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Buena parte de  los argumentos en los cuales se fundamenta la derecha para sostener el carácter dictatorial del régimen encabezado por Hugo Chávez  es la participación de éste último en la sublevación cívico militar del 4 de febrero de 1992. El propio estilo de Chávez, proclive a la incontinencia verbal, a veces ha alimentado la imagen odiosa de militar golpista. Pero lo acontecido en febrero de 1992 dista mucho de ser un golpe de estado. O por lo menos está lejos de ser un golpe de estado como los que la derecha felicitó  durante la época de la guerra fría y la seguridad nacional. O como el que propició en Venezuela en abril de 2002 cuando Chávez fue derrocado por 48 horas. La doble moral de la derecha es tan evidente que durante todo el gobierno de facto de Roberto Michelleti en Honduras, negó que éste hubiese sido producto de un golpe de estado.
El golpe de estado clásico en América latina casi siempre ha sido el resultado del consenso de la cúpula militar que rompe la institucionalidad y derroca  al gobierno de turno. El golpe de estado clásico no observa una rebelión de mandos medios y bajos contra la parte fundamental de la cúpula militar. Tampoco  observa una abierta participación civil en el pronunciamiento a no ser el de las cúpulas de los partidos (generalmente reaccionarios) que han alentado a los golpistas. Esto fue lo que se observó en Guatemala en marzo de 1963 con Peralta Azurdia, en marzo de 1982 con Ríos Montt y en agosto de 1984 con Mejía Víctores.  Lo que se observó en Venezuela en  1992 está más cerca de lo que observamos en Guatemala el 13 de noviembre de 1960 que lo que pudimos  ver en Chile el 11 de septiembre de 1973. Aunque al final de cuentas en ambos casos se rompe la institucionalidad, es imprescindible distinguir al golpe de estado de la rebelión militar.
Lo que hizo un sector de los militares venezolanos encabezados por Chávez  en febrero de 1992 y luego el 27 de  noviembre de ese mismo año,  fue una rebelión militar. Esa rebelión  había empezado a gestarse desde 1977 cuando un grupo de jóvenes oficiales, entre los cuales estaba el propio Chávez,  hicieron  el “juramento bolivariano”, el mismo que hizo Simón Bolívar en el Monte Sacro.  Ruptura de cadenas, elecciones populares, tierras y hombres libres y horror a la oligarquía tales fueron los elementos centrales del juramento que siguiendo a Bolívar hicieron aquellos militares. Así nació el Ejército Revolucionario Bolivariano 200 que después, al incorporar a civiles en su organización se convirtió en 1982 en  el Movimiento Revolucionario Bolivariano Revolucionario 200 (MRB-200). El número 200 aludía al bicentenario del nacimiento de El Libertador. El MRB-200 se vinculó al Partido Revolucionario Venezolano (PRV), disidencia y evolución del Partido Comunista Venezolano y de la extinta guerrilla comandada por Douglas Bravo. Durante diez años los jóvenes oficiales conjurados y aliados a un sector de la izquierda venezolana, mantuvieron una silenciosa labor organizativa y presenciaron con indignación la matanza realizada por Carlos Andrés Pérez en febrero de 1989 con motivo del “Caracazo”.
En febrero de 1992,  el largo proceso de gestación  culminó con la rebelión que fue concebida por sus protagonistas como una “sublevación cívico-militar” más que como golpe de estado. Ciertamente fueron militares sus principales actores, pero la fracasada gesta   contó con simpatía popular.    Prueba de ello es  que Chávez salió de la cárcel en 1994 para iniciar el camino que lo llevaría a la presidencia del país en 1999.
¿Fue el pronunciamiento encabezado por Chávez una rebelión militar o un golpe de estado?  Podríamos hacernos la misma pregunta con respecto a los acontecimientos del 20 de octubre de 1944, gesta que hoy evocamos como la “revolución de 1944”. Al igual que en Venezuela, lo que aconteció en Guatemala fue el resultado de un sordo agravio de buena parte de la sociedad con respecto a un régimen que se había vuelto odioso. Igualmente el eje de la rebelión fue un sector medio del ejército que se sublevó contra el alto mando que estaba con el régimen. De manera similar un sector de civiles se sumó al pronunciamiento que el descontento popular había alentado.
La diferencia fue que la gesta de octubre de 1944 fue victoriosa e inició una década de cambios,  atajados por una contrarrevolución que sumió a Guatemala en la tragedia durante más de cuarenta años. En Venezuela la rebelión militar de 1992 fracasó, pero volvió bajo la forma de un victorioso movimiento político revolucionario  cuyo desenlace final aun no conocemos.

 

Carlos Figueroa Ibarra

Carlos Figueroa Ibarra. Sociologo especializado en el tema de violencia política, terrorismo de estado, procesos políticos latinoamericanos. Autor de libros y artículos sobre esos temas.
Carlos Figueroa Ibarra
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