Entrevista con el escritor francés Laurent Bouisset

«Si un poeta no es capaz de esperar entonces no puede ser un poeta»

Por José Manuel Torres Funes

Marsella, Francia. Presencia Universitaria (PU), en la resolución por expandir su geografía cultural, conversa con Laurent Bouisset (articulista invitado de esta publicación). Autor de ensayos y poemas, publicados en revistas de tiraje mensual (Francia y Canadá) en papel y en línea. Próximamente también culminará una novela cuyo título tentativo en castellano es Yo no debería estar aquí.
En su blog (fuegodelfuego.blospot.fr) presenta desde hace tres años su trabajo poético (escrito y audiovisual), también es un carrefour cultural entre América Latina y Francia.
Por cierto, cabe destacar que fuegodelfuego.blogspot.fr es uno de los raros espacios literarios donde se rastrea y se le da continuidad desde el viejo continente (con traducciones francesas incluidas y un trabajo de difusión) a jóvenes autores centroamericanos.

Marsella

Lo ha mencionado en diversas ocasiones: «los escritores podemos decir lo que se nos venga en gana. Podemos hacer cualquier crítica al sistema, da lo mismo porque en el sistema político-económico actual al escritor lo dejan hablando solo». Puntual como siempre, Laurent Bouisset (LB), lionés, de 31 años, aguarda a PU en la entrada del bar donde nos hemos dado cita para conversar.

Laurent Bouisset

Laurent Bouisset

Nos instalamos en una esquina, desde donde se contempla un tranvía que operaba a principios del siglo pasado, que dejó de funcionar cuando se creyó que ya no sería útil, y que desde hace algunos años hizo su regreso triunfal.
El lugar se llama «Le Dernier Métro», «El Último Metro» en castellano, como la película de François Truffaut. Son las cinco de la tarde, los clientes piden cerveza,  vino y anís. El frío invernal ya cedió. Se observan las primeras flores que brotan de las copas de los árboles y la ciudad se transforma en una galería ambulatoria de personas que anhelan la llegada del verano.
« – Ha de ser difícil el invierno para tu esposa». Bouisset está casado con una artista plástica mexicana, Anabel Serna Montoya. Entre latinoamericanos decir «invierno» es una forma recubierta de decir Europa.
«–Viene de un país caliente, como tú. Nunca se va a acostumbrar a este frío. Pero Marsella no es lo peor. Hay lugares donde realmente nunca sale el sol», afirma Bouisset.
Con los escritores las palabras se transfiguran en cualquier momento, y rara vez una conversación viene de un solo ovillo. Cuando Bouisset habla de literatura también está hablando de política, cuando habla del norte de Francia también está hablando del mundo obrero duro e histórico que antes fue comunista y que ahora vota por el Frente Nacional (partido de extrema derecha), cuando dice que «Marsella no es lo peor», quiere decir que algunas otras ciudades de Francia son deprimentes. Para él la poesía también es música, más específicamente rock, (Noir Desir) y su esposa, Anabel, es también el fruto de un mestizaje anhelado.
Evidentemente, el amor no puede ser planificado, «es el azar, teníamos amigos comunes y de esa forma fuimos llegando el uno al otro», añade. Se conocieron en Barcelona, donde ella residía y terminaba una maestría; Luis Miguel Hermoza, poeta peruano, lo había invitado a pasar unos días en la ciudad catalana. Desde el verano pasado residen en Francia.

«Los más subversivos son los que esperan»

En Marsella, el museo Cantini, manejado por  la municipalidad (de derecha) tiene como exposición estrella en este primer trimestre del año parte de la obra del pintor chileno Roberto Matta, considerado durante una época, como uno de los artistas más influyentes de la izquierda.
« – Nosotros (junto a su esposa Anabel) fuimos a ver la exposición. Me parece que es impresionante», comentó Bouisset en otro encuentro. « – Me sorprende que se conozca tan poco de él, que sus obras no tengan en la actualidad la presencia que tienen otros en los grandes museos de Europa», añadió ella.
Matta, cuyos lienzos son de una profundidad y una calidad a prueba de la moda corrosiva, no abogaron jamás por el statement ideológico, que sirve, de forma oportunista – en muchos casos – para darle un poco de carne a ciertos trabajos artísticos actuales.
Era un comunista convencido, que se mantuvo fiel hasta el final de sus días, que no permitió que la caída del muro de Berlín le hiciera recular un paso a su propuesta artística eminentemente política. Evidentemente, su trabajo pictórico estuvo siempre por encima de cualquier statement pasajero: lo que hacía era arte y convicción ideológica. Por cierto, uno de los raros casos en los que la simbiosis fue perfecta.
«Yo creo que la historia regresa. El capitalismo y su decadencia están forzando el resurgimiento de las extrapolaciones ideológicas. Lastimosamente, las ideologías que más se están imponiendo son las de la extrema derecha. Europa no está libre de autoritarismos. El fascismo es nuestra enfermedad de la misma manera que el islamismo extremo lo es en los países árabes», sostiene Bouisset.

PU: ¿Qué es lo que te llevó a escribir?
LB: Tenía un abuelo que leía mucho, era un obrero, era un marinero, trabajaba en el río Rhône. Era un comunista también. A pesar de ser un obrero que no había estudiado, leía mucho y cuando era niño me regalaba muchos libros. Él me dio el gusto de la lectura. Mi abuelo era un obrero con una consciencia de su clase social y despreciaba mucho a los burgueses. Se burlaba de esos miembros de su familia que cambiaban de coche. Él no podía hacerlo… Era un obrero del pasado.

PU: Efectivamente, era del pasado, los obreros de la actualidad votan por la extrema derecha.
LB: Totalmente. Cuando trabajé como profesor en el norte de Francia, observé que los hijos de los obreros ya no tienen consciencia de izquierda. Votan por el Frente Nacional, para el fascismo o para Sarkozy, que es otro tipo de fascismo. Votan por las ideas racistas. Cuando ya no hay consciencia obrera lo que gana es el fanatismo que en nuestro país se encarna en las ideas fascistas, en los países árabes es el islamismo extremo. Antes el comunismo era importante en esos países también.

PU: Estuviste en Compiègne, en Caen. El norte de Francia es la zona de las minas de Germinal de Zola. Es también la zona del alcohol y de la desesperanza. De lo que llaman la desertificación industrial. ¿Cómo fue tu experiencia como maestro en esa zona?
LB: Sí, eso es. Fue una experiencia muy difícil. Hay demasiado desempleo, mucho alcoholismo, es un lugar violento. Casi no hay un sitio para la literatura, pero como era un lugar perdido (Picardía) y muy solo, fue una suerte para mí porque tenía tiempo y tuve la oportunidad de leer a Tolstoi, Dostoievski, Thomas Mann, que son autores para los que se necesita mucho tiempo de lectura. En total estuve cuatro años trabajando ahí como profesor.  Las fábricas ahora se van a lugares más baratos. Los políticos hablan de construir un país sin industria; ¿pero cómo es posible eso? Un país tiene que tener gente que trabaja con sus manos. No sé qué pensaría mi abuelo de esto, él, que trabajaba con sus manos.

PU: – Me has contado que tienes siete años de experiencia como maestro de francés. En este año te has dado una licencia de un año para terminar tu novela y ocuparte de otros proyectos literarios. Supongo que también es una pausa y una oportunidad para ver un poco lo que has hecho en tu vida. Has vivido en el norte de Francia, donde, como dices, todos son blancos y donde el racismo es contra los extranjeros, has dado clases en Marsella, donde dices que gran parte de tus estudiantes eran de origen árabe, y donde pudiste observar un racismo a dos vías: contra los estudiantes de origen francés y a la inversa, y finalmente también estuviste en Guyana francesa, donde los estudiantes eran negros y detestan al blanco que ven como colonizador.
LB: Es verdad y es terrible. Es muy difícil enseñar en Francia.

PU: ¿Por qué?
LB: Pienso que el triunfo del capitalismo le quita el valor a la cultura y a los libros. Aquí, para los estudiantes, se sea de donde se sea, lo que tiene valor es ganar dinero. Es mejor ser futbolista que un gran escritor. ¿Cómo puedes enseñar ortografía a niños que están utilizando el facebook todo el día y que precisamente no quieren ni ortografía, ni gramática y que lo que quieren es dinero?

PU: En todo caso, el sistema educativo es rígido, ¿no?
LB: Lo que pasaba es que en Francia, antes de la revuelta de 1968, teníamos un sistema educativo autoritario. Después de esa revuelta ocurrió una revolución cultural  y el alumno obtuvo más libertad con respecto al profesor. Pero con los años, se ha ido imponiendo la autoridad del sistema capitalista, que es más fuerte que el autoritarismo de antes. Es decir que ahora la autoridad ha cambiado de forma y de lugar: ya no es «haz lo que te digo» si no «compra lo que te digo que compres». Y vemos que los alumnos compran ropa o tenis carísimos. Hacen todo lo que la sociedad de consumo les pide que hagan. En el fondo, no son tan libres como lo parecen. Yo creo que la enseñanza de un profesor, de un escritor o de un filósofo les podría ayudar a liberarse de este autoritarismo. No escuchamos a los profesores pero al mismo tiempo los escritores más conocidos que tenemos en Francia no son los más subversivos, son los que hacen lo que dicen las editoriales y no contestan a un orden dominante.

PU: He escuchado decir y he leído que la literatura francesa se ha ido al diablo. Tú mismo, de cierta manera, lo expones en tu artículo que publicaremos en PU este mes. Me pregunto si casas editoriales como Gallimard, que han sido tan importantes, también están tan decadentes.
LB: Pienso que Gallimard cambió mucho. Los escritores que publica esta editorial son los que venden. Contestan muy poco al sistema. Antes me has preguntado por qué entré en la literatura y te hablé de mi abuelo, pero ahora quiero mencionar también a otra persona. Se trata de un escritor muy importante, que se llama Antoine Volodine, que fue mi maestro de escritura y que lo sigue siendo aunque las cosas han cambiado mucho. Él publicó en Gallimard y se fue de ahí porque no tenía la libertad que quería. En Gallimard te dicen lo que tienes que hacer. Te dictan muchas cosas. Volodine quería hacer cosas que Gallimard no le permitía. Pienso que Volodine es el escritor más libre que hay en Francia en este momento. Tiene una estética totalmente anticapitalista. Se escapa totalmente de la decadencia de la literatura en Francia… Es difícil publicar textos originales en Francia, porque lo que se publica tiene que corresponder a un estilo de venta. Y poco importa si la editorial es dominante o «alternativa». Incluso a veces las editoriales dominantes ofrecen más libertades que las alternativas.

PU: ¿Tienes una experiencia con editoriales?
LB: Hace un tiempo mandé un libro para una editorial que se dice «independiente» y el tipo aceptó mi obra pero nunca la publicó. El libro actualmente se puede comprar en más de veinte sitios en internet pero no existe. El único argumento que me dio después, es que mi libro no se iba a vender. No es lo mismo que te digan: «tu libro tiene problemas literarios»; él solamente me daba argumentos económicos. Y se dice «independiente»…

PU: En otras ocasiones hemos conversado sobre el papel del escritor en las «democracias». Bajo este sistema pareciera que para los escritores de literatura hay unos caminos bien trazados. Uno: entrar en el sistema, escribir y no incomodar a nadie ni crear una consciencia crítica real pero vender, dos: convertir el trabajo literario en un trabajo periodístico, donde muchas veces los escritores sí pueden resultar incómodos pero se terminan convirtiendo en periodistas, o tres: no ser publicados, un poco como boxeadores sin cuadrilátero.
LB: Exactamente. ¿Sabes?, a lo que llaman «subversivo» en Francia es lo que se dice en los círculos artísticos: «la provocación», que en el fondo es hablar todo el tiempo de drogas y de sexo. En mi opinión esto no tiene nada de subversivo. Lo que efectivamente me parece más subversivo yo lo veo más en el cine que en la literatura. Pienso en las obras del director húngaro Béla Tarr, en lo que hace Nuri Bilge Ceylan, director turco y hasta en Jim Jarmush. Ellos hacen lo contrario de Tarantino, es decir: no ofrecen el ritmo frenético todo el tiempo; presentan películas que incluso son contemplativas pero que te hacen pensar de verdad.

PU: En tus poemas (que se pueden leer también en una versión castellana en el blog: fuegodelfuego.blogspot.fr) hablas con insistencia de esta actitud que va en contra de la pulsión, en contra del frenetismo. En contra precisamente de esta velocidad a lo Tarantino.
LB: Sí. Actualmente quiero explorar la espera. Esto es algo que pensé y descubrí en Antigua, Guatemala, que es un lugar con volcanes, con una naturaleza sorprendente. Antes de Mayo del 68, en Francia, la sensación de revuelta venía del rock, de la pulsión. Ahora pienso que los más subversivos son los que esperan, son los que hacen las cosas con más insistencia, los más críticos, los que se dan su tiempo para pensar. Si un poeta no es capaz de esperar, entonces no puede ser un poeta. Si piensas bien, los artistas que recordamos ahora son los que trabajaron de manera calmada, los que se tomaron el tiempo para hacer sus cosas. En los años setenta era la pulsión, ahora es la espera. Por ejemplo en mi caso, yo creo que como poeta me resulta más subversivo hablar o leer un texto que trata el sexo de una manera más púdica que de una manera abierta y vulgar, como lo suelen hacer esos que se consideran a sí mismos artistas «provocadores».

Desterritorialización

La cultura en Francia es agua de tiburones y desde hace muchas décadas, también se transformó en una industria, lo que significa, hablar antes que nada, de billones de euros que entran en juego. El tiempo en el que un escritor podía convertirse en un líder de opinión influyente, gracias a la fuerza de sus ideas y de su palabra  pertenece hoy en día al pretérito perfecto.
La puesta en marcha de dispositivos propios de la gran industria cultural y la presencia demasiado evidente de intereses políticos y económicos en detrimento de un diálogo ciudadano y cultural más profundo, tiene su ejemplo alrededor de un proyecto como el de Marsella Capital de la Cultura 2013, en el que queda en evidencia que en Europa, actualmente, la cultura y el arte es un negocio que excluye a la ciudadanía «no alineada», es decir, la que tiene un sentido crítico más desarrollado.
Bouisset es de la opinión que en el caso de Marsella 2013, la institucionalidad evade las preguntas «incómodas». Nada extraño, pues salvo ciertas excepciones, en la Europa postmoderna la historia se observa pero no se revisa, la apertura existe pero es selecta y el mestizaje cultural y demográfico no se asimila mediante el diálogo y la correspondencia.
Las ciudades europeas, Marsella no es la excepción, viven un proceso de homogenización en todos los niveles. Para el caso; los Foster, Calatrava, Nouvel, en arquitectura repiten de Barcelona a Londres, de Fráncfort a Marsella o Lille, los mismos conceptos de espacio y de urbanismo, como si cada lugar tuviera necesidad de las mismas soluciones o paisajes urbanos y arquitectónicos. Sucede igual con los medios de comunicación, donde no importa si es El País, Le Monde o Frankfurter Zeitung, porque la información siempre será básicamente la misma. En política, arte, literatura, hasta en fútbol, Europa parece tallar sus diferencias para entrar en el mismo corsé.
Globalización, mundialización, triunfo del capitalismo, como se le quiera llamar. En todo caso, asusta ver en los metros de cada urbe europea al mismo muchacho con sus audífonos, desconectado del mundo y escuchando su iphone, a la misma chica que lee una novela de Carlos Ruíz Zafón mientras espera el autobús o al mismo anciano desdentado que esboza una equis en la casilla del partido de extrema derecha, que se dice, es el único capaz de mandar de vuelta a casa al Mohammed ruidoso que siempre está haciendo nada en la esquina de la calle.
«- Yo he salido de Francia para buscar otras perspectivas. Pero sinceramente, en el extranjero tampoco he encontrado lo que he buscado. Pero en definitiva, lo que más ha aportado a mi creación es la huida de lo francés, la desterritorialización. En Francia, el problema de la literatura es que tienes demasiados padres. Tienes figuras que te aplastan. Hay que ir a ver a otros lados para olvidarse un poco de este legado.»
Bouisset actualmente está por terminar una novela de más de 600 páginas escritas que transcurre entre Europa y la Guyana francesa.
Aunque el contenido de su borrador sigue siendo desconocido para nosotros, deja entrever que su obra escudriña a partir de historias particulares (en algunos momentos auto biográficas) la complejidad de las relaciones que existen entre Occidente y el resto del mundo. «El siglo de las luces», del escritor cubano Alejo Carpentier parece ser, entre otras obras, una referencia importante en su trabajo.

PU: ¿Por qué viven en Marsella?
LB: En Marsella tienes cosas que no ves en el resto de Francia. Por ejemplo hay mercados donde puedes comprar las cosas más baratas. Esta, a pesar de todo, es una ciudad diferente al resto de las ciudades francesas. Tiene algo especial. Para un escritor es un lugar ideal porque la ciudad está llena de contradicciones; por una parte, es una ciudad rebelde y por otro lado, es una ciudad conservadora. Todo esto lo hace más interesante que otros lugares de Francia. Incluso a mí Marsella me parece más interesante que la misma Barcelona. También quería volver al barrio donde vivía, que se llama la Joliette (barrio popular del centro de la ciudad) pero el lugar ha cambiado mucho. El primer año de docente trabajé en una escuela que se llama Jean-Claude Izzo, como el escritor. El objetivo de las autoridades era atraer hacia esta nueva escuela hijos de burgueses, pero había 300 árabes de nivel económico bajo que afortunadamente no se iban a ir. Desde hace años las autoridades quieren hacer de Marsella un nuevo Fráncfort. Un lugar económico fuerte. Pero hay una gran diferencia entre los planes que tienen y la realidad. Los burgueses nunca van a venir a vivir a Marsella. La gente no vendrá a vivir a la Joliette, que es lo que quisieran. Está es una ciudad rebelde de manera inconsciente. La transformación es difícil. Se resiste un poco a ese proceso que transforma todas las ciudades europeas en una misma ciudad. En lugares como Belsunce o Noailles (en las proximidades del puerto) puedes comerte un cuscús a cinco euros. En ninguna parte de Europa se puede comer a ese precio. Warren Buffet, el millonario estadounidense, dijo en una entrevista que «sí hay una lucha de clases en Estados Unidos, evidentemente, pero es mi clase, la clase de los ricos que gana esta lucha». En cambio los partidos de izquierda que ganan elecciones en Francia dicen que no hay lucha de clases, que eso es una cosa del pasado, que ahora las cosas son más complejas, sin embargo, la gente de derecha suele aceptar que sí existe una lucha de clases. Sin embargo en Marsella, la burguesía está lejos de ganar esta lucha, porque hay mucho caos y  mucho trabajo qué hacer.

Son más de las siete. Afuera, dos mujeres corren para atrapar el tranvía. Bastaría vestirlas de otra manera, o tal vez, dejarles la misma ropa – porque la moda va y viene, suelen decir las personas mayores. Eso sí, habría que imaginar un tranvía más cuadrado y que al andar patine con menos sutileza, con varios caballos de fuerza menos. Habría que ponerles sombrero en la cabeza a los hombres y probablemente reducir la población femenina del bar. Porque la calle, y esa sensación de que la ciudad comienza a poblarse de gente que anhela la llegada del verano, seguramente fue la misma hace treinta, cuarenta, setenta años y los escritores ayer y hoy lo siguen diciendo: «algo no anda bien». Habría que escucharlos ¿no?

 

Lo ha mencionado en diversas ocasiones: «los escritores podemos decir lo que se nos venga en gana. Podemos hacer cualquier crítica al sistema, da lo mismo porque en el sistema político-económico actual al escritor lo dejan hablando solo». Puntual como siempre, Laurent Bouisset (LB), lionés, de 31 años, aguarda a PU en la entrada del bar donde nos hemos dado cita para conversar.

 

Entrevista publicada en la revista Presencia Universitaria de la Universidad de Tegucigalpa, Honduras.

 

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