Autor: Persuoz

5 sonetos y un par de poemas. Mario Cardona.

5 sonetos y un par de poemas Mario Cardona Soneto I La encontré una noche clara en Rosedal, la encontré bañada por luz de luna, la encontré andando en un quitón de cendal, la encontré fría, grácil, sin fortuna. La vi infausta, enfilando al bojedal, fisgué: vi en su mano una zarzaperruna; y, entre mi trance, le seguí al buhedal, pero al llegar no vi figura alguna. Me encontré solo en paraje inhóspito, lejos, sin saber qué me rodeaba y mi alma la agitó un soplo encuito. ¡Sé, era etérea cual infinito, un hada y hálito ígneo que vagaba porque su pasión era prurito! Soneto II Entre el barullo de fría mañana, entre su mirada vi una sonrisa, y, entre una sensualidad ufana se escabulló entre la caterva aprisa. ¡Oh, morena de labios carnosos, de pelo lacio y oscuro, con ojos oblicuos; deseos ardorosos saltan mi pecho de pocos arrojos! ¡Oh, fatalidad entre la dulzura, de nalgas firmes y piernas largas, tu mirada, mi corazón abura! Mujer indómita, mujer de jazmín quisiera poder besar tus pechos y luego, tus labios de carmín. Soneto III La ignorancia, cual lastre es muy pesada, obceca la mente y corazón del que la padece, deteriora el caletre de un alma versada, guarda con mezquindad todo lo que acaece. Desdeña la belleza entre el polvo y su silencio, que sólo el que sueña, que...

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La nota de suicidio. Mario Cardona.

La nota de suicidio Mario Cardona I Querida Berenice, espero no causarte mucho daño con mi decisión, es decir, la de optar por la muerte. Seré conciso a modo de que me entiendas: simplemente ya no podía soportar más ese acoso fulminante al que me habían sometido, por más de una década. Ya no puedo, y por eso hice lo que hice. Sé que habíamos acordado nuestra reunión en la cabaña, lugar que tanto nos unió, cuando yo tenía todos esos gestos negativos hacia a ti. Quiero decirte que aprendí a quererte como a una hermana, como a mi original hermana. Bueno, tú ya te conoces todo el cuento, y sé que has sido demasiado buena conmigo, y que has tolerado cada uno de mis arrebatos; hoy, te escribo esta nota, para que no subas a mi alcoba: estoy muerto, yo mismo he acabado con mi vida, y, si has respetado el plazo en el que habíamos concertado nuestra reunión, lo más probable es que me halles pudriéndome allí. Te pido pues, que no subas, no angusties tus bellos ojos, con mi cuerpo corrompido, y llama a quien tengas que llamar. Después de leer esto, te presentaré mis razones por las que he decidido vedarme la vida yo mismo; ¡ya no lo soporto! ¡Ya no, hermana, ya no puedo! Han sido años de infatigable locura, de desconcertante desasosiego… tú...

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Thánatem. Mario Cardona.

Thánatem Mario Cardona Cuando Basilio recibió por correspondencia el libro que había encargado en una librería en el país Deionis (contiguo al suyo propio), se percató al abrir la caja que la portada del mismo estaba en inglés. Basilio, al darse cuenta de ese atropello, su cara trasmutó a un deformado mohín, mientras la sangre se le subía en viva cólera. Comenzó a proferir maldiciones en contra de los despistados surtidores de esa nueva librería, a la que con gritos, cabreado, calificó como ‘tienda de novedades’ por su poca seriedad. Y no era para menos, ya que además de...

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Los sectarios. Mario Cardona.

Los sectarios Mario Cardona El trípode de niños irrumpió a la media noche en una comuna, donde se llevaba a cabo unos rituales extraños, estrafalarios y voluptuosos que iban en contra de la doctrina verdadera. Estos lanzaban previsiones contra todo los concurrentes que se enclaustraban en una especie de gruta rectangular. Todos se sobrecogieron cuando los escucharon entrar, tumbando una improvisada puerta de madera; en consecuencia, y, naturalmente, todos se volvieron hacia los invasores, extrañados y cejijuntos. El líder carismático que se encontraba al centro de la gruta, donde se apiñaban a modo de filosas flechas, un puñado de...

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La maldición del hombre que desapareció. Mario Cardona.

La maldición del hombre que desapareció Mario Cardona Cuando Marco se enteró que alguien le había lanzado un conjuro, y que el origen del mismo se vinculaba a las prácticas con la Flor Negra, ya era demasiado tarde. Los síntomas comenzaron inesperados, como los estornudos de un resfriado: había regresado de la universidad, y se preparó un burrito de microondas; se sirvió el último vaso de jugo de manzana que encontró en el frigorífico y sintió un dolor en el cuello. Pasó su mano por la nuca en una especie de masaje. A continuación, se sentó a la mesa;...

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La pasarela. Mario Cardona.

La pasarela Mario Cardona Era un día nublado de septiembre. Había una opacidad melancólica, el viento soplaba débilmente, produciendo una sensación agradablemente templada, pero sin rastros claros de humedad. Los autobuses asomaron desde una calle curva, donde un desusado espejo convexo, colocado en un poste maltrecho, proyectó ridículamente bajo el polvo y la mugre, figuras ininteligibles. Los tres autobuses que transportaban a un aproximado de cien pasajeros por vehículo —docentes y el grueso del alumnado—, fueron ayudados por un guardia de seguridad, y se aparcaron paralelamente a diez metros de la antigua pasarela peatonal. El lugar tenía un aspecto...

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Los mil ojos del único ojo. Mario Cardona.

Los mil ojos del único ojo Mario Cardona El silente espacio, radicaba pétreo, frío, improbable, distante, inexorable y vacío como el infinito. A su vez, era tan reducido como la nada. Tumbado, se hallaba Grau, al pie de un camastro en ruinas y oxidado; éste objeto, no obstante, llenaba casi todo el espacio disponible de la celda de piedra, adosada a un conjunto de celdas contiguas entre sí. Sin embargo, al abrir levemente Grau los ojos, advirtió, entre su obnubilación, al otro lado (detrás de las rejas), muy a lo lejos, que se erigía, una especie de torre enhiesta...

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Dalia. Mario Cardona.

Dalia Mario Cardona No recuerdo con precisión, cuando comencé a tener autoconciencia. Sólo recuerdo que de un día para el otro, empecé a tener estas características humanas, es decir, nació en mí la sensación de presencia consciente, que propugnó en mí, la disyuntiva metafísica de considerarme, después de cotejarlo, “un ser” y no una cosa. Creo que  fue una etapa en mi “vida” [existencia sensorial y cognoscente], cuando comencé a observarlo todo, en vez, de sólo verlo sin tener el raciocinio necesario, de que podía observar algo tan simple como una cobija de terciopelo color lila. A esto, le...

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