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Carlos Figueroa Ibarra

Triunfar en la historia significa que un personaje o un hecho en la historia prevalece y se engrandece con el paso del tiempo. Bolívar murió solitariamente derrotado pero hoy  su figura es un poderoso símbolo. De igual manera en México, Francisco I. Madero murió asesinado y vencido por el golpista Victoriano Huerta, pero hoy Madero es el símbolo de la democracia y la bondad mientras que Huerta permanecerá para siempre como ejemplo de la traición. Todo esto he pensado desde  hace unos días cuando terminé de ver la película guatemalteca La Llorona del director Jayro Bustamante. Guatemala tiene motivos  suficientes para sentirse orgullosa  de los logros del film. Jayro Bustamante ganó el premio al mejor Director en el Festival de Venecia, la película ganó el Premio Satelitte  de la Academia de Prensa Internacional, el National Board Review y el otorgado por la Boston Society of Film Crítics. Ha sido nominado ya a los premios Globo, Goya, Seattle Film Critics  Society y Dorian Awards además de estar entre las 15 películas finalistas que pueden ser nominadas al Oscar de Hollywood.

La crítica mundial ha galardonado a La Llorona por sus indudables cualidades estéticas pero también por la poderosa narrativa que expresa: la de un general genocida que logra salir impune del juicio por genocidio al que ha sido sometido pero quien, en medio de su demencia senil,  es acosado junto a su familia por los espectros de las mujeres y hombres indígenas que asesinó en su calidad de jefe militar. Inevitable es pensar que el personaje del general Enrique Monteverde está inspirado en el general Efraín Ríos Montt  quien murió en la impunidad  pero que pasará a la historia  como la encarnación del asesino en gran escala. Por múltiples vías como la verdad histórica, la justicia transicional y la memoria de lo acontecido, la narrativa del genocidio guatemalteco ha prevalecido. Todo ello pese a los esfuerzos de quienes intentaron desvirtuar  la verdad jurídica de dicho genocidio o que  al igual que sucedió en Europa con el genocidio de los judíos, han tratado de minimizar las dimensiones cuantitativas  de las ejecuciones extrajudiciales y las desapariciones forzadas en Guatemala.

Y mientras eso sucede, la ultraderecha guatemalteca trata de endilgarle a una organización insurgente  (Las Fuerzas Armadas Rebeldes) el execrable crimen cometido en febrero de 1970 contra una niña de cinco años (“Toty”) que  fue castigado con el fusilamiento de los delincuentes que secuestraron a la niña y pidieron un rescate en nombre de las FAR. La propaganda negra que ha circulado en las redes  en realidad es un ataque más al Comandante César Montes a quien se le endilga ser el jefe de la organización insurgente que supuestamente realizó la infamia. Ni las FAR cometieron dicho crimen, ni los asesinos secuestradores  ni César Montes estaban vinculados a dicha organización. He aquí dos muestras de dos narrativas  que buscan prevalecer en la historia: la de una obra de arte que ha sido aclamada mundialmente y la de un libelo anticomunista que la historia derrotará.

Inevitable es pensar que el personaje del general Enrique Monteverde está inspirado en el general Efraín Ríos Montt  quien murió en la impunidad  pero que pasará a la historia  como la encarnación del asesino en gran escala. Por múltiples vías como la verdad histórica, la justicia transicional y la memoria de lo acontecido, la narrativa del genocidio guatemalteco ha prevalecido.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Carlos Figueroa Ibarra
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