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El jugador que amaba la poesía

Gustavo Veiga
gveiga12@gmail.com

Se colgaban de la cruz
quienes se suben al carro.
Unos de humilde overol,
perfumados en sudor.
Otros vestidos de frac,
alzando la copa,
como una marea loca
víctimas y victimarios.

Mundial, de Trigo y Cardos (1993)

 

Tenía una sensibilidad especial que en el fútbol es como una luz en la multitud. Juan Carlos Touriño había sido jugador de Quilmes y Real Madrid, militante de Agremiados y poeta. Falleció esta semana a los 72 años. Lo conocí, lo traté bastante en otros tiempos de luchas inconclusas. Hablaba siempre para disuadir y no imponer. Escuchaba, miraba a los ojos, invitaba al interlocutor a una reflexión, con esa pausa donde empleaba el silencio que definió en un poema como “un desembarco de dudas; un hueco de resistencia”.

Pertenecía a la vieja camada de profesionales que luchó por dos objetivos fundamentales a fines de los años 60 y comienzos de los 70: el estatuto y el convenio colectivo de trabajo. Sus compañeros lo recuerdan hoy por “su espíritu solidario” y sus “inquietudes”. Fue pionero en la idea de crear la fundación El Futbolista. Vivía dispuesto a compartir sus certezas sin soberbia, pero también sus vacilaciones. Era de esos tipos que no se la creían. Ni siquiera con sus tres Ligas ganadas en el Real Madrid o porque había debutado en la selección española gracias al célebre Ladislao Kubala. Con su amigo Carlos Della Savia –otro ejemplo de don de gente– había compartido sus primeros pasos en Quilmes y su ocaso futbolero en Gimnasia y Esgrima La Plata, allá por 1978.

Hace 24 años, la editorial El Monje editó su primer libro de poemas Trigo y Cardos para la colección La luna con gatillo. Había repartido copias de esos textos entre sus amigos. Touriño admiraba a Miguel Hernández y Joan Manuel Serrat y también decía: “A mí un gol me puede emocionar, pero nunca tanto como lo hace Benedetti; ante ciertos textos de Benedetti, tiemblo”. Conservo el libro que me dedicó “con el mayor afecto”. Ocupa un estante de mi biblioteca con textos que tienen algo que ver con el deporte y los deportistas, aunque es mucho más que eso. En un fútbol deshumanizado y con valores sepultados en el barro, la historia del recordado marcador de punta merece rescatarse.

Hablaba siempre para disuadir y no imponer. Escuchaba, miraba a los ojos, invitaba al interlocutor a una reflexión, con esa pausa donde empleaba el silencio que definió en un poema como “un desembarco de dudas; un hueco de resistencia”.

Fuente: [https://www.pagina12.com.ar/24828-el-jugador-que-amaba-la-poesia]

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