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Quizá por observar la mortalidad infantil y de mujeres en mi país, Guatemala, o por la admiración hacia el doctor que un día salvó mi vida, de niño soñé con ser Doctor… pero la realidad es otra, muchas veces los sueños se hacen o no realidad, o se cumplen a medias; pues este es mi caso. A finales del año 1976, año del Terremoto, el 16 de noviembre, cargando todas nuestras pertenencias migramos hacia una colonia de Villa Nueva, la colonia Santa Isabel. Recuerdo la casa con jardín en la parte frontal, con rosales y banano enano, patio en la parte trasera que podía llegarse a él a través de cruzar toda la casa o por un pequeño callejón a un costado de la casa, de block, pintada de verde aqua, piso de cuadros rojos y amarillos, techo con machimbre; conocía ese material porque nuestra casa y la casa patronal de la comunidad agraria “Las Mercedes” estaba construida con machimbre california.

Contaba para ese tiempo con 11 años; ver las luces de la ciudad, desde la Sonora, era impresionante, aparte de las limitaciones existentes, aquel lugar era muy bonito para vivir, pero era muy escasa el agua. Imagínense, en mi comunidad estaba rodeado de bellezas naturales, una laguna, ríos y riachuelos donde podíamos pescar y cangrejear (agarrar cangrejos), un estanque de agua donde lanzábamos piedras con honda y de pronto flotaba una rana verde, nunca fallábamos siempre flotaba nuestra rana; se le cortaba la cabeza y se limpiaba el estómago sacándole las tripas y luego se pelaba todita, quedaba blanquita, se le dejaba caer sal y limón, luego con un asador, generalmente alambre, se colgaba con palos en forma de “Y”, horquetas le llamábamos nosotros, se juntaba hojas secas y se encendía fuego friccionando dos piedras… era una comida tan deliciosa que nunca más la volví a comer.

La vida en la colonia San Isabel era difícil para mi familia; buscar trabajo para mi padre, Roberto López, era una preocupación, pero siempre lograba obtener ingresos realizando los oficios que él logró aprender con mucha excelencia. Buscando trabajo, encontró una sastrería en la Avenida Bolívar, se llamaba “Roaldo”, trabajaba todo el día elaborando pantalones, algunas veces camisas y sacos, es el mejor saquero que conozco, y se llevaba trabajo para la casa; al llegar seguía cosiendo los pantalones, en algunas oportunidades le ayude a sol jetear o hacerle sicsac a la orilla a los pantalones para que no se deshilaran, mi hermano, Boris Roberto López, fue quien aprendió el oficio y siempre trabajaban justos.

El transporte de la ciudad hacia la Colonia Santa Isabel era escaso, sobre todo en horas de la noche, cargados de todas esas preocupaciones llegamos a la navidad del año 1976, entre alegrías y tristezas por haber dejado nuestra comunidad.

Me sentaba a la orilla de la carretera a escuchar los sonidos de los autos, ver caminar gente y tener la sensación de escuchar música… frente a mi tenia las instalaciones de la Radio Sonora, allí en la bajada que llamaban de la Sonora.

En enero 1977 decidió mi padre, luego de una conversación con mi tía Margot (Tía Margo) ir a vivir a la ciudad de Retalhuleu, poner a la venta la casa de Santa Isabel y comprar otra, pero mientras se vendía dicha casa alquilaríamos un apartamento en el caluroso Reu.

Mi sueño de ser doctor avanzaba; estudié quinto primaria en la escuela Rubén Villagrán Paul, escuela tipo federación con su famosa fachada, ya que todas las que existen son iguales. Sólo ingresé y ya tenía apodo, ya que les conté a mis compañeros que venía de la Ciudad Capital mi apodo fue “el guatemalteco”, pero por mi forma de hablar me decían también “el mexicano”. Vivimos en la colonia San Josecito, Retalhuleu es uno de mis mejores recuerdos, allí me enamoré por primera vez, en una casona con balcones elegantes solía salir una niña vestida de negro, creo que se llamaba “Alejandra”, muy bonita pero hablaba poco, sus padres no la dejaban salir, siempre vestía de negro y quizás por el encierro siempre lucía pálida.

Mi tía Margo tenía varias propiedades, casi una cuadra era de ella, terreno con árboles de naranja, mango, cocales, una casa de madera, en su sala lucía una foto grande de ella abrazada con Carlos Castillo Armas, la miraba y parecía que iba a decir algo, pero al final únicamente se escuchaba un suspiro. En las paredes, colgados por clavos, joyas de oro, relojes finos y cuadros con fotos, un nacimiento enorme todavía de la pasada navidad, lo que más me impresionó y aún recuerdo fue un barco formado en un vaso de cristal con agua y un huevo.

Un año de aventuras. Mi tía Margo tenía un negocio algo peculiar, una cantina, se llamaba “Bar El Encanto”, ella no nos dejaba entrar al lugar donde estaba la cantina; podíamos jugar en toda la casa, menos en la cantina.

Llegó el nuevo año 1978 y al fin logró comprar mi papa otra casa en la zona 19 de la Ciudad Capital, muy cerca de la Colonia El Milagro. En la Colonia La Esperanza, con nuevos sueños, abrió la tienda “Las Mercedes”, en honor a nuestra tierra. Estudié sexto primaria en la Escuela Milagro No. II.

Pasarían los años y mi sueño nunca se cumplió. Me incliné por estudiar bachillerato en el Instituto Central para Varones, para llegar rápido a la universidad, pero me inscribí en la Facultad de Ciencias Económicas para estudiar la carrera de Economía. Hoy trabajo como Director de Documentación en la industria farmacéutica, desperté del sueño… creo que mi sueño se cumplió a medias porque nunca pude ser doctor.

 

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