel Sánchez Viezca, los cuales cuando ya no pudieron evitar que nos visitaran en nuestro cuartito prisión, solos llegaron a presentarse pues se dieron cuenta que tenían dos personaje que nunca volverían a ver.

Jamás se imaginarían Hector Nuila Ericastilla y Angel Sánchez Viezca, durante las misas que asistieron como alumnos del Liceo Guatemala, que alguna vez tendrían presos a sus propios colegas, jamás se imaginaron que su prisionero era nieto del Ministro de Educación del Coronel Jacobo Árbenz Guzmán, de poco les sirvió persignarse tanto. Esta era la dirección mezquina que en poco tiempo cargaría una vergonzosa derrota. Los aquechistas éramos demasiada pieza para esos fifís. Robin Mayro García Dávila, César Montes, Edgar Rubén Ortíz Santizo no eran del Liceo Guatemala, son Aquechistas.

Esta vez la pandemia y el conflicto es diferente, pero es conflicto a gran escala y con la experiencia a cuestas entramos a éste con la enseñanza que nos proporcionaron los nuestros, convencidos que si no salimos bien librados de éste, los que nos siguen serán como nosotros, semilla hemos sembrado.

Entre tanto seguimos con nuestra vocación de servicio, rechazando al oportunista y al corrupto.

Llevando siempre en nuestros corazones el “ID Y ENSEÑAD A TODOS” de nuestra Universidad de San Carlos de Guatemala y nuestra Facultad de Medicina.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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