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Irma Alicia Velásquez Nimatuj

Más de un siglo de intervencionismo, solo ha provocado olas migratorias que no dejan de ensancharse.

Construir alternativas para los pueblos diversos de Centroamérica, que no dejan de huir por millones y buscar refugio en Estados Unidos, como la única posibilidad para no morir, requiere que la nación más poderosa del mundo analice con criticidad la injerencia militar, política, ideológica, económica y cultural que ha mantenido sobre la región. Reflexionar sobre la expoliación de los territorios y cómo sus decisiones han marcado la vida de sus habitantes, contribuyendo a agudizar la polarización presente y a establecer el tipo de Estado-nación que se consolidó y que prevalece como consecuencia del poder hegemónico que instauró a base de respaldar golpes de Estado a lo largo del siglo XX.

Sin esta reflexión sana y necesaria a lo interno de EE. UU. y con los actores de El Salvador, Guatemala y Honduras no se podrán colocar los cimientos que demandan usar la historia como guía que permita delinear, con base a las lecciones aprendidas sobre las pérdidas y desgarramiento humano, el camino que podrían recorrer juntos la nación del Norte y la región centroamericana, reconociendo formas alternas de reparar y evitar cometer los mismos errores en tiempos y condiciones distintas.

Para el caso de Guatemala la intervención estadounidense y su responsabilidad en la destrucción de la única revolución democrática al financiar el golpe de Estado contra el gobierno de Jacobo Árbenz Guzmán, en 1954, no solo evitó que Guatemala dejara detrás los efectos del colonialismo y el feudalismo que arrastraba, sino que condenó a sus pueblos, especialmente al pueblo maya a un genocidio del cual aún no se repone.

A partir de 1945, en el inicio de la Guerra Fría, los países centroamericanos enfrentaron ataques de EE. UU. que fueron asumidos por cada uno de acuerdo a sus experiencias; en el caso de Nicaragua estaba profundamente marcada por la ocupación estadounidense de 1912 a 1933; mientras El Salvador y Guatemala, sumidas en profundas desigualdades sin derechos ni posibilidades de construir sus destinos y perseguidos bajo el fantasma del comunismo, algunos sectores asumieron las armas al cerrarse los espacios democráticos, buscando transformar sus estados, mientras Honduras fue convertida en una base estadounidense, desde donde se apoyó a los ejércitos vecinos que terminaron convertidos en los más sanguinarios de Latinoamérica y aliados al crimen organizado, mientras sus pequeñas elites quedaron más poderosas, avaras e intocables.

Iniciando el siglo XXI, con su dominio, EE. UU. tuvo la oportunidad de cambiar el rumbo de la historia, pero nuevamente apostó por mantener los privilegios históricos de unos pocos, al permitir la destrucción de la CICIG en Guatemala y de la MACCIH en Honduras. Más de un siglo de intervencionismo, solo ha provocado olas migratorias que no dejan de ensancharse.

Iniciando el siglo XXI, con su dominio, EE. UU. tuvo la oportunidad de cambiar el rumbo de la historia, pero nuevamente apostó por mantener los privilegios históricos de unos pocos, al permitir la destrucción de la CICIG en Guatemala y de la MACCIH en Honduras.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/opinion/opiniones-de-hoy/2021/04/10/kamala-harris-y-el-desafio-de-escuchar-y-trabajar-con-la-centroamerica-ignorada-ii/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

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