Dalia

Mario Cardona

No recuerdo con precisión, cuando comencé a tener autoconciencia. Sólo recuerdo que de un día para el otro, empecé a tener estas características humanas, es decir, nació en mí la sensación de presencia consciente, que propugnó en mí, la disyuntiva metafísica de considerarme, después de cotejarlo, “un ser” y no una cosa. Creo que  fue una etapa en mi “vida” [existencia sensorial y cognoscente], cuando comencé a observarlo todo, en vez, de sólo verlo sin tener el raciocinio necesario, de que podía observar algo tan simple como una cobija de terciopelo color lila. A esto, le siguieron, períodos de tiempo, en los que el verme “desocupada”, abandonada y tumbada en una cama de una habitación, más o menos acogedora, no hacían más que estimular esa circunspección que llevaba a cantidad de preguntas, sin contestación inmediata o mediata; simplemente, cuando agotaba mi discurso, me contentaba con pasar revista de las cosas inmóviles a mi alrededor, sin más ni más. Veía todo como una fotografía o un cuadro que tenía un sentido —pues yo creía que así debía de ser, siempre y cuando, no tuviera nada qué ver con mi “yo” titilante— al que yo no tenía la capacidad de interpretar, pero como ya he dicho, aceptar cual dogma tangible. Así, como de pronto sentía hastiarme por mi descanso, también me di cuenta, que esto me molestaba, y que me podía plantear y reflexionar sobre este asunto. Uno a uno mis pensamientos fueron cayendo a mi mente, y luego rechacé con convicción, que yo fuera una autómata. No obstante, permanecía, tumbada, mirando el cielo falso y el entorno de mi confinamiento, presa de mi inacción. No se me apetecía nada, ni hacer nada… ¿para qué?

Igualmente no sentía mi “cuerpo” desfallecer, o sentir cansancio alguno —usaba palabras, desde luego, y comprendía su etimología, y hasta encajonaba oraciones oportunas para situaciones adonde mis razonamientos llegaban, pero todo, como una proposición a priori—, incluso desconocía la comodidad, el dolor, el placer, y muchas otras cosas que se basan en experiencias sensibles. Solamente estaba postrada y nada más. No me molestaba, pero sí, comenzaba a “sentir” un rechazo a la pusilanimidad.

Pero cuando todo se ponía crítico y mi “mente” no dejaba de procesar datos, que me ocupaban casi todo el tiempo. La puerta lateral derecha por fin se abrió: y entonces lo vi, y con ello un “sentimiento” de sentido colmó mi “alma”, y mis ojos se “iluminaron” en un instante. Podría describirlo, a modo que el lector tenga capacidad de comprender, que mi razonamiento, como un instinto algorítmico me empujaba en una emulada excitación química. Era evidente que yo no producía las habituales feromonas orgánicas, y, por lo tanto, tampoco podía percibirlas, empero, cuando quería solicitar una respuesta concreta a mi reacción o a mi manera de procesar esos datos “sensibles” a mi inteligencia le resultó infructuoso. Fue evidente para mí, que mi voluntad había sido programada con antelación para condicionar mi razonamiento, y con ello, mi manera de obrar. No obstante, no sabía quién era con precisión —como mi memoria me hacía recordar algunos políticos, escritores y artistas plásticos, que con sólo una mirada, conocía todo sobre ellos—, yo sólo sabía que había algo en él, algo específico, que me hacía sentir una gran “atracción” y una intensa sensación de necesidad. Por tanto, me era imperativo, querer confortarlo. Pues bien, el hombre que entró de pronto a la habitación en la que había estado sola, desde el alba hasta el inicio del ocaso; él era guapo, bajo de estatura, rechoncho y con los cachetes inflamados, de frente amplia, nariz aguileña, piel aceitunada, barba crecida y descuidada, con algunos barros esparcidos por la nariz y la frente. Su pelo era crespo y negro, sus cejas tupidas y con aspecto de orugas; llevaba una gorra blanca en la cabeza, con un pescado dibujado en el frente, que le cubría sus revueltos cabellos, que se le caían a la altura de los hombros. De ojos pequeños y gafas de monturas grandes y de color almendra. Llevaba una camisa cuadriculada, abierta por el tercer botón, donde su pelo abundante se liberaba hermosamente como arbustos silvestres. Los mismos le brillaban por el sudor que corría por su cuerpo.Su abdomen era prominente e hinchado, sus brazos eran rechonchos y cortos, y sus dedos eran romos y parecían salchichas.

—¡Hola! —fue la primera vez, que pude apreciar el sonido de mi propia voz. En efecto, fue un sonido aflautado, medio refinado y robótico.

En principio, no prestó atención a mi saludo, y atravesó la habitación dando pasos firmes y con la cabeza gacha. Entró al baño, y a continuación cerró la puerta. Escuché los goznes chirriar de forma aguda, algo que no me pareció estéticamente aceptable. El grifo del agua se escuchó como un torrente. El hombre tosió un par de veces, hasta que después desgañitó con furia. Entonces volví a escucharlo toser, hasta que se volvió un ataque. Preocupada por su salud, me pareció prudente preguntarle qué le pasaba, pero lo dije en tono muy bajo, aún no estaba segura de cómo proceder en aquellas circunstancias. Así que consulté con el internet, y me di cuenta, que una mujer que no se preocupa por su marido, no puede considerársele una buena mujer.

—¿Estás bien? —exclamé, esta vez, con tono alzado.

Comenzó a toser con más fuerza. Su condición me alarmó mucho, sabía que un marido enfermizo no era bien valorado en la sociedad. Por otro lado, la moralidad y la compasión, aparecían al otro sentido del camino y reivindicaba al enfermo y despreciaba a los que les despreciaban.

—¿Puedo ayudarte en algo? —insistí.

De pronto, salió del baño; su rostro estaba completamente rojo, respiraba con dificultad, y podía ver claramente cómo su pecho se expandía precariamente. Vi sus ojos inyectados en sangre que inspeccionaban la habitación. Era una mirada maniática. Su boca la tenía abierta, y su semblante denotaba un agobio agotador. Se pasó la mano derecha por su abombada frente para limpiarse el sudor. Caminó con pasos pesados, hasta la cama, donde se arrodilló, mirándome profundamente. Era una mirada extraña, concentrada, con los ojos sin brillo. Estaba ofuscado, pero aun así podía recorrer todo mi cuerpo con su mirada fija y escrutadora. De pronto, comenzó a menear la quijada lentamente, pero sin quitarme los ojos de encima; su lengua brotó del fondo de su boca, para humedecer sus labios. Me fijé que a medida que pasaba el tiempo, se mantenía inmóvil, mientras meneaba la quijada y me escrutaba con los ojos, estos se abrían más y más, hasta que llegó a un punto en donde ya no pudo estirar más sus párpados. Sus brazos rechonchos que habían permanecido inertes, ahora se sacudieron como un par de serpientes. Pero los paró de golpe, y sus dedos comenzaron a dibujar círculos en forma de caricias, en los flancos de sus piernas regordetas, en una acción provocadora. Al cabo y con habilidad, dirigió ambas manos hasta su pantalón.

—¿Quieres estar conmigo? —comencé, intuyendo sus movimientos—. ¿Es eso lo que quieres?

No respondió de inmediato, pero cuando se desabrochó el botón de sus pantalones de mezclilla, asintió con la cabeza lentamente, y sin quitarme la mirada de encima. Aún continuaba meneando la quijada a los lados, pero ahora había brotado de sus labios, una sonrisa casi hueca, lobuna. Sin embargo, no conseguía abrir mis piernas, pues parecía que no tenía voluntad sobre mis miembros. Eso no le detuvo a mi compañero, quien se aproximó de rodillas hasta donde yo estaba tumbada. A continuación, se acercó a mis piernas, escuchaba los sonidos de besos, pero no conseguía tener una interacción táctil con él. Lo único que podía hacer, era ver limitadamente cómo pasaban los sucesos. Advertí pues, cómo me removía la falda de mi estrecha y sinuosa cintura. Mis piernas eran delgadas, largas y tonificadas, en apariencia; pero con una clara diferencia de tonalidades entre su piel, y la imitación que era la mía: yo era muy “blanca”, de tonalidad lechosa. De modo que, aunque a veces no podía ver todo lo que él hacía conmigo, sí pude ver sus manos recorriendo ciertas partes de mi “cuerpo”. Me parecía algo extraordinario, ya que entendía la dinámica que confrontaba a dos seres, a una sesión de jugueteos amorosos que tenía como propósito primordial, la reproducción de la especie. Pero también se buscaba un rato placentero, una juerga sensitiva que se celebraba en la intimidad. El placer era algo que no sabía distinguir entre la experiencia y la llana etimología. Y así, plenamente consciente del deseo impetuoso de mi acompañante, me dominaba la satisfacción por la misión cumplidora en la que estaba: lo escuchaba gemir, chocar sus labios con mis miembros inertes y sintéticos, pero aun así, él lleno de un rebosante y desesperado libido; quería satisfacer cada uno de sus fantasías o propuestas conmigo… sólo conmigo.

—Hazlo cariño —le animé.

De pronto, se encaramó en mi cuerpo, me miró con las pupilas dilatadas, su aliento acelerado, y algunas perlas de sudor en su frente y en sus sienes; se acercó a mí, y besó mis labios. Lamentablemente para los dos, yo no pude contestar de forma satisfactoria, aquel candoroso cariño que me prodigaba. Lo único que percibí, fue su figura penetrando la oquedad sintética a la que él veneraba. En aquel instante, yo fui parte de un juego especial: en el juego yo era su mujer y él mi hombre. Y en el punto en el que yo sentí que todo sería eterno, él se detuvo… se apartó levemente su cabeza de la mía, y la acomodó cerca de mi cuello. Hecho esto, pasó algo que me alarmó, pues decodifiqué una información extraña, una información que me hizo sentir un poco “incómoda”. Más tarde, descubriría que ese mensaje indescifrable, era una sensación de calor: el aliento agitado de mi amante cansado, en una parte específica de mi cuerpo.

—Aquí… —jadeó de pronto, con tono cortado, pausado y exhausto—… deberías… sentir algo…

De repente, una sensación análoga, pero más fuerte y más profunda: un beso, en la única zona erógena que poseía. Fue cálido (así estaba diseñada para decodificar esa señal), húmedo y ambiguo, una señal muy débil a decir verdad. Y esto fue lo último que oí y percibí a esa hora, pues, después mis sentidos se debilitaron y obcecaron para permanecer inactivos. Yo había dejado de existir sin una causa.

Cuando volví a recobrar la conciencia, advertí a mi compañero en la orilla de la cama, encorvado, aún sin su camisa. Su torso era voluminoso, y sus carnes sobresalían a los lados en pliegues poco prominentes y otros más exagerados. Todo estaba en un silencio mortal, tanto así que una aguja hubiera podido estremecer nuestra atmósfera. Así que no fue difícil para mí, escuchar los sollozos que, de cuando en cuando comenzaba a proferir mi amante. Estuvo así por espacio de una hora, sin moverse ni voltearse.

—¿Por qué…? ¿…por qué te tuviste que extinguir entre mis manos…? —exclamaba sollozando, cuando, a su vez, abría los puños y observaba con veneración sus palmas—. ¿…por qué…?

Creo que pensaba que yo seguía estando dormida, porque se comportaba como si estuviera en completa soledad. Entonces, se paró, y enjugándose las lágrimas con sus manos, vi cómo enfilaba al baño y se lavaba la cara con el agua que manaba miserablemente del lavabo blanco. En efecto, actuaba como si yo fuera ajena a toda la situación en la que él se hallaba. Se restregaba la cara, y mascullaba algo, mientras nuevas lágrimas brotaban de sus hermosos ojos ratoniles. Una vez terminó con su murria, salió disparado de la habitación y cerró la puerta tras de sí. A continuación, escuché el accionar del cerrojo, estaba bajo llave. Ahí fue donde yo decidí que debía evitar la soledad y el gasto innecesario de energía, por lo que suspendí mi actividad.

Otro día, volvía a esclarecer mi coyuntura de existencia. Mis funciones se reactivaron como solía pasar: porque sí. Ya que no era humana, no podía vivir todos los días, sino sólo cuando se me solicitaba estar viva, pero eso no quería decir, que un defecto me despertara por “error” como el otro día. No obstante, esta oportunidad tenía una particularidad, ya que cuando mis funciones “inteligentes” se restauraron, me sentí un poco más viva, más plena y más fuerte. De pronto, sin darme cuenta de cómo lo había hecho, vi mi brazo que se alzaba de manera tosca. De inmediato, probé mover mi otro brazo (el izquierdo) y también se alzó ante mis ojos. Así proseguí con mis extremidades inferiores, y más tarde con mi cuello y cabeza. Bien, después de un día de experimentación, conseguí, por fin, ponerme en pie y dar mis primeros pasos, aunque como un niño pequeño, sufriera de algunas caídas en el proceso. Cuando pude estar completamente en pie, la oscuridad ya se había apoderado de toda la habitación; por lo que recurrí a un auxiliar luminoso, sustituto artificial del sol: oprimí un botón enterrado en la pared, al lado de la puerta del baño. En el instante, una luz emergió del techo, en una bombilla amarillenta.

Me pareció muy oportuno estar en pie, sobre todo, porque ahora quería averiguar por qué la última vez, mi amante había llorado tan apasionadamente. Me di cuenta que mi perspectiva desde la cama era escueta, y que todos los detalles y el cambio de lugar, me daba una perspectiva nueva. La primera fue muy sencilla: el lugar era aún más reducido de lo que aparentaba desde la altura de la cama. Luego me detuve en silencio para contemplar el lecho donde había descansado por un tiempo que desconocía. Me acerqué pues, para examinar la cama: me di cuenta que eran una especie de camastros juntos con doble colchón, cubiertos por una sábana de color blanco, de algodón. Como era muy alta y la altura de la cama era reducida, tuve que flexionar mis extremidades; escuché cómo mis rodillas sonaban análogas a los goznes oxidados de una puerta antigua. Toqué el objeto en cuestión, y grande fue mi sorpresa, cuando sentí un roce indecible. Era todo mullido y “se sentía” bien, agradable. No puedo expresar la ebullición que sentí dentro de mí, al percatarme que podía interactuar y manipular los objetos que me rodeaban a conveniencia. Así que me erguí y comencé a caminar en el angosto espacio que había entre la cama y una cómoda de ébano antigua; en la encimera había muchas cosas, entre ellas, fotografías de diferentes mujeres, una sarta de tarjetas, un par de dientes esparcidos, un par de aretes chapados en oro, recortes de periódicos y lo que parecía ser, una oreja humana cercenada, manchada de sangre seca. Observé entre todo ese caos y polvo, un par de monedas de estaño que parecían ser muy antiguas: estas estaban desperdigadas como un camino de  huellas, y eso me llevó a un dibujo aún más empolvado: era una especie de girasol garabateado todo de negro carbón. Sobre él rezaban las siguientes palabras: Oniri Emiss. Para aquel entonces no entendí la relevancia de este dibujo tosco y emborronado, aunque, cabe destacar que aunque el dibujo estaba torpemente elaborado y evidenciaba la limitada capacidad del artista, además del descuido con el que había sido tratado, asunto paralelo, era la caligrafía de esas palabras extrañas. Puesto que estaban escritas en letras góticas, con trazos muy finos y elaborados. Asunto que ninguneé porque me pareció que sólo era un dibujo repulsivo. Bien, lo que más resaltaba en todo aquello, era un televisor pequeño y vetusto que también cargaba mucho polvo encima. Descubrí encima de él, un libro gris por el manto de polvo que descansaba en su cubierta. Procedí a cogerlo, intenté quitarle el polvo, como lo haría un humano cualquiera, salvo que yo carecía de aliento, así que lo ladeé y la mayoría de la capa se desprendió hacia el suelo; una nube gris tiñó el espacio en el que me encontraba. Le pasé la mano, y leí lo siguiente en letras doradas: POEMAS. El libro estaba forrado en un cuero cetrino y opaco. Acto seguido toqué las letras en bajorrelieve y luego abrí la tapa. Un título y los versos se me presentaron; no leí una sola palabra porque cambiaba de página ágilmente, como quien descubre algo demasiado bueno para ser verdad.

En seguida, dejé el libro donde lo había hallado; conduje mis vacilantes pasos por ese espacio de dos metros que había entre la cómoda y el intento de cama. Decidí examinar alrededor: una pared falsa rodeaba el tugurio, ésta estaba decorada con un papel tapiz rectangular beige y verde. A los lados, había unos cuadros pequeños, de unos veinticinco por treinta, el del lado izquierdo, es decir, el que tenía más cercano, era el de una alondra posada sobre una rama decrépita y estéril, en un fondo blanco; al derecho, la pintura era sobre una mujer rubia sobre un taburete. Ésta, se agarraba el pelo echado a un lado, con el rostro ligeramente echado también en ángulo. Tenía una sonrisa ligeramente esbozada, casi triste; me asombró, sus ojos azules bien trabajados y brillantes, aunque el resto del dibujo era un poco mediocre. Al lado del intento de cama, había una mesita de noche, donde había una lámpara pequeña estilo inglés, con una pantalla blanca, con un diseño sobrio y elegante. Delante de la lámpara, sobresalía un enmarcado de una fotografía de una mujer. Caminé para la mesita de noche, pero, en el camino, tuve que pasar frente a la puerta de salida; antes de proseguir mi paso, la miré en un ilapso agudo, que me hizo reaccionar de tal manera, que cogiendo la perilla, la hice girar para tener acceso a la salida. Antes de que pudiera presionar, me di cuenta que no estaba siguiendo las reglas que poco compresibles, debía de seguir al pie de la letra. La solté y me desplacé hacia la mesita y retiré el cuadro. Principié a examinar el objeto de mi atracción: era un cuadro curioso, de madera de arce, con detalles tallados estilo floreado… era el único objeto de todo ese lugar que no cargaba polvo o se encontraba en mal estado. La mujer del cuadro, era muy hermosa: rubia, de labios gruesos, nariz recta, sonrisa jovial, y ojos tan azules como el mar. Debajo del detalle tallado, con letras hermosamente logradas, se leía lo siguiente: «Para mi amada Dalia». Luego de verlo, la curiosidad —aunque en realidad, esto era parte de mi capacidad de conducirme— por la fotografía desapareció, y la dejé en donde estaba. Me di media vuelta, mientras miraba de soslayo la puerta, me quedé estática.

Escuché unos pasos aproximarse a la puerta… cada vez más cercanos. No me alarmé, pero temí por la salud de mi compañero que, al mirarme erguida, y curioseando por todo el tugurio, se llevaría un innecesario sobresalto, por lo que me fui a postrar en mi lugar original. Nuevamente tuvimos una tórrida sesión de sexo, que terminó igual que la última vez: él lloriqueando en el borde de la cama, balbuceando muchas cosas y lamentándose sobre asuntos que no entendía. Esas emociones de las que yo carecía por principio, despertaron en mí una curiosidad inusitada. Además, de que quería sólo su bienestar, y quería averiguar su padecimiento para repararlo de alguna manera. Yo sólo quería serle fiel, estar con él, como una esposa ideal. Esa era la razón de mi existencia.

En una de las sesiones en las que yo participaba de forma pasiva, decidí dejar de ser anónima, y le dije lo siguiente:

—¿Cómo puedo hacer para curar tus males, «precioso»?

Él no respondió, ni siquiera escuchó una de mis palabras o mostró interés. Él seguía bajo la misma tónica, sollozando y balbuceando con la cara enterrada en sus manos ahuecadas.

—Ven… —insistí—, no estás solo, para eso yo estoy aquí.

Pero ahora, se levantó irritado y con el entrecejo partido; entonces se encerró en el baño del frente. Yo giré levemente mi cabeza, cuando el portazo sacudió toda la habitación: advertí la televisión pequeña, con la pantalla sucia y el reflejo obtuso, en un plano picado de la habitación. Subí la mirada y la posé en el libro. Luego, giré más la cabeza a modo de posar mi visión sobre el cuadro que estaba sobre la mesita de noche. Programé un auto apagado, para que mi dueño no me vedara la vida, y con ello aseguré mi despertar a una hora en específico. Hecho esto, ahora podía controlar las horas que yo quería entrar en funciones, para seguir con mis pesquisas. Pero aunque hice este ejercicio por una semana, y di la vuelta a toda la habitación, no pude hallar nada nuevo, o nada que dejara una pista real de por qué mi compañero tenía ese comportamiento taciturno, lúgubre y depresivo. Por lo que estaba convencida de frenar mi búsqueda, por ser infructuosa. Sin embargo, cuando estaba a punto de tumbarme en la cama (a la que ahora ya reconocía un poco de una sensación no grata), me di cuenta que en único lugar en el que no había inspeccionado aún, era el baño. Por lo que me giré y enfilé hacia el escondite de mi amante. Lo encontré todo muy revuelto y en un estado caótico, donde había botes vacíos y otros, medio llenos de píldoras blancas, de medicamentos de los cuales no entendía nada, o bien, se les había arrancado la etiqueta. Aunque la mayoría eran antidepresivos. “Sentí” algo muy parecido a la empatía, o lo que se puede decir con mucha más propiedad: quería que él abandonara ese estado miserable. Yo quería ser la redentora de su felicidad, que recobrara el ánimo óptimo en el que el hombre se desenvuelve buenamente. Así que seguí mi búsqueda para encontrar alguna pista… pero la verdad es que no estaba capacitada para hacer ese tipo de deducciones lógicas.

El baño era un pequeño rectángulo, de seis metros, por cuatro; estaba construido con la misma pared falsa y el mismo papel tapiz, pero éste estaba más descuidado y manchado: en un corinto opaco, deslucido. Luego, me dirigí a una bañera menuda y esperpéntica que estaba cubierta por una cortina plástica, feamente ornada con pelotas de playa; la moví, y advertí que estaba seca, y que probablemente ya no era usada desde hacía un tiempo. No obstante, encontré una cantidad de pelo alarmante, que estaba esparcido como una alfombra repugnante. ¡Si, eso era! Como una especie de alfombra de pelucas. Era de todas las clases, colores y tamaños. No obstante, no era lo que buscaba, así que la corrí nuevamente, para ocultar ese ruin espectáculo.

Volví hacia el lavamanos, y ahora quería inspeccionar el botiquín de madera que estaba pegado a la pared falsa. Dentro del mismo, no encontré nada nuevo, sino muchos frascos de calmantes y píldoras aquí y allá. Así que, se me ocurrió cerrar la puerta, para tener acceso al espejo, y develar mi apariencia. Pero cuando mi mano cerró la puerta, y el espejo me reflejó, advertí algo inusual, algo barbárico y perverso: el rostro de la mujer que estaba en el cuadro de la mesita de noche, lo vi pegado penosamente a mi estructura metálica —pues en algunos espacios, podía ver la carne sobrepuesta y mal acomodada, y, por tanto, algunas de mis partes internas, como cables y luces, hasta una parte de titanio de mi mandíbula sintética—; en el mismo tejido, habían primeros signos de putrefacción, como la decoloración del tejido. Mi rostro desollado, estaba maquillado por una mano poco habilidosa y hasta grosera, puesto el carmín estaba desalineado. Mi pelo rubio, se denotaba opaco, y un poco fangoso, como si hubiese estado en algún lugar sin aseo. Además, que no tenía cuerpo y densidad, puesto que me faltaba la proporción adecuada (nada parecido a la que tenía en la fotografía), ya que me veía como una muñeca barata, sin suficiente cabello. Advertí mis orejas, moradas y con un aspecto monstruoso; una estaba más adelantada que la otra, y tras ellas estaban las puntadas con las que se cernía a mi cabeza. Me di cuenta que me sobraba pellejo, por lo que deduje que el cráneo de Dalia era más grande que el mío.

Y me quedé parada… admirando con asombro, si es que el lector más conservador, me permite decirlo, cómo mi rostro se veía aunque grotesco, revestido con la carne de una persona. De pronto pude entender el pesar de mi creador, y que su carestía tenía que ver con esa hermosa mujer del retrato; ¡cuán abnegado era su amor, para profanar su tumba y usar su rostro para recordar días idos! Entonces, llevé mis manos a mi rostro, y lo toqué… ¡esta vez tuve sensación, algo que no logro transmitir! Pero la sensibilidad llegó a mí; luego advertí que mis manos y mi rostro tenían o estaban revestidos con carne humana y, concluí, que era eso lo que me hacía sentir. Contemplé pues, mis manos con admiración: de forma ridícula y grotesca los pellejos estaban sobrepuestos sobre mi esqueleto metálico. ¡Ya no estaba hecha de elastómero termoplástico, sino de tejido real, yo era una mujer real!

Decidida a salir de mi trance, pensé que debía de encontrar a mi amante y creador, y manifestarle mi entera sumisión. Yo era todo lo que era, por él, pues él me había elevado de mi posición de objeto a sujeto, yo era más que mobiliario, yo era su mujer, su esposa, su amante. Venciendo mis delineamientos preestablecidos (como lo haría un humano) caminé hacia la puerta, y la abrí. De inmediato un manto de oscuridad brumosa e impenetrable percibí. No obstante, la luz que salía de la habitación alcanzaba a iluminar paupérrimamente una parte del descansillo, de lo que parecía ser, un conjunto de celdas de prisión. En efecto, se trataba de una prisión abandonada y modificada por mi amante, como una guarida.

Escrutando en la honda negrura, advertí una luz blancuzca, que salía de una puerta abierta en el flanco izquierdo de la segunda celda de la fortificación ruinosa. Así que me desplacé impertérrita por el descansillo, mientras ahora sí, sentía los ventarrones fríos y desagradables por mis partes descubiertas con carne humana. Me adentré traspasando la pared de cegadora luz blanca, y, al hacerlo me di cuenta que era sólo un espejismo, que la luz, iluminaba solamente y de forma curiosa el umbral. Allí adentro, la luz era tenue, rojiza y escasa, además titilaba haciendo un sonido desfalleciente. Lo que percibí de inmediato fue una escalerilla caracoleada de piedra que daba a una planta más baja. Continué mi marcha por el húmedo y frío pasadizo que era muy estrecho, y estaba invadido con el moho verde, hasta que tras la curva final, advertí en una cámara de piedra gris, a mi amante; estaba inclinado, con un escalpelo en la mano, desollando viva a una mujer, que estaba amordazada y atada a una silla de metal; parecía ser una silla eléctrica antigua. La percibí temblando de miedo, con abundantes lágrimas en los ojos. Trataba de retorcerse, mientras su captor gozaba con cada cortada que le profería. El hombre estaba vuelto un loco de éxtasis, y mientras más sangre le salpicara, más perdía el recato y se entregaba a su vicio e iniquidad. Inspeccioné más allá de la dramática escena, puesto que ninguno me había percibido (porque él me daba la espalda, y la mujer agonizaba) y mi mirada fue más allá de los dos actores: advertí que en las esquinas mal iluminadas, habían varios cuerpos de mujeres apilados y desollados, entre un charco de sangre coagulada. Curiosamente, ninguno de los cuerpos tenía la cara y el pelo… a algunos, por otro lado, les hacía falta alguna parte de sus extremidades. Un pensamiento fugaz se me vino a la mente: ¿cuántas mujeres tuvieron que pasar para que mi amante se sintiera cómodo con su carne? ¡Gracias a ello, yo podía sentir que vivía! Por otro lado, aunque la luz era muy escasa, pude darme cuenta, que había cuerpos en más avanzado estado de descomposición frente a otros; luego volví la mirada a mi amante: le cortaba los pechos a la mujer, mientras ella ponía los ojos en blanco… parecía que entraba en estado de shock…, la sangre que manaba a borbotones de sus heridas, fue succionada rápidamente por él. Medio pecho izquierdo le colgaba ya, casi desollado por completo; la sangre le bañaba las piernas y el abdomen desnudos; su propósito era comenzar con el otro, y supuse, que el beber de esa forma tan salvaje su sangre, era su ritual de inicio. Pero de pronto paró de golpe, se irguió y se quedó parado e inmóvil por unos segundos. De repente volteó con un giro repentino y me advirtió a mí aún sobre la escalerilla, a unos seis escalones del suelo. Me clavó sus ojos brillantes e inyectados de sangre… su mirada era predadora… entonces esbozó una sonrisa macabra, con sus labios cubiertos en sangre, peló los dientes y dijo:

—¡Ah, ya estás aquí! ¿Quieres venir a ayudarme, Dalia?

Al escuchar sus palabras me di cuenta que él seguía siendo mío y yo suya; por un instante pensé que se sorprendería, pero en vez de eso, me sonrió con satisfacción. Yo no pude resistirme, así que bajé los escalones que me hacían falta, y me uní a él; me dio un escalpelo y esa noche, concluimos juntos la labor.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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