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Juan Antonio Rosado

En 1946 el escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias publicó en México, después de muchos años de trabajo, la primera edición de su novela El Señor Presidente. Se trata de una edición privada que llevaba un epígrafe tomado del Popol-Vuh: “Y entonces se sacrificó a todas las tribus ante su rostro”. En la segunda edición, aparecida en Argentina en 1948 y publicada por Gonzalo Losada, ya no aparece el epígrafe. El título del manuscrito de 1933 era Tohil, dios maya que pedía sacrificios humanos. Se cuenta que cuando Asturias llevó el manuscrito a Fondo de Cultura Económica, el director de esa editorial lo rechazó con estas palabras: “No nos interesa su señor presidente”. Así el escritor tuvo la idea de cambiar el título Tohil por El Señor Presidente, frase con que se designaba al tristemente célebre dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera.

De un título que hacía énfasis en el aspecto mítico, pasó a uno que enfatizó el lado político. En el fondo es lo mismo porque Estrada Cabrera fue también un mito terrible mientras “gobernó”. En la novela el dictador ni siquiera posee nombre. Se le designa sólo como “el señor Presidente”, aunque en esta figura se sincretizan el dios Tohil con un Estrada Cabrera remitificado y con el mito judeocristiano de Luzbel. La obra empieza con una invocación infernal que a mí me recuerda a las invocaciones a las musas con que empezaban las obras clásicas, como la Iliada. Pero aquí se trata de una invocación infernal. También se ha hecho hincapié en que Asturias invierte el mito del ángel caído. En la novela, Miguel Cara de Ángel se rebela de algún modo contra el presidente: al hacer el bien, “nada” a contracorriente, y como el dictador es una especie de dios omnipresente, Cara de Ángel, “bello y malo como Satán”, no puede escapar de su destino. Por cierto, la palabra hebrea “Satán” se relaciona con el acadio “Shi-ta-a-nu”, que en los juicios significaba “el adversario” (este vocablo aparece en el Código de Hammurabi). En efecto, Cara de Ángel, al hacer el bien, al ayudar al Pelele, al auxiliar a Camila y después casarse con ella, se convierte en adversario del Señor Presidente. Así se invierte el mito clásico de la caída del ángel.

No obstante, este clásico de la literatura universal va mucho más allá de lo mencionado. Hay gran cantidad de referentes reales y testimonios. Junto con Ecce Pericles, de Rafael Arévalo Martínez, y El autócrata, de Carlos Wyld Ospina, constituye una trilogía sobre Estrada Cabrera. De las tres, la única obra de arte es la de Asturias. Las dos primeras son ensayos históricos, políticos y sociales sobre un régimen y un dictador. Aclaran pasajes de la novela, pero ésta se centra en el anonimato y en la remitificación poética y terrorífica. Como obra que se basta a sí misma, el tema central de El Señor Presidente es el mal emanado del poder político. Por ello se trata de una novela política, al igual que La sombra del Caudillo, de Guzmán. Por eso mismo José Vasconcelos las comparó en 1946, en una de las primeras reseñas sobre la novela de Asturias. En 2001, yo publiqué el libro El Presidente y el Caudillo, donde comparo y contrasto ambas obras: sus recursos, temas, referentes reales y procesos de mitificación. No cabe duda de que las dos siguen siendo actuales en más de un sentido, pero sobre todo porque son insustituibles e intensas obras maestras de la narrativa en lengua española.

Fuente: [http://www.siempre.mx/2016/09/70-anos-de-el-senor-presidente/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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