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interesa me no que día y fecha, Ahora

 y que está marcado como 23 de abril de 1,998. Por fin me he dado cuenta que he envejecido como nunca en tan sólo año y medio de convivir con personas que no podría asegurar que viven todavía o sólo aguardan lentamente a que el tiempo se aburra de ellos y los mande de una vez por todas a descansar a una caja. Sabía que para ellos ése era un deseo que se podía distinguir fácilmente, creo que el error que cometí no fue estar con ellos durante todo este tiempo, sino creer ingenuamente que ellos tenían la solución para la infelicidad. Debo reconocer que me equivoqué rotundamente. Recuero que los primeros días que tenía de estar con ellos me decía con autosuficien­cia «ellos tienen la experiencia, que es lo mismo que la sabiduría”.

Pero como te dije, ya pasó más de un año. Y ellos no son los mismos desde aquel tiempo, aunque no son distintos como yo. Porque durante este tiempo me envenené con su vejez y ellos se conciliaron al ver que los jóvenes, aún los jóvenes como yo, ya morimos lentamente. Cosa que los satisface, entonces pueden sentirse conformes. Casi todos ellos poseen una identidad semejante. No hablan mucho, pero siem­pre que lo hacen, repiten lo mismo todos los días.

¿Qué? ¿Te escribió tu hija?

No, parece que está demasiado ocupada, y ni modo, primero es lo primero.

Que me escriba ¡a ver que me escriba! si es tan valiente; lo que soy yo, no le recibo ni mierda, de él no quiero ni una invita­ción a su entierro…

-Pero si es tu hijo, cómo podés decir eso de tu hijo, si es tu sangre.

-Para la ayuda que me da el que sea de mi sangre, vos también sos de mi sangre, acaso no somos seres humanos. pero ese hijo de… nadie, no quiero nada, ya no hablemos más, si fuera mi hijo ya me hu­biera llevado s su casa a vivir con él, no, pero no, me paga para vi­vir en este reducto de porquería donde todos nos enfermamos al hablar de nuestros hijos, esos pedazos de ignorancia que nos creen antigüeda­des que se guardan en lugares especiales para que no se las roben o simplemente para que no estorben.

Sabes, mi nietecito ya cumplió siete años, justamente ayer, todavía me recuerdo cuando tenía dos años, era así de chiquito…

¿Ah si? ¿y hace cuánto que no han venido a verte?

Ah, hace casi cinco años. Pero siempre me escriben y me mandan fotos, mira, aquí tengo las de la fiesta del cumpleaños del chiqui­llo. A que no adivinas quién es entre todos los que están recogiendo dulces de la piñata. A que no adivinas…

-Se vé que me parece… aquél, si, es el de los ojos grandes, igualito a vos.

Se vé que me conoces bien, sos tremenda.

 

Dos de la tarde con quince minutos, lecciones nunca podré encontrar con suficientes fundamentos para entender claramente cuál es la causa por la cual los ancianos disfrutan de mi situación. Sé que roen con sus arrugas sobre mis sueños. Aunque cuando vine por primera vez, recuerdo claramente que no era así.

 

¿Qué se hace? -Le pregunto al calvo, con esa desnudez excesivamente brillante que estaba sentado frente a mi. Con sus ojos algo desorbitados, íngrimo, apagado. Y no dudaba de que muchas de aquellas preguntas sólo eran un requisito para que yo pensa­ra que la plaza ere de indudable seriedad.

 

-Bueno vos, realmente lo único que tenés que hacer, es cuidar de los viejitos, nada más; nada de mantenimiento y sus habitaciones, ni cambiarlos, no, que se cambien solitos si «ya están viejos».

 

Alargó una cruel sonrisa de semblante mortecino.

 

Claro, vos tenés que distraerlos, platicar con ellos, hacerles juegos, para que no se aburran seguido.

 

Y no se supone que eso lo tendría que hacer algún psicólogo o no sé.

 

Así debería de ser, pero entendé que la situación no da para esos lujos. Además vos decíles que vos sos eso que dijiste, y asunto concluido. Bueno, sigamos, ahora sólo me queda felicitarte y darte la bienvenida a la empresa, ya sabes que la paga aunque parezca poca, se compensa con domicilio para pernoctar y alimento los tres tiempos.

 

Sí, cuando podría saber si estoy contratado o no. -Alargo mis manos, haciendo una señal con los dedos refiriéndome al dinero-.

 

Bueno, empezás desde ahorita. Me mira con desprecio, como si

empezara entonces el verdadero juego, el trabajo serio.

 

Por ahora andá a comer que se está sirviendo la cena y des­pués dormí. Mañana sabrás qué hacer con esos estorbos. La mueca rara que tenía en la boca cambió, ahora retorcía lentamente los labios, rotos por el clima crudo de frío que se mantenía en la ciudad, se levantó y noté que usaba de aquellas mascarillas de crema del color tono piel humana. Seguramente tratando de esconder una cicatriz que se deslizaba desde la parte anterior de la oreja izquierda hacia en centro de la nuca, su cabello corto, como una zarza mal acomodada en la cabeza. Disimuló inmediatamente moviendo la cabeza para esconder la cicatriz, como si no se hubiera dado cuenta de que yo lo miraba con ese descaro de niño que vé por primera vez a alguien con una cicatriz tan ridícula.

 

Hace no menos de una semana uno de los ancianos se suicidó. Comiéndose las cartas de amor que se escribieron con su esposa cuando aún eran novios. Pero para mala suerte -como sucede muchas veces-, los demás ancianos pecaban de egoístas. Y uno de ellos no estuvo de acuerdo que él intentara escapar fácilmente de la vaguedad de este otoño intransigente y mudo.

-¡No! ¡no es tan fácil ché no es tan fácil! Gritó inmediatamente al ver cómo Fede se comía las cartas. Y comenzó a caminar lo más rápido que pudo hacia mi oficina, Cuando don Arturo caminaba así de agitado pa­recía que era cojo. Al llegar a mi oficina para contarme lo que sucedía estaba totalmente agitado, resoplaba y resoplaba para tomar aire por el cansancio y la impresión.

– Vos Vito, ese pedazo de feto, el Fede, él -resopló dos veces-. Ese mierda se ahuecó y quiere matarse, andá rápido, rápido, mira que si no lo evitas, mira que si no lo evitas…

Entonces me dirigí rápidamente a la habitación de Fede y al llegar me detuve en la puerta y lo observé, estaba de espaldas, cuando le grité «Fede» volteó e ver. Tenía en la boca unas hojas de papel y entre las manos otras más, rápido, le arrebaté de las manos aquellas hojas y traté de abrirle la boca, pero no se dejaba.

-¡Pero porqué te querés morir! Le decía mientras for­cejeaba con él. Los demás ancianos se habían reunido en la puerta de la habitación. Y se disputaban la primera fila para verse, sí, para verse en Fede, ellos QUERIAN LO MISMO que Fede, pero eran cobardes o tal vez simplemente eran viejos. Quizá entendían que les daba lo mis­mo morirse por obligación o por oficio, o auto oficio de su soledad, hastío, aquella repugnancia que sentían por los vecinos que tenían y también por ellos mismos. Esta vida, qué vida podría ser ésta donde se aburrían entre las mismas palabras, los mismos recuerdos de siempre, tanto los personales como los ajenos, tanto los de sus hijos como los de sus nietos. Todo se reducía a todo el pasado, a volver a los mismos años que disfrutaron y tratando con esto de refrescar los años de aho­ra. Tenían cartas, fotos, pero también se aburrían siempre de ver de nuevo cada noche las mismas fotos, éstas que habían visto ayer, anteayer, anteayer de ayer y el anteayer del anteayer. Porque desbordaron el vaso de la vida con fotografías, sabían sin duda alguna de que ha­bían disfrutado totalmente, como nadie de la vida y ahora, hostigados casi siempre por esa culpabilidad subconsciente de pedir favor para que cambiarse la ropa no fuera           algo casi imposible. Además eso de que les recordaran que el día de hoy no era el día de las visitas. Pero có­mo no olvidar esos días cuando más se sienten simplemente huérfanos. Algo más que una nómina de los gastos de los hijos en la tarjeta de crédito o un retiro inevitable en la cuenta bancaria, ERAN ELLOS Y FEDE en la guerra con sus hijos, con sus recuerdos, con sus acciones anár­quicas de la juventud, ya no les importaba si trascendería de sus me­moria alguna anécdota, querían simplemente morir, pero no era ya cues­tión del tiempo ni de la muerte, sino de las fotos, los recuerdos, la anarquía, se recordaban tanto, tantas veces al día, que se daban cuenta de que no podían sobre todas ellas, ni sobre la muerte ni el tiempo.

 

Pedían la muerte, pero no la muerte muerte, sino la juventud, la irre­verencia de hacer cuanto les plazca.

No logré sacarle el papel de la boca, Fede se empezaba a poner pálido, se ahogaba, y todos los que veían desde el arco de la puerta se mostraban alegres, sonreían, hablan algunos ancianos que colocaban su mano encima del hombro del otro y le apretaban con ánimo, como anunciándole una novedad. Esa de que por fin uno de ellos, o ellos mismos en Fede, lograban sencillamente olvidar que mañana volverían a ver las mismas fetos, los recuerdos, las frases.

 

Murió. En vano los paramédicos le hicieron una incisión en la garganta tratando se salvarle la vida. Falleció un 22 de julio y a partir de esa semana, muchos de ellos repetían:

 

-¿Qué agallas las del Che Federico crees vos?

– Ah, qué va, pobre idiota, eso es, te imaginas hacer lo mismo. Viste cómo se ponía, cómo sus ojos se desorbitaban poco a poco y se acumulaban granitos de sangre en los extremos, como sus comisuras se le palidecían y empezaba a poner el rostro descompuesto, no ché, yo no sé si fueron agallas o se empalagó de tristeza, recordá que desde que se murió su mujer, leía y leía de nuevo esas cartas, yo creo más que murió de amor, se atragantó de amar tanto.

 

Todo sigue igual, se habla de la muerte de Fede pero sólo por requisito diario, de recordar, que existe la posibilidad de huir de todo, simplemente de olvidar, dudar que tal vez sea lo mejor, descon­fiar de que existe una pequeña esperanza en esta ilusión. En esta casa de ancianos. Desahuciados, ignorados por ellos mismos, cada día. Y todo aquello que buscaba: olvidar la infelicidad, esa nostalgia cul­pable con la que nos hacen crecer.

Y como era evidente que no lograba mi cometido, en la frustra­ción de ser consciente de esta tarde, reconozco después de tener perdida la mirada después de la ventana, de que los viejitos son yo, que yo he tomado el lugar de aquél que se suicidó hace ya casi un año y para olvidar que no fui feliz, leo sus cartas, mis cartas, donde le escri­bí a Perla

Sabes Perlita querida, sabes cuánto te amo. No dudes por favor nunca vayas a dudar de mi amor. Te juro que te amo como no amaré nunca, vayas a dudar de mi amor. Vos lo sabes, sólo para ti escribo poesía. Y te acordás, tal vez no, pero me recuerdo ahora de aquellos versos que te escribí después del primer día que te conocí, te acordás

 

«A VOS»

A vos, si vos.

Todo sos vos, viuda, divorcio, casamiento.

Vos…

Punto inicio y punto fin.

Risa y también sufrir.

Rostro y color de las mañanas.

Luna y estrella de mis madrugadas.

Vos sos todo lo que digo, y también lo que veo.

Vos…

La tinaja que contiene mi llanto.

El reloj que detiene mi espanto.

El amor que retiene mi tiempo.

A vos, si a vos.

 

Verdad de que te acordás, claro, sabes cuánto te amo, que por vos soy capaz de todo. Y aunque dudes de lo que ahora te estoy diciendo no dudes de lo que escribo, porque lo escribo sintiendo, sintiendo sólo tu amor….

 

con todo mi corazón, Vito, l4 de febrero de 1,937

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