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A principios de los años ochenta sentí la necesidad de esconderme de un
fantasma real que merodeaba por La Antigua Guatemala; conocidos habían empezado a desaparecer o a aparecer torturados y asesinados.

Conocía a unos gringos que trabajaban para un proyecto de Promoción Humana en San Miguel Conacaste, Sanarate, y para allá me fui a ver si aceptaban que realizara algún trabajo dentro del proyecto. Me quedé. Por trece Quetzales al mes, comida y un lugar donde dormir como alfabetizador de los miembros de la cooperativa de campesinos que serían beneficiados con un sistema de irrigación por goteo.

Al inmueble donde se organizaban las reuniones de trabajo los conacasteños
le llamaban INCAP. La razón era porque esa especie de gallinero contruido
a pocos pasos de la plaza central había servido de centro experimental para
la puesta en valor de la Incaparina y, los lugareños, habrían servido de
conejillos de indias durante varios años: extracción sistemática de muestras
de sangre, peso, talla y obligación de presentarse al desayuno cotidiano
hasta el día en que los ¨vampiros¨ desaparecieron de El Conacaste sin despedirse.

Una de esas tardes calurosas en las que hasta la chicharras le piden clemencia
al sol, me llamó la atención que las mamás hubiesen vestido de domingo a sus hijos y que los hombres llegaran a encuclillarse a la sombra del árbol que señalaba el centro de la plaza.

No pasó mucho tiempo antes de que, por la calle principal, apareciera el
sepelio de un infante muerto en secreto.

No recuerdo llanto ni tristeza acompañando la pequeña caja blanca  adornada de crespón y flores robadas a cualquier sombra generosa en ese semidesierto de El Progreso.

Con el tiempo supe que la niña habría muerto de hambre, de sed y de muchas
enfermedades a las que cada quien les daba el remedio necesario, pero la
importancia del entierro estaba en que era el primero a realizarse en el
terreno que la comunidad había adquirido para establecer sus propio cementerio.

Semanas más tarde se apareció en San Miguel Conacaste una comisión de la sanidad pública investigando sobre un entierro clandestino, pues ningún acuerdo había sido emitido para autorizar el terreno como cementerio.

Alguien fue al cementerio, se llevó la cruz que señalaba el entierro, aplanó
la tierra y respondieron que en ese pueblo nadie había muerto ultimamente.

Este echo lo estuve trabajando, como cuento, durante mucho tiempo hasta
el día en que me dijeron que yo era demasiado romántico y me pidieron que
dejara de decir que la gente se moría de hambre en Guatemala y, la verdad
es que en La Antigua vivimos como dentro de una de esas burbujas de agua
que se venden a los turistas para que se imaginen la caída de la nieve.

Un amigo recuerda el cuento, que hasta yo terminé olvidando, y en son
de burla me pregunta si ya terminé ¨el dichoso cuento de la Niña que se
murió de hambre¨, a lo que le respondo que se me olvidó cómo escribir.
Pero el hambre sigue presente y JUANITA nos seguirá viendo comer desde
la eternidad de su realidad.

Autor: Jorge Guerra

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