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-Obviamente la vi jugando al fútbol en algún lugar.

-¿En dónde la viste?

-No recuerdo con claridad el lugar.

-Vamos, no seas pesado, ¿por qué no me lo dices?

-No es que no te lo quiera decir. La verdá es que no recuerdo.

-Sí te recordás, lo que pasa es que sos apretado y no querés soltar la sopa.

-Si dejás de necearme tal vez pueda recordarme, pero así como me estás hostigando terminaré por negarme a decírtelo.

-No dejés de darme la dirección. O sabes qué, mejor se lo pregunto a ella, ella tal vez si recuerda.

-¡No!

-¿Qué?

-No se lo preguntes.

-¿Y cómo pensás impedir que lo haga?

-¿Para qué lo harías? no seas…, echarías todo a perder.

-¿Qué podría echar a perder?

-Todo…

-No sé a qué te referís con todo.

-Se supone que vos tenés que llegar de sorpresa, y no así porque se te ocurrió llegar un día.

-¿Y qué tendría de raro que lo hiciera así?

-Te lo digo porque no la conoces.

-Dejá los rodeos y explícate bien.

-Si sos demasiado obvio perdés, si aparentás demasiada ingenuidad también perdés. Tenés que estar en el justo medio de lo que tal vez te ha pasado por la mente. No dejes que te engañe la emoción, ni que la frontalidad te domine porque para acercarte lo suficiente podrías lograr todo todo lo contrario.

-Pero no me decías la última noche que hablamos de que no le gustaban las personas que viven como si fueran equilibristas que no quieren estar de ninguno de los dos lados de la vida.

-Es cierto. No le gustan, pero eso no significa realmente nada, por eso te digo que no la conocés. Estás aquí, mirá bien donde estás parado. Necesitas esperar y avanzar de sorpresa. Simple.

-No sé si lo que vos querés es ponerme en un laberinto o complicarme la situación porque también estuviste con ella antes y no querés que yo me le acerque.

-Ni eso, ni nada. No tengo por que meterme en tu voluntad ni en la de ella.

-¿Entonces?

-Entonces… nada, ya te lo he dicho. Ella es simplemente ella. Tan práctico como abrir los ojos por la mañana. O en tu caso. Tan elemental como que vos te enamoraste de ella y no es algo que te guste sentir estando en estas circunstancias.

-No he dicho que se trate de amor.

-Aquí nadie dijo que vos has mencionado esta palabra, porque no es necesario hablar cuando se te nota a leguas.

-Estás delirando.

-Quizá, pero mis delirios no son por ella, como los tuyos.

-No sigas, que todo es mentira.

-Si ya sé, todo es cierto, las mías son mentiras y tus verdades son secretos.

-Y al fin, me das la dirección donde la viste jugando fútbol…

-Mañana.

-Llego a las seis.

-Tranquilo loco, mañana es domingo, y los domingos no salgo a correr aunque amanezca al lado del chamuco.

-Si te conviene más, mejor llego en la noche, pero hoy, así mañana te evitas de que te haga madrugar, porque voy a tocar tu puerta hasta que salgas con la dirección.

-En la siguiente esquina a la derecha.

-O.k.

-Espera… el semáforo ya no da vía.

-¿no entiendo cuál es la precisión que tenés?

-Ella se va de viaje.

-¿Sí? ¿Para siempre?

-Todavía no lo sé con seguridad.

-¿Pero si no es para siempre? ¿Te ha dicho algo?

-No hemos tenido tiempo para hablar.

-¿La has encontrado? Ella siempre ha viajado, su trabajo es ése.

-Sí, pero esta vez no es por trabajo.

-Espera… ¿Cómo así que esta vez no es por trabajo? ¿Estás completamente seguro de que esta vez no es por trabajo? No puede ser posible. Espera te digo, detente. Ya no corras más. Detente.

-Y ¿Ahora qué?

-No puede ser posible.

-¿Qué? ¿Su viaje?

-No, su viaje, no; la razón de su viaje.

-Ah… eso. Mirá, tanto que te estoy neceando con los mismo desde hace dos kilómetros, pero ya decía yo que te sentías demasiado confiado de ella, de que como la conocés tanto tanto que no podría fallar. Si, su viaje es por algo menos por trabajo, y eso es lo que llama la atención y por eso tengo tanta prisa en saber la dirección, porque no la localizo de otra manera. Y me preocupa si no vuelve.

-Es buena razón para preocuparte, pero si ella no tiene deseos de quedarse o tal vez se va de este lugar y después viaja a otro.

-Tampoco le des más hilo al barrilete que me basta con la que ya tiene.

-Lo digo por si las moscas.

-Vos y tus moscas no me interesan. Me interesa la dirección.

-Está bien, no te molestes. Continuemos el recorrido, todavía faltan dos más.

-Entonces llego en la noche…

-Sí. Te la daré, después de eso te venís conmigo. Tenés que ver algo antes de hablarle.

-¿Qué?

-Llegá en la noche y lo mirarás, lo mirarás.

-No dejaste preparada la comida del perro.

-¿Qué dices?

-El perro, me acabo de recordar de él. Ayer no cenó.

-Porque no le dejaste el concentrado.

-Si concentrado ya no tenía.

-Entonces cualquier cosa.

-Eso no come, aunque se muera de hambre.

-No, no dejé nada listo para el animal.

-Hay que pasar comprándoselo.

-Sí. Pasemos.

-Y ¿la dirección?

Gladys había pensado demasiado en su viaje. Llevaba quince años pensando que de todos sus viajes, éste precisamente era el más importante de todos. Tenía a su hermano todavía en México, no recordaba precisamente el lugar donde andaba él, la última vez que conversó con él fue cuando llegó a Los Ángeles, recién había estado algunos meses en Cancún. Quizá lo vuelva a ver en Guatemala, imaginó, intentando recobrar una parte del pasado que siempre necesitaba cada día al ver la claridad y levantarse. Viajaba siempre por muchas razones, viajaba por placer, por trabajo, por salud, pero nunca había viajado por esta razón: por volverse a ver. Viajaba sin pensar si Hurtado tenía las agallas para decirle que regresara porque la necesitaba profundamente. O tal vez si lo pensaba de una manera que prefería olvidarlo, para no llevarse esa inevitable sensación de nostalgia que reciben los corazones cuando miran las almas a través de los ojos. Desde Los Ángeles se había involucrado con organizaciones que apoyaban a los inmigrantes de países en conflicto. Cuando ella dejó Guatemala, y durante el tiempo que tardó en adaptarse a la nueva vida así era su país. Ella tenía los ojos  fijos en su familia cada vez que veía una noticia de su país. O cuando algún catracho que recién conocía le contaba como era ahora la capital. Gladys nunca le dijo a Hurtado lo de su viaje a Guatemala, por lo menos no lo había hecho con la intención de provocar en él alguna reacción. Había tenido oportunidad de viajar a otros países de Centro América, la última vez fue a Ocotepeque, en Honduras, a un par de horas de Esquipulas. Pero en ese viaje no pudo escaparse para tocar aquella misma tierra donde lloró cuando nació, donde tenía las imágenes de la noche y las estrellas y los volcanes. Cómo extrañaba los volcanes. Hurtado en muy pocas ocasiones entendió o trató de entender la fascinación de Gladys por los volcanes. Para él no tenían otra explicación que un simple y vano accidente geográfico.

Carmen llegó hace tres meses a Los Ángeles y durante una reunión en la oficina de Andrea, Gladys se enteró de que podía volver a su país, con la excusa de su participación en una conferencia. Entonces se imaginó su viaje. Así como al mismo tiempo volvió a ver los caminos que había recorrido cuando iba a Los Ángeles. Recordó las palabras del coyote. La sed y el silencio de su mirada cuando los días aumentaban en sus sentidos en deseo por llegar.

-¿Qué te parece volver a tu país?

-¿Volver?

-Sí, con Carmen.

-Se puede…

-Claro que se puede, ¡no seas incrédula! Ya podés volver.

-¿Y si no regreso?

-Es tu decisión. Pero no creas… viajas por trabajo, no te podrías quedar si quisieras, pero si lo podes hacer después.

-Andrea, ahora se me ocurre que Gladys puede quedarse aunque sea un mes, si acepta, pero tendría que acompañarme a visitar algunas comunidades del interior del país, y así conocería un poco más de nuestro trabajo.

-Bueno, eso lo deciden ustedes y me confirman, porque debo solicitar las autorizaciones.

-Mañana les confirmo, necesito pensarlo muy bien.

Gladys sentía muy bien de que éste no era un viaje de trabajo, nunca lo llamaría de esa manera, para ella era algo muy distinto y contradictorio. Emoción indescriptible que no le dejaría dormir toda la noche. Veló frente a su lámpara de piso, viendo la única fotografía que le habían tomado cuando descansaba en la hamaca del patio. ¡Qué calor es de esos días! ¡Qué calor! ¡Extraño estar nuevamente en esa hamaca!  Gladys se recordó que solamente en esa hamaca había logrado encontrar las horas de sueño más duraderas de toda su vida.

 

-Aquí está.

-Y qué… sólo esto es…

-Sí. Imposible de que te perdás. Aunque si queda algo distanciado de acá.

-No importa.

-Ya estaba seguro de que dirías eso. Y me agrada, aunque tal vez resulte inútil.

-No lo creo.

-Eso tenemos que verlo.

-Qué más era lo que tenías.

-Ah… de verdá verdá. Tengo que llevarte a un lugar para que veas algo antes de que la busques.

-¿Qué es?

-Aguanta la curiosidad.

-Tengo prisa.

-Todos en este mundo tienen prisa. Ese es el problema. Y uno muy grave.

-Demasiadas palabras y nada de nada.

-Ese es otro problema igual de grave, el menosprecio.

-Dónde es…

-Espera está a media hora de aquí.

-Tengo prisa, debo buscarla antes de que salga de viaje.

-No se irá sin verte. De eso si estoy seguro.

-No te creo.

-Tal vez no la conozco completamente, pero si apuesto por lo que acabo de decir.

-No me gusta apostar, menos si ella está involucrada.

-Esta no es una apuesta, es un desafío. Yo sé que la verás antes de que viaje, porque estoy seguro de que vos lo único que vas a lograr cuando la mirés será darle una razón más profunda e inolvidable para que no regrese, y ella preferirá quedarse con esa emoción dentro del pecho, viviéndola mientras viaja y se aleja, y seguirá con ella, sin creer en regresar, sin sentirse atraída por volver cuando la imagen que vos le dejés en su partida sea la más grande que ella va esperar y la va querer tener siempre, y que no se le borre de los ojos a pesar de que los cierre cuando duerma.

 

Hurtado nunca se atrevió a buscar a Gladys al aeropuerto, se enteró de que le habían jugado una mala pasada al decirle que su viaje podría ser definitivo y sin regreso. Ya sabía que era de trabajo, por lo menos eso aseguró Andrea. Hurtado salió de la oficina mirando inicialmente al cielo, como poseído por un deseo de que le brotaran alas,  buscó con sus pupilas el fondo de la azotea celeste para encontrar una ruta que lo acercara a Gladys. Mientras Gladys volvía a encontrarse con los caminos de su historia, con sus pasos, con sus ojos verdaderos, con los volcanes que nunca dejarán de fascinarla. Y descubrió en el Petén senderos donde el cielo despierta llamaradas de luz malva en las estrellas nítidas de la noche. Caminó por el asfalto, por la terracería, por los senderos, por donde antes no era posible. Ella se imaginaba otra luna en su país, una menos disecada por la aurora del polo. Su luna, la que se había llevado, la que miraba por las noches en su hamaca, tenía más años, pero sólo eso, seguía intacta por todos los lugares que viajaba. Hurtado corría por las amplias calles de Los Ángeles. Gladys caminaba de madrugada para llegar a las comunidades donde Carmen trabajaba arduamente. Los edificios se estiraban inmóviles en la aceleración del trote de Hurtado. Las montañas se erguían orgullosas con su olor a humedad protegida por las horas de la oscuridad mientras Gladys se convenció de que se quedaría definitivamente.

 

Ciudad de Guatemala, Diciembre 2006

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