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Y bueno, viendo partidos con un ojo y con el otro leyendo noticias por los vergueos en Guate con eso de la renuncia de Castresana y los restos de las desgracias producidas por Agatha y Pacaya; cabezas cortadas, choferes asesinados y otras maldades.

De esa cuenta, hasta a veces me siento un pura mierda porque me asalta el sentimiento de venganza cuando me contradicen o agreden. De tal manera que siento lo guatemalteco por adentro como una frustración lejana por los años de oposición a las dictaduras y otras actividades no muy humanas que se practican en Guatemala. Debo aclarar que si menciono Guatemala es, simplemente, porque pasé en ese país 28 años y que ese tiempo me parece demasiado cerca como para olvidarme de ser guatemalteco.

Porque las desgracias no son exclusivas de los guatemaltecos, las hay por todas partes donde está instalada la humanidad. Sin embargo, uno se acostumbra a lo que ve, siente, huele, oye y paladea cotidianamente y, de esas experiencias, uno se apropia de un territorio lleno de costumbres y ritos y charadas y babosadas y clavos y etc.

Y con el tiempo, la memoria se encarga de amontonar las vivencias creando la mentira que llamamos existencia: el pasado se confunde con el presente y me creo dentro de una jaula cuya puerta está abierta al vacío; no sé volar.

Hoy, por ejemplo, me siento intoxicado luego de leer la prensa guatemalteca (en Guate son las 4 de la madrugada) y se me quitan la ganas de reaccionar a los editoriales, a las noticias u otra columnas que reflejan las frustraciones de masas de pobladores afectados por el colonialismo retrógrado, la apropiación ilícita de los bienes comunes y tantas otras estupideces como el consumismo a lo gringo que continúa desarrollándose como una enfermedad más en un pueblo debilitado por el hambre y la falta de insentivos para el desarrollo intelectual.

Así, timidamente se habla de la formación de otra tormenta que podría afectar el territorio centroamericano mientras que, a todo vapor, pronostican sobre los partidos de fútbol en las quinelas (no existían hace 25 años y no sé ni quiero saber cómo putas se juegan) como si anticipar un marcador los salvaría de otra correntada de lodo, basura y mierda de esa que tiran pordoquier sin respeto al vecino a sabiendas que el peor vecino es uno mismo.

Cierto, no todo guatemalteco es así, sin embargo la actitud colectiva enjendra una visión espeluznante de un pueblo donde se lincha por amor al prójimo o se extorsiona para sobrevivir o se miente para continuar creyendo que nos sacrificamos para salir adelante y que el futuro será mejor.

Ese discurso lástimero que nos hace agradecerle a dios por lo bien que estamos mientras que, a nuestro alrededor, la desgracia y la miseria reina: puentes arrancados, casas destruídas, cultivos perdidos; hambre, enfermedades y tantas otras condiciones precarias que se nos olvidan con ese ruido insoportable de la vuvuzelas, las estupideces de los comentaristas y mala calidad del deporte que nos presentan como lo más sagrado de planeta.

Hoy, otra vez, me esfuerzo por no leer la prensa guatemalteca y no logro resistirme. Tal vez solamente lea lo malo, pero no es así porque busco lo positivo, lo agradable; la poesía, el cuento, las imágenes de la Guatemala que tanto me encanta y a la que deseo volver; de repente recibo un mensaje y el consejo que me dan es: ni te asomés por aquí porque te cogen sin bajarte el pantalón.

Autor: Jorge Guerra

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