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Anahí Barrett

Exudaba autonomía, independencia, irreverencia. Me recordó a Luis. Pero se trataba de otro tipo de desalmado. Uno que nunca me haría daño. Mi sobrino. Un desalmado a quien nunca podría odiar. Uno que jamás podría dolerme.

Parecía que la podías quebrar de una mirada. Su envejecimiento me comprobó que no. Se convirtió en una matriarca llena de ternura. Domó a su macho desde esa ilusión de fragilidad que el mundo compró.

Y él era así. Un hombre construido a partir de profundos sentimientos en su expresión mas orgánica. Parecía ser que su mundo lo dominaba un corazón rojo palpitante. Mi tío Guicho. Un personaje que su pendiente muerte jamás podría permitirme olvidarle.

Y ella apareció, nuevamente, en medio de los brindis familiares. Estaba más gorda. La cirugía se revirtió, pero se mostró como siempre. Con esa humanidad que la caracteriza. Y la sorprendí observándolo con otra mirada. Con esa que delata la resignificación de un recuerdo añejo. Él era ya una especie de trapo viejo tirado al desván de la memoria. Había logrado desechar de su hoy a mi sobrino. Ernesto era parte de su pasado.

¿Y qué decir de Rosalina, de Linita, de Mama Lina? La suegra que nunca pudo metabolizarme del todo, a pesar de sus nobles intentos. ¿Qué podrían decir sus hijos, sus nietos… su compañero de vida? Yo me permito decir por ella que sus hijos, los hijos de sus hijos no podrían jamás recriminar nada. Tan solo agradecer. Que Efraín, su compañero impuesto, irracional, indescifrable, agreste, indomable, terminó hecho un despojo desde ese instante. Aquel día en el que ella partió… a ese lugar desconocido.

Y sus palabras lo delataron. Ya no era mi bebé. Se había escurrido de mis faldas. Ahora estaba solo… esperando que esa otra vida le pasara.

Ellos eran cuatro alrededor de una mesa de un restaurante popular. Se apoderó de mi la recurrente interpelación interior: ¿qué historias podrían compartir? Percibí la mirada que delató a una de ellas y esa mueca socarrona de uno de ellos que me lo confirmó. Deleites de cama, amores infames, pasiones de una juventud de antaño. Las dos parejas sonreían. Eran todos configurándose en una mesa de complicidad durante una tarde de domingo.

Deleites de cama, amores infames, pasiones de una juventud de antaño. Las dos parejas sonreían. Eran todos configurándose en una mesa de complicidad durante una tarde de domingo.

La noche finalmente la sosegó. Había fumado cual condenada a la horca. No sabía qué hacer con ella misma. Ya no podía tolerarse un minuto más. Tenía que transformarse en otra. Y finalmente se asumió. Intentaría algo. Liberarse de eso que le oprimía la vida. Las palabras que le habían perseguido por siempre, como gendarmes acechando, se tornaron en escritos fluyentes desde su torrente sanguíneo. Esa noche comenzó otra vida: la de pretender ser leída por el otro. Como también se instaló en ella la sensación de una simbólica muerte cercana. Ya nunca más sería esa ella. Esa estaba, gaseosamente, desapareciendo para más nunca aparecer.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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