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El poema sabe que está perdido frente al ruido, pero es por eso que no se rinde“, ESTA ES LA HISTORIA URBANA DE JOSÉ VICENTE SOLÓRZANO AGUILAR.

Cuestionario al poeta Carlos Gerardo, ganador del Premio de Poesía Editorial Praxis 2019.

Presentado bajo el seudónimo Bandini, el libro Intemperie. Poemas y ruidos se abrió paso entre los 47 trabajos enviados por escritores de América Latina, España e Italia al Premio de Poesía Editorial Praxis 2019, convocado desde México por el poeta y editor Carlos López.

Al recibir la aprobación unánime del jurado calificador integrado por Francisco Morales Santos, Leticia Romero Chumacero y Julio C. Palencia se reveló que la autoría corresponde a Carlos Gerardo (El Jícaro, departamento de El Progreso, 1987).

Desde la publicación de su primer poemario, Música rara (Taller Experimental Alambiqve, 2015), la obra de Carlos Gerardo se hizo notar entre la reciente poesía guatemalteca por su rigor, su oficio y las lecturas que lo sustentan.

Su segundo libro, Genealogías (Equizzero, 2017), obtuvo el primer lugar del VI Certamen de Poesía Ipso Facto 2016 y la editorial Mandrágora presentará la segunda edición durante esta semana.

Ahora presentamos la primera parte del cuestionario acerca del libro que se entregará el 30 de octubre en el Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México.

¿En qué circunstancias te encontró la concesión del Premio de Poesía Editorial Praxis 2019?

Pues las circunstancias fueron inesperadas. Septiembre siempre es un mes complicado en Guatemala. Todos los meses son complicados en Guatemala, pero en septiembre, me parece que los corruptos de turno quieren echar mano del fervor nacionalista para crear polarización. Me he dado cuenta porque cumplo años en septiembre, así que mal que bien, me he percatado de que siempre celebro mi cumpleaños entre protestas, manifestaciones, indignación, rabia, enojo. Este año, pasamos septiembre con la conciencia de que el Gobierno había instalado un Estado de sitio que vulnera a millones de personas, y que aún se mantiene. Un septiembre muy guatemalteco. Muy «patriótico», de acuerdo con esa idea autoritaria y racista de patria que construye el Estado. Y bueno, también me encontró en medio de bastante trabajo por varios compromisos que asumí en la universidad. En el momento en el que Carlos López me llamó estaba trabajando, desde mi casa. Estaba preparando una clase. Esas fueron las circunstancias. Me llamó el día que el jurado escribió el acta, el 25 de septiembre, aunque se hizo pública hasta el 1 de octubre.

¿Por qué elegiste el seudónimo «Bandini» para amparar tu trabajo?

Es un seudónimo un poco trasnochado. Me gusta el nombre, es muy sonoro. Arturo Bandini es un personaje de la literatura estadounidense, creado por John Fante. Lo comencé a utilizar no porque me fascinara el personaje, sino burlándome un poco de mí mismo. Bandini es un autor con un ego increíble, muy apasionado, muy seguro de sí mismo. El típico arquetipo de escritor que utiliza esa etiqueta para validar su violencia. En una de las novelas sobre Bandini, Ask the dust, el personaje pasa una buena parte del tiempo presumiendo un cuento que le habían publicado en una revista que nadie conocía. En algún momento pensé: para participar en un concurso de estos, hay que tener el ego de Bandini, y la locura de Bandini, y por eso lo escogí, en tono de broma, obviamente.

Mientras Intemperie. Poemas y ruidos sale de la imprenta, ¿qué nos podés anticipar acerca de su contenido?

El libro es sobre la búsqueda de la escritura. Mi idea era publicar un poemario no solo con los poemas, sino con fragmentos del habla cotidiana en la que vivía en ese momento. Un poco como la poesía objetivista estadunidense, que viene de la línea de William Carlos Williams, y continúa con Carver, con Bukowski. Poemas más narrativos, que contaran una historia. La intención era escribir los poemas con un lenguaje sumamente sencillo, que el efecto poético se lograra con una sutileza tal, que no fuera tan fácil diferenciar un poema del habla cotidiana. Entonces un poco el juego es mezclar ambos tipos de lenguajes. Utilizaba la grabadora de una tableta, que encendía en momentos estratégicos… ponele, se subía un vendedor a un bus, o grababa una llamada telefónica. Luego, si encontraba que la historia era interesante, la transcribía, y hacía lo posible por darle la forma de un poema, por encontrar las pausas.

La temática del libro es sobre las dificultades que encuentra una persona que quiere encontrar tiempo en su vida para escribir, o para hacer cualquier cosa; para ser un poquito libre. La sociedad no es generosa con esos deseos. Entonces, un poco era la percepción que yo tenía de esas dificultades. Y un poco los «ruidos» son como percepciones tangibles, materiales, de cómo se manifiesta esa violencia. Hay poemas sobre notas periodísticas, sobre ofertas de trabajo, sobre recuerdos o historias de otras personas. Por eso tampoco utilicé la primera persona, sino la tercera: el libro es sobre un personaje que busca el tiempo para escribir a pesar de todas las dificultades que esto implica.

¿Cuánto tiempo te tomó escribirlo?

El libro lo comencé a escribir a principios de 2017, y creo que la mayoría de los poemas que lo conforman ahora los escribí durante la primera mitad de ese año. Las circunstancias fueron bien difíciles, sobre todo económicamente. Yo había renunciado hacía unos años a un trabajo que tenía, ejerciendo la ingeniería, y creo que en ese momento sentí un poco el desamparo del desempleo, la angustia. Y surge un poco de ese cuestionamiento: la sociedad es generosa con aquellos oficios que convergen con el proyecto de desarrollo del sistema económico (extractivo, acumulativo, violento, etcétera). Si te salís de ese marco, te va mal.

¿Corregís mucho, o dejás el poema tal como salió en su primera versión?

Muchísimo. Creo que ya es una conducta patológica. Me identifico mucho con eso que decía Monterroso, en La letra e. En algún momento cuenta que le preguntaron sobre los procesos de su escritura y él dijo: «yo no escribo, solo corrijo», y se bajó del escenario. A veces me pasa. Desde mediados de 2017, el libro estaba casi listo… pero ese «casi» implicó el proceso de edición, de depuración, de cambio de algunos títulos, de pedir opiniones a algunos amigos  o amigas, de quitar algunos poemas.

En ese sentido, quiero mencionar que este libro no hubiera sido escrito jamás sin mi amigo Pedro Rojas. En aquel momento, hablábamos mucho, muchas horas, sobre literatura, sobre poesía, sobre nuestra pobreza, nuestro desempleo, nuestros desplazamientos; el miedo que sentíamos ante lo gris que veíamos el futuro. De ahí es de donde surgen muchos de los poemas. Por momentos, creo que no es mi voz la que habla sino la suya.

¿En qué momento sentiste que ya tenías listo el libro y podía mandarse a concurso?

Te soy completamente honesto: no sé si el libro está listo aún. Estoy seguro de que si lo vuelvo a leer, encontraré varias cosas que me gustaría cambiar. Así que mejor lo dejo ser.

¿Cuáles son los «ruidos» a los que te referís en el título?

Pues se me ocurrió incluir en el libro no solo los poemas, sino todo el ruido del que el poema salía. Incluí noticias, notas de voz, testimonios, reconstrucciones de diálogos. Los ruidos, en ese sentido, no los escribí yo. Son transcripciones de otros y de otras. Me parecía que tenían el valor poético que estaba buscando con los poemas; o que podrían hasta cierto punto señalar el momento en el que el poema detonaba.

Al aludir a la intemperie, ¿qué se te cruza por la mente?

La intemperie, en este libro en particular, es la intemperie de optar por cierta forma de vida. La intemperie de una búsqueda. Es un lugar fuera del refugio y por tanto, un lugar lejano al silencio. Alguien que leyó el libro lo describió mejor que yo: era más o menos una traducción de la decepción que había sentido cuando me di cuenta de que la sociedad no valora el trabajo que a diario implica la poesía.

¿Estás de acuerdo con lo expresado por el jurado calificador acerca de que «“el poema sabe que está perdido” frente al ruido, pero no hay que doblegarse ante el ruido de la muerte, el de la esperanza trunca, el de la duda y el desamor»?

En realidad, esa parte del acta del jurado es un fragmento del primer poema del libro. El poema sabe que está perdido frente al ruido, pero es por eso que no se rinde. Trata de domesticarlo, de darle un sentido, un orden, una perspectiva, aunque sabe que no lo logrará. Creo que esa es una de las grandes labores de la poesía: hacer una pausa en el lenguaje. Crear un lenguaje dentro del lenguaje, como decía Deleuze.

Desde la estancia de Rafael Landívar, primero como estudiante y después camino del destierro en Bolonia, pasando por el exilio de Luis Cardoza y Aragón, Raúl Leiva, Carlos Illescas, Augusto Monterroso, Otto-Raúl González y Mario Monteforte Toledo, más el refugio que recibió la población indígena sometida a persecución, México supo abrirse a los guatemaltecos. ¿Cómo te sentís ante esta tradición?

Pues a uno siempre lo abruma la tradición. Y, sí, como vos decís, buena parte de la tradición poética guatemalteca ha estado signada por el exilio, lamentablemente. Guatemala, al parecer,  es difícil.

Y la voz de esos escritores a lo mejor visibilice otros exilios, menores, invisibles, que desde la literatura no se ven tan claros. En ese sentido, siento que escribo desde una posición muy cómoda. El único exilio que viví fue el de mi infancia, cuando me vine a vivir a la capital. Y eso ni siquiera es un exilio: voy al Jícaro cada cierto tiempo, a habitar un poco esa infancia.

Por otro lado, siempre me ha llamado mucho la atención conocer México. Es un país que percibo fascinante, que ha recibido a tanta gente de tantos lugares. Han sido especialmente generosos con la literatura guatemalteca, como vos decís; pero no solo con la literatura guatemalteca. Me hace mucha ilusión conocer, porque solo conozco a través de su literatura. Y me siento muy honrado.

Por último, ¿nos podés compartir alguno de los poemas de Intemperie?

Con mucho gusto.

Recuerdo frío

era noviembre

seguramente el sol teñía de malva el cielo de aquella tarde

mientras la gente esperaba cualquier bus que fuera al centro

cualquiera que bajara por la calzada Roosevelt

y que llegara al Trébol

después de que hubiera anochecido

un atardecer más / pensó

perdido entre el metal y el humo y la multitud amedrentada

lo que más recuerda de aquella tarde

es al muchacho nervioso

que estaba sentado junto a él

en aquel momento

no sabía que ese muchacho

se convertiría en un recuerdo

abrado en su memoria con la fuerza de la pólvora

tendría unos catorce

si mucho quince años

y sudaba tanto

que él llegó a pensar que estaba enfermo

llevaba un sudadero viejo

y metía sus manos en la bolsa delantera

como si tuviera frío

también recuerda al viejo que pasó vendiendo fruta

en una carreta

y a quien nadie le compró nada

y el viejo siguió caminando a pie

jalando junto con su vida la carreta pesada

entonces llegó un microbús blanco

y el muchacho

se levantó de prisa

lo vio

y se sentó de nuevo a su lado a su lado

es posible que ese microbús

no lo llevara al lugar donde él desea ir / pensó

aunque lo cierto era

que el chico no quería ir a ningún sitio

el siguiente microbús que paró

iba al mismo destino que el anterior

pero esta vez

el muchacho estaba seguro

sacó de su sudadero

una pistola negra

como la noche que se avecinaba

una máquina para matar a otras personas

de una oscuridad metálica hermosísima

que dejaba ver su peso

su gravedad fúnebre

su permanente silencio que como la muerte acechaba

recuerda la violencia con la que apuntó

contra el piloto del microbús

y sus ojos bestiales

completamente transformados

por un miedo rencoroso

mientras el arma estallaba en furia

entre el alboroto de las personas

y el vuelo escandaloso de los pájaros

cuatro veces disparó

las primeras tres fueron muy rápidas

el último disparo lo precedió un silencio breve

la sombra de una duda en un instante

o el atisbo de la misericordia

recuerda también el rostro del piloto

atizado de inmediato en el pánico

que luego se convirtió en dolor

que luego se convirtió en muerte

aún sonaban los disparos en sus oídos

cuando paró una motocicleta

que también era negra

su piloto tendría también catorce

talvez quince años

pero el casco ocultaba su rostro acelerado

el muchacho volvió a meter el arma

en la bolsa del sudadero

se subió en la parte trasera de la moto

y los dos desaparecieron

sobre la calzada Roosevelt

mientras el sol teñía de rojo el horizonte

mientras la sangre del piloto

teñía de rojo

el polvo que aún se levantaba

del camino de tierra

Presentado bajo el seudónimo Bandini, el libro Intemperie. Poemas y ruidos se abrió paso entre los 47 trabajos enviados por escritores de América Latina, España e Italia al Premio de Poesía Editorial Praxis 2019, convocado desde México por el poeta y editor Carlos López.

Fuente: [https://republica.gt/2019/10/06/el-poema-sabe-que-esta-perdido-frente-al-ruido/]

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