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Jaime Barrios Carrillo

Un país sin cultura no progresa. Guatemala parece olvidarse constantemente de su cultura. De valorarla y gozarla. Se le da demasiada importancia a lo extranjero, a lo venido de “países adelantados”. Pero se ha perdido la memoria histórica y también la autoconfianza; es una sociedad donde reina la seudocultura del consumo extremo y su contrapartida: la subcultura de la pobreza.

Seguimos parados sobre tesoros colosales de historia y cultura, sin que se les dé el valor que corresponde. Ni el uso. Una capa pegajosa de aculturación ha invadido las mentes de los guatemaltecos, creándose una anticultura de la alienación y el esnobismo.

La cultura se entiende también como formas mentales, sociales e incluso morales de una sociedad. Son las representaciones comunes, la memoria colectiva, los modos de expresión y hasta la idiosincrasia. De ahí que se haya afirmado bastante que el subdesarrollo es mental, por no decir cultural. No se trata solo de los niveles materiales para distinguir a una sociedad como desarrollada y con altos índices de satisfacción existencial.

Por otra parte, si nos atenemos a las definiciones clásicas de la antropología, cultura es todo lo que el ser humano hace y produce dentro de un marco dado de relaciones sociales, políticas y económicas. La cultura también implica una idiosincrasia, un patrón de comportamiento en base de términos comunes de referencia que implican el lenguaje, las tradiciones, las representaciones sociales, etcétera. Por eso resulta muy alarmante como ciertas formas de comportamiento destructivo se han generalizado en el país. Por ejemplo las extorsiones, los secuestros, el sicariato, la corrupción y otras parcas sociales. Es decir una anticultura que se ha posesionado de Guatemala. No quisiera decir “una cultura de la violencia” o “de la muerte” para no restarle dignidad a lo que es la cultura. De ahí que podríamos entonces hablar de anticultura, de valores inhumanos, de alienación.

De ninguna manera el presidente electo ha dado señales de que su gobierno cambiará en algo la gestión cultural a través del Ministerio de Cultura. Ha hablado de diversos ejes de desarrollo, de economía e infraestructura. Por supuesto temas muy importantes pero de nuevo la cultura se deja a un lado debido a que ya se volvió una tradición negativa dentro de la clase política el olvido y no comprensión de la importancia de la cultura para el desarrollo.

El Ministerio de Cultura ha ocupado un lugar muy pequeño en el mapa del Estado. No por eso deja de ser una responsabilidad mayor, porque la cultura es primordial para el desarrollo del país. Ignorar la fuerza y dinamismo social que la cultura puede lograr, si se le da el apoyo y presupuesto necesario, ha sido la constante en Guatemala. Por ejemplo, el gobierno de Álvaro Colom hizo en la cartera de Cultura nombramientos solo para pagar facturas políticas. Fue el caso del floricultor Jerónimo Lancerio como ministro, al que se le llamó con ironía Ministro de Floricultura, pues carecía de experiencia en el campo. Su gestión fue menos que mediocre. El general Otto Pérez nombró a un futbolista que no tenía idea de administración cultural. No sabía, cuando fue entrevistado en televisión, quién había sido el creador del Teatro Nacional. Este funcionario fue acusado después de corrupción por el MP y la CICIG y según informaciones conocidas fue ligado a proceso. El otro ministro de Pérez Molina, Carlos Batzín, también resultó señalado y detenido por relación al caso llamado “Cooptación del Estado”. Resulta un escándalo que tres ministros de Cultura hayan sido ligados a procesos por diversos delitos ligados con corrupción. Esto solo puede suceder en Guatemala. Repito: ¡tres ministros de Cultura acusados de corrupción! Y esto ha sucedido en los últimos diez años sin que haya llevado a un debate serio y amplio, sin que preocupe tampoco a la “gente de la cultura”, a los llamados trabajadores de la cultura, artistas, escritores, poetas, teatristas y músicos.

La situación lamentable de la cultura es resultado de repetidas y falsas prioridades, que le han dado siempre un lugar secundario. El Ministerio de Cultura ha sido el patito feo de todos los gobiernos. Poco o nada se sabe de cómo se apoyará, financiará y desarrollará la cultura guatemalteca en los próximos cuatro años. Algo vergonzoso para un país con tan profundas raíces históricas y culturales, y con tanto potencial de turismo cultural.

Le corresponde a este Ministerio manejar el régimen jurídico aplicable a la conservación y desarrollo de la cultura guatemalteca y también el cuidado de la autenticidad de sus diversas manifestaciones; así como la protección de los monumentos nacionales y áreas de interés histórico o cultural y el impulso de la recreación y del deporte no federado ni escolar. Cabe preguntarse, si resulta positivo que el Deporte y la Cultura estén bajo la responsabilidad de un mismo Ministerio. En todo caso un mal negocio para la cultura por razones presupuestarias.

 La cultura debe verse como factor de movilización social, formación y reforzamiento de la identidad nacional. Y como creación y recreación. La situación precaria de las instituciones culturales es resultado de repetidas y erróneas prelaciones, sin comprender el papel de la cultura en el desarrollo. Sin cultura y educación no podremos despegar en este mundo globalizado, de gran nivel competitivo.

La cultura brinda también, de cierta manera, consumo, cuando satisface necesidades. Pero, ¿cuántos guatemaltecos pueden darse “el lujo” de la cultura? ¿Y cuántos sienten la necesidad de ir al teatro, de leer, de asistir a conciertos, conferencias y exposiciones? 

Existe también una pobreza espiritual, de la cual individuos ricos, medio ricos y también los clasemedieros sufren en nuestro país sin darse cuenta. Son ignorantes en un doble sentido. Y la ignorancia es atrevida. Lo terrible es cuando las instituciones culturales caen en manos de este tipo de gente que carece de visión, y practican la sordera.

El desarrollo y la cultura pueden ser dos caras de la misma moneda. Son los hechos culturales realizados por personas y grupos, pero también las instituciones culturales, las mejores vías para lograr el perfil de la nación y del progreso. Junto a una educación constante y generalizada, dentro de un Estado de derecho que funcione. 

El arte, la ciencia y la literatura son para muchos, supuestas preocupaciones de la élite, aunque nuestras “élites” resultan incultas y sean analfabetas funcionales. Mientras, para grandes estratos de la población guatemalteca, lo cultural es lejanía o cumbres inaccesibles.

La cultura es, sin embargo, la salida. O la entrada al desarrollo. Se trata de un proceso de integración de valores y del uso inteligente de nuestros recursos. Globalización, paz y cultura son un tema recurrente en el debate internacional. Resaltándose el papel de la cultura en el desarrollo como condición para que un país prospere. Sin cultura y educación no podremos despegar en este mundo de gran nivel competitivo. Sin saberlo, hay que repetirlo: seguimos parados sobre tesoros colosales de historia y cultura.

El desarrollo cultural del país no puede ser ignorado por el doctor Giammattei. Máxime con su anuncio de que se promoverá sustancialmente el turismo. No concebimos turismo sin la conexión con la cultura guatemalteca. Vemos aquí una oportunidad enorme, ya que el doctor Giammattei recibe un Ministerio de Cultura maltratado por todos los gobiernos anteriores y los carriles para enderezarlo son amplios y esto debe aprovecharse.

Lo esencial sería romper con la negativa tradición de nombramientos para pagar facturas políticas y para “meter a su gente”. Se espera nombramientos de competentes administradores culturales, que conozcan la legislación cultural nacional e internacional, que sepan y puedan actuar como tejedores de alianzas intersectoriales, y reforzamiento de los estratos artísticos, musicales y deportivos del país. Y desde luego un presupuesto digno y adecuado. ¿Sera posible o seguiremos otros cuatro años viendo más de lo mismo?

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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