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Carlos Figueroa Ibarra

El martes 31 de marzo de 2020, un desencajado Trump, finalmente dijo la verdad. Después de una displicencia ante la pandemia del Covid-19, recortar el presupuesto del Centro para el Control de Enfermedades y disolver el grupo de trabajo sobre pandemias del Consejo de Seguridad Nacional, atribuir las alarmas a ataques de sus enemigos, decir que para la primavera la epidemia se extinguiría “milagrosamente”,  asegurar que después de Semana Santa todo volvería a la normalidad, ahora con la tormenta irreversible encima habló estremecedoramente: las próximas dos semanas serán dolorosas, en abril morirán por la epidemia entre 100 y 240 mil personas y en el peor de los casos entre 1.5 y 2 millones. Escenario previsto por los especialistas del Imperial College del Reino Unido y que nos parecía inverosímil.

Pero en las redes sociales dentro y fuera de México, no es la soberbia imprudente de Trump la que se difunde en el marco de  una guerra sucia. Desde Canadá, Guatemala, Argentina y otros lugares de Europa he recibido mensajes de alarma ante  lo que se considera una errónea e irresponsable conducta ante el Coronavirus por parte del presidente López Obrador. Lo más significativo es que no son solamente mis amistades anticomunistas quienes me han enviado esos mensajes. También son amigo/as progresistas que simplemente están siendo presa del virus reaccionario que ha recorrido las redes sociales. Repitiendo el discurso derechista en México deploran que AMLO no haya aplicado la medida de distancia social desde que se supo del primer contagio, que no haya suspendido sus giras de trabajo ni sus ruedas diarias de prensa. ¡Hombre! hasta que le haya dado la mano a la respetable madre de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

La derecha oculta que durante 2019 y 2020, Andrés Manuel se ha dedicado a reconstruir a marchas forzadas el sistema de salud pública que los neoliberales destrozaron. Desde antes del anuncio de la epidemia, AMLO había recorrido 200 hospitales para ver sus carencias y subsanarlas,  inauguró 15-20 hospitales, aumentó en 2 mil millones de dólares el presupuesto de salud pública, inició la regularización laboral de 80 mil trabajadores de la salud precarizados laboralmente. Además sus acciones están dirigidas al  aumento del personal médico, el abastecimiento de medicinas (boicoteado por las empresas farmacéuticas que controlaban el 80% de las compras gubernamentales), expandir la infraestructura física hospitalaria. Ha involucrado a Ejército y Marina en la emergencia: les ha dado 250 millones de dólares para expandir y adecuar sus instalaciones hospitalarias. El tratamiento de la epidemia ha sido elogiado por las organizaciones Mundial y Panamericana de la Salud (OMS, OPS), está asesorado por un equipo médico de altísimo nivel (premios nacionales de ciencias, investigadores nacionales, epidemiólogos connotados) el cual le indica cómo proceder. Desde el 3 de enero este equipo fijó la ruta de la fase 1 (transmisión importada), fase 2 (transmisión comunitaria) y fase 3 (transmisión generalizada).

El Covid-19 ha revelado el fracaso neoliberal que  desmanteló y privatizó la salud pública. Las medidas de excepción son inevitables cuando la epidemia se descontrola por imprevisión y ausencia de un sistema de salubridad vigoroso. Eso le sucedió a EUA, Italia y España. En México nada de esto ha sucedido.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Carlos Figueroa Ibarra
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