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El viernes 23 de marzo de 2012, se habrán cumplido treinta años  desde que un golpe de estado derrocó al general Romeo Lucas García y llevó a la jefatura de Estado, después presidencia de facto, al general Efraín Ríos Montt. He intentado hacer un examen minucioso de la gestión de Ríos Montt en los 16 meses que  dirigió al gobierno en mi libro “El recurso del miedo. Estado y terror en Guatemala” (hoy en una segunda edición hecha por F&G editores). Considero que ese año y medio de gestión de Ríos Montt significaron  la colocación  de las bases de una nueva etapa  del Estado en Guatemala. En su momento la izquierda revolucionaria minusvaluó el cambio que implicaba el derrocamiento de Lucas García y el advenimiento de Ríos Montt. Había continuidades por cierto. Sobre todo  que el nuevo gobierno tenía un sentido contrainsurgente y estuvo dispuesto a continuar las violaciones a los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad que  se habían venido incrementando desde los años anteriores.

Pero el golpe del 23 de marzo de 1982  al igual que el de 1963 instauraba un nuevo momento en el país. Para empezar  fue colocado a la cabeza un militar enérgico que ya tenía una visión estatal y de país. Nada que ver con el general Lucas García de  torpe hablar,  y a diferencia de su hermano Benedicto, de escasa inteligencia. Carismático y de ojos oscuros sin pupila, es difícil creer que Ríos Montt no mandó  en los 16 meses que estuvo gobernando. Su gobierno  significó una subversión de las jerarquías dentro del ejército porque un grupo selecto de jóvenes oficiales, entre ellos  Mauricio López Bonilla,  llegó a tener más poder que los militares de alta graduación. El gobierno de Ríos Montt que comenzó siendo apoyado por la ultraderecha, rápidamente se distanció de ella y tuvo a su derecha como enemigo mortal al Movimiento de Liberación Nacional. De la misma manera que a su izquierda tuvo un enemigo similar en la URNG y demás expresiones del movimiento revolucionario. La expresión “fusiles y frijoles” sintetizó el sentido estatal del nuevo gobierno, no se trataba de actuar solamente con el lado bestial del Estado sino también con el lado humano. Un centauro emergía en el horizonte político del país, y procuraba medidas sociales y políticas que le dieran sustento al Estado mientras llevaba  a sus últimas consecuencias las masacres, las ejecuciones extrajudiciales, la tortura y  las desapariciones forzadas. Para darle el lado humano a la represión, el gobierno de Ríos Montt se inventó la monstruosidad de los tribunales de fuero especial que terminó fusilando a  unas 15 personas.  El mensaje que se mandaba era que se acababa el terror clandestino y que la mano dura se aplicaba al amparo de la ley. Pero esto era solamente una  terrible fachada que encubría masacres, ejecuciones, torturas y desapariciones.

Además el espíritu estatal de Ríos Montt y de su equipo, lo llevó a la conclusión de que  la gran burguesía de este país tenía que colaborar sustancialmente para derrotar a la insurgencia y al comunismo. A los conflictos evitables como el desgaste ocasionado por  su estilo regañón, los tribunales de fuero especial y el conflicto religioso que desencadenó con su fundamentalismo protestante, se agregó un conflicto de fondo cual fue su enfrentamiento sordo con los grandes empresarios. A larga ese enfrentamiento sería una de las explicaciones de su alianza con un sector proveniente de la izquierda encabezado por Alfonso Portillo, la cual   llevó a éste último a la presidencia entre 2000 y 2004. Ríos Montt auspició la creación de una central sindical (CUSG), citó a Otto René Castillo en su inauguración, efectuó una reforma tributaria al consumo y redujo  el impuesto sobre la renta y  aun así aumentó el encono empresarial en su contra, pretendió hacer cambios en el agro que fueron bombardeados violentamente por la derecha, creo las “coordinadoras institucionales”. Al mismo tiempo hizo uso del protestantismo para darle sustento  a su proyecto, soñó con crear su propio partido, llevó las Patrullas de Autodefensa Civil a niveles extraordinarios y buscó perpetuarse en el poder. Todo ello lo llevó a la debacle cuando en agosto de 2003 fue finalmente derrocado.

Hoy Ríos Montt languidece en su arresto domiciliario acusado de genocidio. Acaso en su mesianismo piense que su inmolación  sea el camino a la reconciliación. Nadie podrá negar que con las medidas políticas que intentó y el baño de sangre que su gobierno efectuó, se empezaron a crear las bases para la instauración de los gobiernos civiles. He aquí la gran paradoja de su período. Hoy el partido que fundó está casi extinto. Es un anciano decadente. Pero nadie podrá negar que sus actos y sus hechos marcaron la historia guatemalteca del último cuarto del siglo XX y primera década del XXI.

Carlos Figueroa Ibarra
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